Friday, November 17, 2017

Trumpcito

JORGE MUZAM

Se nos viene Piñera tan vociferante. Se nos viene la extrema derecha tan callando. Los afilados colmillos de la UDI, el feudalismo RN, el apolillado PRI. No hay desvío que detenga a la locomotora. El prontuario es una anécdota, las imputaciones una fruslería, el amancebamiento con el pinochetismo más duro una necesidad, la mediocridad de su primer mandato un recuerdo difuso.

Su programa, en apariencia, apunta al desmantelamiento de lo poco que se había avanzado en materia social. Desarticulación de la tibia socialdemocracia chilena. Privatización paulatina de educación y salud, concesión de recursos naturales, reforma tributaria pro empresarial, murallones legales a la inmigración.

Piñera y sus boys han aprendido de las lecciones que dejó la elección de Trump. Simplificación de propuestas, impostura, gestualidad mussoliniana, fastuoso despliegue de prensa rastrera y tonteras al por mayor que reditúen la imagen de un presidente simpático, cercano y chacotero.

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De INMEDIACIONES, 15/11/2017


Thursday, November 16, 2017

Presidenciales combustibles

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES

Hay quienes la han llamado la “peor elección presidencial” de la historia. Sea por oferta electoral, contenidos, propuestas y divergencias. No sé si da para tanto. Todo dependerá de cuál sea el evento republicano precedente con que se le compare. Hubo tiempos en que unos pocos chilenos votaban a favor o en contra de los cementerios laicos y la instrucción primaria obligatoria y el resto según lo que les indicara el patrón en el acarreo.

Más tarde, para elegir entre alinearse con los yanquis, los rusos o los chinos. Todo dependerá, también, con cuánta nostalgia se mire el paréntesis 1973 – 1990, cuando la discusión política fue suplantada por bandos, torturas y entierros clandestinos. Sin embargo, si hay algo que ha caracterizado a esta campaña de las anteriores –tomando como punto de referencia el retorno de la democracia- ha sido el tono altamente combustible entre candidatos. Pero no se trata de una combustión demasiado épica, con heridos en el camino, ni senderos flanqueados por tumbas, sino más bien como las explosiones, disparos o golpes de los antiguos dibujos animados de la Warner Bros: un par de sacudidas y a seguir tan campantes como en el inicio.

De cada dicho de un candidato, una réplica iracunda. De cada opinión, una sanción moral. Desde los chistes burdos dichos en el fragor de un mitin hasta las opiniones sobre los llamados “temas valóricos” (que, a fin de cuentas, se limitan a la libido de los chilenos y sus consecuencias demográficas), siempre habrá alguien que responderá con una mano en el corazón y los ojos en blanco apuntando hacia el cielo. Característica que no ha sido sólo patrimonio de los candidatos de los extremos como José Antonio Kast (conservador y pinochetista reconocido) y Eduardo Artés (socialista filo norcoreano y el más izquierda en medio de una sobreoferta de candidatos en el sector).

También hacen lo suyo Sebastián Piñera que, si no está tratando de hacerse el simpático o inventando citas al estilo del Chapulín Colorado, se dedica a la autoalabanza y a erguirse en el único salvador del caos provocado por los cuatro años de Michelle Bachelet. Su principal contendor según las encuestas, Alejandro Guillier (independiente apoyado por socialdemócratas y comunistas), navegando entre las aguas de una seudo candidatura ciudadana, a medida que más se acerca la elección, acentúa sus convicciones a favor de la regulación estatal y sus promesas electorales, espantándose con todo lo que huela a piñerismo, como si fuese una criatura nacida anteayer (hasta hace un par de años, el mismo confesó sentirse representado por el ex Presidente empresario).

Beatriz Sánchez sólo se ha sumado a la camotera cuando alguien toca una fibra de su feminismo militante, porque el resto del tiempo dedica a sortear las contradicciones de su bloque político, el naciente Frente Amplio, y de no ser vista como una versión remozada de Michelle Bachelet. Marco Enríquez Ominami (líder del Partido Progresista) tal vez ha sido el más iracundo del grupo, pegándole a todo el que se le cruce por delante, creando polémicas hasta si lo miran feo y con eso ascender en las preferencias.

Carolina Goic, con su candidatura intentando aglutinar el centro político, se espanta con todo aquello que se salga del marco de su adorada clase media, desde el fantasma del comunismo hasta el prontuario económico Sebastián Piñera (entre ambos han tenido últimamente rounds donde se acusan mutuamente de falta de probidad). Cerramos con Alejandro Navarro cuya propuesta, pese a nacer abortada por el mismo Frente Amplio, acaba por sacar sonrisas por su exceso de convicción y porfía inspiradas en un chavismo a destiempo, sin caer en las exageraciones de Artés.

La televisión también ha aportado su cuota de gasolina, empeñándose en realizar verdaderos ataques a la yugular de los candidatos. Los programas políticos -sean en formato de entrevistas, foros, reportajes o debates- se han vueltos seudos circos romanos que buscan que los aspirantes a La Moneda queden en frente a la pantalla como corruptos, mentirosos, ignorantes, incoherentes, analfabetos, machistas, traidores y demagogos.

Los primeros planos con gotas de sudor nervioso, voces temblorosas, titubeos, contrastan con la faz satisfecha de los periodistas, sintiéndose héroes de la jornada, por el efecto del veneno que guardaban debajo de la manga. Por cierto que se trata de un veneno sino inocuo, de corto alcance. Como las armas marca Acme que jamás liquidaron al Coyote en sus tantos intentos fallidos por darle alcance al Correcaminos. Desde sus podios, los candidatos persistirán en que el futuro de Chile está en juego. Como en todas las elecciones ni más ni menos.

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De INMEDIACIONES, 13/11/2017


Virajes

EMILIO LOSADA

-Perdona si te he molestado, es que por un momento comprendí que estamos todos muertos.
Pablo Cerezal


bien, mi pequeño picaflor galáctico, supongo que ya puedes oírme. seguro que reconoces mi voz. tú sólo escúchame, no intentes decir nada. aún no. y no te asustes si te notas algo extraño: ahora sólo eres alma. es mejor que lo asumas cuanto antes. tantos años remodelando la fachada para acabar así, tiene gracia, ¿no? sé cómo te sientes, esto suele pillarle a uno con el pie cambiado y siempre ocurre demasiado pronto, pese a que algunos, cuando se refieren a tipos como nosotros, sostengan lo contrario. no puedo engañarte, te confieso que me alegré cuando supe que ibas a recalar en este satélite. decidí entonces ser el primero en recibirte. no me costó dar contigo: las almas gemelas aquí nos reconocemos por sensaciones, nos sentimos, no sabría explicártelo mejor. seguro que tú lo captas, siempre tuviste una gran capacidad de asimilación, hasta supiste comprenderme a mí cuando nadie lo hacía. te pido disculpas si no fui demasiado efusivo al agradecerte el espaldarazo. nunca es tarde. ya me conoces, no suelo sonreír gratuitamente a la cámara y tensando ambientes soy el número uno. lo que importa es que seguimos en la brecha. somos afortunados, estamos más preparados que la media para afrontar este tipo de eventualidades. alguna ventaja tenía que tener ser rarezas. le echamos arrestos, vaya que sí: la noche estaba llena de puertas y nosotros las quisimos cruzar todas sin miedo a lo que nos pudiéramos encontrar al otro lado. se nos puede tachar de todo menos de cobardes. me quedé corto en el improperio, todas aquellas almas en pena ni siquiera alcanzaron a arañar una sola de nuestras semanas. nos tildaban de nihilistas y de autodestructivos cuando consumíamos vida con voracidad vampírica, nos regalábamos interminables baños de vorágine y desinhibición, alegremente nos atiborramos de venenos ofertados por cualquiera, exploramos nuevas formas de amor hasta la náusea, no nos cortábamos ni un pelo y encima lo vimos venir, estábamos más despiertos de lo que suponíamos: cuando llegamos al borde del precipicio volvimos a agarrar el volante y nuevo viraje al canto. lo nuestro ha sido siempre una sucesión de comienzos, la revitalización formaba parte del proceso. lo esencial no había cambiado: entre sentimiento y emoción, la emoción, siempre la emoción, ¿recuerdas? sin ningún titubeo ni sombra de dudas, se pasa de página, se acaba un libro y se abre otro, encuentras otros estímulos, todo sigue descolocado y en su sitio a la vez, todo encaja, como siempre, la sensación no cambia, uno se mimetiza, se reinventa, es de idiotas aferrarse a una sola personalidad cuando te puedes apoderar de otras tantas, es algo a lo que aún hoy le sigo dando vueltas. ¡pobres necios! si hubieran reparado en toda la magia que tenían ante sus narices, si hubieran sabido ver lo cerca que tenían la salida se habrían salvado. lo sentí por muchos. no sé tú, pero yo no solté nunca prenda al respecto, un pacto es un pacto. disculpa si te estoy calentando demasiado la cabeza. sé que éste es un momento duro para ti, aunque eres afortunado, siempre lo has sido, has corrido mejor suerte que yo, a mí nadie vino a recibirme, sucumbí a un acceso melancólico que presumí eterno, extrañé la isla, el olor fuerte del río al alba, los chismes, los viajes, mis mismos andares, y para colmo sentí verdadera compasión por los que se quedaron allá. estaba muy solo e intenté sin éxito dar con alguno de mis maestros, dos en particular, sabes de quiénes hablo. supongo que sus almas deben pulular por un satélite superior, mala suerte, igual es que aún no he pasado de fase, o quizá es que llega un momento en que esto se acaba definitivamente. debes saber desde ya que aquí se despejan pocas incógnitas, lo que no deja de ser una buena noticia. tú y yo nos derrumbaríamos sin alicientes. bueno, te estoy atosigando, lo sé. hay cosas que deberás ir descubriendo por ti mismo. ahora lo mejor es que te deje solo. tú relájate, insisto, pronto te adaptarás al nuevo ámbito y sabrás darle la vuelta a unas circunstancias que no acabarán de convencerte, es lo natural en ti, lo llevas dentro. te dejo. ha sido un placer darte la bienvenida a éste tu satélite. ya nos sentimos, hermano, mi igual, mi pequeño picaflor galáctico. feliz viraje.

(Texto aparecido en el libro Lift off: un homenaje a David Bowie, editado por la revista La galla ciencia)

Bolivia erótica

RODRIGO URQUIOLA

Erótica (Plural, 2017) es la segunda antología de cuentos bolivianos del género o que, por lo menos, se aproximen a él. Un primer libro similar —denominado Antología del cuento erótico boliviano a secas— fue el que realizó Jaime Iturri al reunir a autores tales como René Bascopé, Ramón Rocha Monroy, Gonzalo Lema, Juan Claudio Lechín, Adolfo Cárdenas o Giovanna Rivero, entre otros. Esta primera antología fue publicada en 2001 por la editorial Alfaguara. En Erótica, dieciséis años después, el único autor que repite presencia, pero con distinto cuento, es Homero Carvalho.

Cuando Ernesto Calizaya, antologador de Erótica, me pidió un cuento, estuve ante una disyuntiva. Nunca se me había ocurrido pensar un cuento antes de escribirlo encasillándolo en tal o cual género aunque después alguno hubiera terminado rozando o cayendo en un espacio determinado. Pero, pensé, en realidad la premisa es relativa. Sometí La habitación de papel a su juicio, un cuento de mi primer libro, Eva y los espejos. Este cuento finaliza con una escena sexual en un territorio habitado por dos seres que se acompañan pero están embriagados de soledad. Hay violencia en esta escena e impotencia existencial. No es lo que yo mismo esperaría de un cuento cuando me anuncian que es erótico. Entiendo por erótico a un relato que no solamente excite la mirada sino que provoque un erizar de la piel. Y esa no era mi intención cuando escribí, en el ya lejano 2008, este cuento.

Cuando terminé de leer Erótica, quizás en el momento preciso, viajando de Cochabamba a la candente Santa Cruz, me pareció que uno de los mejores cuentos de esta antología, Se busca, de Patricia Requiz, más que complacer al lector curioso, lo desafiaba a observar, con su mirada buscadora de resquicios íntimos, algo de lo que se oye, pero que no se ve. Voy a spoilear: un hombre le habla del sexo que están a punto de tener a una mujer que parece menor que él y finaliza cuando te das cuenta de que esa menor es una bebé. Es un cuento terrible, que provoca un tambaleo, me dejó mal, con rabia inclusive: como lector me olvidé de que estaba buscando sensaciones seductoras y me sorprendí ante la crueldad de un hecho monstruoso.

El día que conocí a India Summer, de Claudio Ferrufino, es otro de los cuentos que más me gustó, sobre todo por la construcción del lenguaje y el juego entre ficción y realidad. Un asiduo visitante de páginas porno se encuentra el billete dorado del Wonka sexual: una grabación con la famosa India Summer. Sin embargo, después de que todo sucede y, luego, cuando se ve a sí mismo en la página, no se reconoce, es como si nunca hubiera sucedido.

Destaco también los cuentos Las pinceladas de Selena, de Sisinia Anze y La noche tiene dos caras, de Erick Ortega, por la sorpresa ante la que uno se encuentra, el famoso giro de tuerca, cuando se llega al final de ellos, ambos tienen construcciones llamativas.

Si bien en Se busca, de Requiz, el lector erótico se halla ante un conflicto, en el otro lado de la orilla, se ve recompensado. Los cuentos de los autores orientales Homero Carvalho y Manfredo Kempff invitan al roce de la imaginación y a la aventura. En Encuentros cercanos, el de Carvalho, una mujer le escribe a un escritor porque necesita contarle sobre su variopinta vida sexual en cuyo menú habrá de incluir al inventor de historias. Por otra parte, Cuando fui Nerón, de Kempff, le hace un breve guiño a La metamorfosis, de Franz Kafka, y convierte a un señor —me lo imaginé miembro de una tradicional familia cruceña, cabeza pintando canas, algo subido de peso, vistiendo camisa de manga corta y colores claros, quizás metido en la política, quizás en algún alto cargo, quizás desde el alto cargo manoseando a sus subalternas sin que le importen siquiera las cámaras de televisión, la imaginación vuela, discúlpenme este arrebato— en un perro con una dueña hermosa. Y, como es inevitable, Nerón, el perro humano o humano perro, se enamora de su sensual ama y la desea con fervor. Ella, que sospecha la humanidad subyacente, termina deseando a su mascota y sucede lo que tiene que suceder. Kafka estaría contento —nota aclaratoria: mi perrito lleva el apellido del escritor checo, cuya escritura admiro, de nombre—.

Erótica es un interesante acercamiento a la escritura de autores emergentes, como la ya mencionada Requiz, y también una manera nueva de observar el trabajo de escritores asentados en nuestro medio, como Magela Baudoin, o Ferrufino, o Carvalho, o Kempff, o Manuel Vargas. Cabe rescatar, también, que, como toda buena antología, propone varias maneras de entender algo, en este caso, un género literario, el erótico, a partir de una mirada nacional, de la que, nombres sobrando nombres faltando, se puede adivinar un rumbo, una búsqueda y, en el mejor de los casos, una provocación.

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De TENDENCIAS (LA RAZÓN/La Paz), 15/11/2017

Imagen: Austin Kincaid, de fondo



Wednesday, November 15, 2017

Eliseo Reclus: geógrafo y anarquista


ÁLVARO RODRÍGUEZ TORRES

"La Geografía es la Historia en el Espacio, lo mismo que la Historia es la Geografía en el Tiempo."

Reclus, El hombre y la tierra.


Fugitivo de la teología, agricultor fracasado, teórico del anarquismo, brillante exponente de la geografía comparada y uno de los mayores viajeros de su tiempo a pesar de lo contradictorio de su apellido (reclus en francés significa recluido, recluso). ElIseo Reclus es una figura apasionante. Nace en Francia, en Sainte-Fay-La Grande, Gironda, el 15 de marzo de 1830, segundo de una familia de catorce hijos de un pastor protestante, cuya madre descendía en línea directa de Enrique I de Inglaterra. Los hermanos de Eliseo alcanzaron también gran notoriedad: Elías, el mayor, mitólogo y etnólogo, profesor de religiones comparadas en la Universidad Nueva de Bruselas; Onésimo, geógrafo experto en África; Pablo, notable cirujano, profesor de la Escuela de Medicina de París; Armando, oficial de la Marina francesa, explorador de la zona del Darién y uno de los padres del proyecto del Canal de Panamá.

En el prólogo de la Novísima geografía universal, de Onésimo y Eliseo Reclus, Vicente Blasco Ibáñez, también autor de la traducción, afirma: "En 1842, cuando Eliseo tenía doce años, abandonó la casa paterna con su hermano mayor Elías para ganarse el pan y conocer el mundo, dirigiéndose a Alemania, donde encontraron en Nemwied (provincias renanas) un puesto en el colegio dirigido por los hermanos moravos". La estadía en ese establecimiento, más bien lánguida, les permite familiarizarse con el alemán y otros idiomas. Los Reclus conocen en ese internado al futuro novelista británico George Meredith. Cuando Eliseo regresa a Francia en 1847, se matricula, por indicación de su padre, en la Facultad de Teología de Montauban. En 1848 estalla la revolución en París, acontecimiento que cambia la orientación intelectual de Eliseo, que a sus lecturas habituales añade ahora las de Saint-Simon, Fourier, Augusto Comte. Elías y Eliseo se escapan del colegio con otros compañeros, recorriendo las provincias francesas del Mediterráneo, donde se mezclan en agitaciones populares de un marcado carácter socialista. Entonces el padre, que no pierde las esperanzas de contar con otro pastor en la familia, decide enviar a Eliseo a estudiar teología a la Universidad de Berlín. Pero ya es tarde. Ha de resignarse a la evidencia de la transformación de su hijo, que desdeña ahora la teología "y se inclina al viento de los ideales modernos". Eliseo cambia las Escrituras por las clases de Kari Ritter, catedrático de geografía de la Universidad de Berlín, autor de La geografía en sus relaciones con la naturaleza y la historia del hombre, obra inconclusa en diez tomos, publicada entre 1822 y 1859, uno de los trabajos fundamentales de la geografía comparada que, en cierta manera, sería complementado más tarde por la Geografía universal de Eliseo Reclus, al incluir estudios de Europa, América y Oceanía.

En 1851 Eliseo y Elías vuelven a Francia, a Orthez, a la casa paterna. En diciembre de ese año se produce el golpe de Estado de Luis Napoleón, presidente de la República, quien ocupa el trono imperial como Napoleón III. La muerte de la joven República suscita olas de protesta y un levantamiento armado en la capital y en las provincias. Mientras Víctor Hugo encabeza la insurrección en París, en Orthez, Elías y Eliseo Reclus fracasan en su intento de tomarse el ayuntamiento. El gobierno ordena la deportación de los insurrectos. El 1 de enero de 1852, los dos abandonan Francia. Se instalan en Londres, donde aspiran a desempeñarse como maestros. No lo consiguen, y marchan a Irlanda donde subsisten como peones agrícolas.

A los 22 años, personaje escapado de algún relato de Conrad o Melville, Eliseo Reclus se embarca como ayudante de cocina del John Howell, velero de tres mástiles que zarpa de Valentía con destino a Nueva Orleans. En Estados Unidos, consigue empleo de preceptor en casa de los Fortier, propietarios de extensas plantaciones. Entonces descubre la tragedia de la esclavitud. Su capacidad de análisis y su indignación compasiva le permiten escribir "La esclavitud en los Estados Unidos", serie de artículos publicados por la Revista de dos Mundos en 1860, cuando se inicia la guerra de Secesión. Impelido por su deseo de conocer nuevas tierras, recorre varios países de América Latina y en 1855 llega a la Nueva Granada. En el prefacio a Viaje a la Sierra Nevada de Santa Marta (París, 1861) dice: "En 1855 un proyecto de explotación agrícola y el amor a los viajes me llevaron a la Nueva Granada. Después de una permanencia de dos años volví sin haber realizado mis planes de colonización y de exploración geográfica; sin embargo, y a pesar del mal resultado, nunca me felicitaré lo bastante por haber recorrido ese admirable país, uno de los menos conocidos de América del Sur, ese continente así mismo poco conocido". En noviembre de 1869 aparece en Bogotá la traducción de este libro realizada por Gregorio Obregón y publicada en la Imprenta de Foción Mantilla.

El 1 de julio de 1857 Eliseo Reclus le escribe a su madre: "Salgo hoy a bordo del navÍo Providence con destino a El Havre. Como curiosidad merecedora de serte referida, diré que no tengo mucho, aparte de mi propia persona". Ya en Francia, publica ese año La historia del suelo de Europa, su primera obra. Para ganarse la vida redacta estudios geográficos para Revista de dos Mundos, Boletín de Geografía y Revista Germánica, y colabora con las guías de viaje publicadas por la Librería Hachette, que pretendía así competir con Baedeker. Estos trabajos lo obligan a desplazarse por Alemania, Suiza, Italia, Inglaterra, España y Sicilia. Citemos algunos de ellos: Guía de Saboya. Excursiones por el Delfinado, Guía de los viajeros en Londres, Los Alpes Marítimos. También traduce al francés parte de la obra de su maestro Karl Ritter. Eliseo, que a veces trabaja en colaboración con su hermano Onésimo, empieza a ser reconocido. Y no sólo en Francia. Por aquella época el Times ya lo considera "uno de los grandes geógrafos de nuestro tiempo".

Sin embargo, "contra lo que pudiera parecer, el geógrafo no había enterrado al anarquista". En los Manuscritos de Montauban (denominados así por su sobrino), Eliseo Reclus había escrito: "La anarquía es la más alta expresión del orden. Para que el socialismo llegue a su perfecta expresión, es preciso que salvaguarde al mismo tiempo los derechos del individuo y los derechos colectivos. El hombre no es un accidente sino un ser libre, necesario y activo, que, ciertamente, se une con sus semejantes pero no se confunde con ellos". En 1867 se afilia a la Internacional de Trabajadores.

La casa de la calle Feuillantines Nº 71 en París, donde viven Elías, Elíseo y Clarisse, su compañera, es centro de reunión semanal de anarquistas y emigrados rusos, polacos, españoles. En 1868 aparece el estudio de Eliseo sobre los continentes, que constituye el primer volumen de La Tierra, y luego sus libros Historia de una arroyo e Historia de una montaña, ejemplos clásicos de geografía viviente. En Francia y en el extranjero, se afianza su fama como geógrafo. Clarisse, hija de senegalesa y de un capitán de la Marina Mercante de Sainte-Fay, muere el 28 de febrero de 1869.

La guerra Franco-Prusiana estalla en 1870 y Eliseo, unido ahora a Fanny Lherminez, ingresa a la Guardia Móvil o Batallones de Marcha. Al saber que se está organizando un cuerpo de globos dirigido por Nadar, fotógrafo amigo suyo, Eliseo envía una carta solicitando ingreso: "Creo que podría ser útil. A la cualidad de ser más pesado que el aire, uno la de ser geógrafo y un poco meteorólogo. Además, tengo voluntad". Nadar y Reclus crean el servicio de palomas mensajeras que tanto alivia el sitio de París. Cuando termina el enfrentamiento con Prusia es proclamada La Comuna en París, lo que significa la guerra civil. Reclus aboga por la conciliación en un artículo escrito para El Grito del Pueblo, diario de Jules Vallés. En una salida de las tropas "federadas", a las cuales se había unido como voluntario, es hecho prisionero por las tropas de Versalles en la explanada de Chatillon.

Detenido, soporta meses de incertidumbre, hasta que el 15 de noviembre de 1871 es sometido a un consejo de guerra en Saint-Germain, que lo condena a deportación perpetua. Tanto en Brest como en Quelern, prisiones a las que es sucesivamente trasladado, hace gala de admirable entereza. Corrige en las mazmorras las pruebas del segundo volumen de La Tierra y organiza cursos de geografía e inglés para los presos que van a ser deportados a Nueva Caledonia. Elías, que durante La Comuna dirige la Biblioteca Nacional, luego de la derrota debe huir para salvar la vida.

Gracias a la intervención de algunos europeos notables pertenecientes al mundo de la ciencia y de las letras, la sentencia de deportación- perpetua es conmutada por diez años de destierro. Entre ellos se encuentra Charles Darwin. Reclus permanece en Suiza desde 1872 hasta 1890. Fanny Lherminez muere en Lugano en 1874 y Eliseo, que soporta mal la soledad, se une a la botánica y entomologista Ermance Trignant-Beaumont. Los de Suiza son años de intenso trabajo y en su nueva esposa encuentra una colaboradora invaluable. En 1872 firma con la casa Hachette un contrato para la redacción y publicación de la Nueva geografía universal: 19 tomos de 800 a 900 páginas cada uno, mil grabados y cuatro mil mapas, obra que se editaría primero en fascículos de 16 páginas. Reclus emplea veinte años en concluirla. Por su trabajo recibe 600 francos mensuales, más dos céntimos por cada fascículo vendido.

En 1877, Reclus conoce a Pedro Kropotkin. El anarquista ruso era también geógrafo y sus trabajos científicos despiertan todavía hoy gran interés. En Alrededor de una vida, el príncipe ruso trazó el retrato moral de Eliseo: "Era el prototipo del verdadero puritano por su manera de vivir y, desde el punto de vista intelectual, el filósofo o enciclopedista francés característico del siglo XVIII; el anarquista para quien el anarquismo no es más que el compendio de su vasto y profundo conocimiento de las manifestaciones de la vida humana bajo todos los climas y en todas las épocas de la civilización, y cuyo estilo, de una belleza apasionante, conmueve el alma y la conciencia".

Eliseo Reclus muere en Thouront, Bélgica, el 4 de julio de 1905. Se había trasladado a ese país por invitación de la Universidad de Bruselas para dictar un curso de geografía. Diferencias insalvables con las directivas motivaron que el curso no se realizara allí sino en la Universidad Nueva (conocida también como Instituto de Altos Estudios y Universidad Libre), fundada por el propio Reclus y por Guillermo de Greet, para dictar en ella sus clases.

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De REVISTA CREDENCIAL, Bogotá, 1992

Imágenes:
Eliseo Reclus. Dibujo de Juan David Giraldo. Islas de la Magdalena
Indígenas de Santa Marta y vado del río Enea o Tapias, cerca de Rioacha.
Grabados de "viaje a la Sierra Nevada"
Jóvenes de Santa Marta 


Viaje alrededor de mi cuarto

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Lo hubiese emprendido antes con gusto si no me hubieran acuciado dos leyendas o divisas, y una advertencia de Xavier de Maistre, autor del libro que lleva ese título; pero las divisas ahí siguen, haga lo que haga, y el cuarto allí estaba, a la espera de que me metiera en él de una vez. Una es de un reloj de sol, «Es más tarde de lo que crees», leída hace mucho en una novela de Carlos Pujol, la otra, una pintada de Mayo 68: «Cours camarade le vieux monde est derrière toi!».  La advertencia de De Maistre es que de ese viaje no se regresa. Es posible, tal vez por eso cueste emprenderlo. Llega un día, y no sé cómo, tal vez por haber recibido un inesperado «golpe de gracia», que lo haces sin darte cuenta. Leía hace poco en Mientras embalo mi biblioteca, ese libro melancólico y estimulante de Alberto Manguel, que la propia biblioteca puede servir de consuelo, sobre todo los cachivaches que han ido a parar a ella con los años, los viajes, las casas en las que he vivido estos años de manera más o menos pasajera, sedentario y nómada, las andanzas urbanas y las caminatas de monte y bosque, las husmas en las penumbras de las viejorrerías, los mercadillos, las casas abandonadas, las ruinas y derribos… capítulos de una novela desordenada, piezas sueltas del rompecabezas deteriorado de la propia vida. Te pueden decir que no están los tiempos para frivolidades, pero justamente el que no lo estén para casi nada, te obliga a buscar refugio en algún lado,  a parapetarte sin tapiar las saeteras, eso sí que no… sobre todo cuando ves que el estar de continuo en la trinchera de poco sirve.

Llevo unas semanas intentado poner orden en ese cuarto, sacando el polvo, removiéndolo, pensando en los años perdidos y en los libros ganados al barullo y al desorden, y en lo que queda por hacer que es mucho, tal vez demasiado, y el intentar explicarme lo inexplicable… ¿Por qué? ¿Por qué esta manía grafómana, bibliómana, coleccionista de restos casi arqueológicos, conservador de reliquias cuyo significado morirá conmigo? Pues sí, aquí empezó el viaje. Veremos hasta dónde llego o si tenía razón De Maistre y de aquí ya no salgo. (Continuará…)


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De VIVIRDEBUENAGANA (blog del autor), 15/11/2017

Imagen: Biblioteca del autor

a su servicio

PABLO CEREZAL

Un envoltorio de luna y dactilografía ebria para el caramelo agrio de mi alma. Una ventisca mentirosa que se cuela por la ventana proporcionando ilusión de máxima filosófica a los malos humos de mi tabaco y a la densidad de hollín de mi alma. La noche y las teclas. Las teclas que presiona la noche, cuando los fantasmas juegan escondite de niño travieso. La noche y mi batalla contra la botella y la página en blanco, que ni es página, ni es blanca, como no son blancas las octavas entre las que se mueven mis dedos cuando pretendo despertar sinfonías al piano sinuoso de tu piel, estropeando sólo el barniz musical de tu vientre y la placidez de tu sueño. Me he dejado los dedos y los ojos, cual restos de un festín caníbal, frente a una pantalla que sólo refleja mi propia soledad. He escrito demasiado. Y me pregunto: ¿para qué?, ¿quién será el destinatario de esta servidumbre nocturna y deshabitada a que me someto? Servidumbre...

El día me sorprenderá con la poca sorpresiva mueca de esas otras servidumbres a las que me pliego para poder alimentar a mi hijo, cada día. Y al salir del trabajo paseo las calles de una ciudad en ruinas. Asfixio mis ansias de fumar -esa ansiedad casi sexual- calzándome en la cabeza el plástico de la polución -esa fantasía casi sexual-. Persigo piernas como tijeras que recortan las esquinas, las baldosas y el botín de los mendigos. Piernas jóvenes, tal vez demasiado, lo siento, mi genética animal no entiende de correcciones políticas ni consignas de muro de facebook, me pierden esas piernas Lolita que juegan a la vida pisoteando las de miles de Humbert Humbert tan despreciables como yo mismo. Piernas que me conducen hasta las puertas de uno de esos mercados que no lo son... ya saben: carrefoures, mercadonas, ahorramases, lideles, hipercores y etcéteras. Una vez dentro, tus piernas nínfula driblan como las de un héroe balompédico, y te pierdo por los pasillos. Te pierdo, pero, afortunadamente, recupero la cordura: necesito cayena para el guiso de esta noche.

Paseo corredores de luminotecnia y oferta, a la busca del rincón donde habitan las especias. Hubiese preferido perder el tiempo en busca de esas piernas impúberes que, de seguro, habrán derrochado vértigo para dar con una botella de ginebra exótica, un suponer. Habría mostrado con mayor generosidad mi servilismo. Mejor servir a unas piernas que al dictado loco de la melopea, frente al teclado, en la noche. Pero me pierdo, ya digo, buscando el rincón donde habitan las especias, como si fuese a descubrir esas Indias que alguien quiso alcanzar surcando el globo terráqueo.

Por el camino he sorprendido, en un estante, la sorpresa inútil de los periódicos. Ya nadie los compra, eso lo sabemos, pero quedan bien en estos establecimientos, ayudan a disimular que no sabes moverte en su interior: tomas uno entre las manos, hojeas sus páginas como si vivieses en el pasado y aún soñases con encontrar un empleo bien remunerado entre sus páginas sepia. Pero la hojarasca del periódico que sostengo remueve un titular que asevera: la economía española recupera, gracias al sector servicios, el empleo y PIB perdidos durante la crisis. ¡Pues mira tú qué bien!
 
Abandono, en su repisa, el periódico. Camino pasillos que ya perdieron tus piernas. Pero encuentro la cayena, y me dirijo hacia la zona donde se ubican las cajas, obediente, servil, dispuesto a pagar. Sí, pasar por caja, en uno de estos establecimientos, sin siquiera haber intentado un mínimo latrocinio, refuerza mi condición servil. En la zona donde se ubican las cajas, tipos modernos y, al contrario que yo, nada serviles, muestran su autosuficiencia sirviéndose ellos mismos la factura de la compra, en máquinas de autopago, con mucha alharaca de bolsillos y tarjetas, con excesivo alarde de sabiduría cibernética. Pasan por caja, como yo. Pero en la suya no hay cajera alguna, y yo me pregunto por la recuperación del sector servicios.

Llego tarde, demasiado, a casa. Por el camino, hablo telefónicamente con un amigo, y le explico que quiero preparar un curry esta noche, y que me faltaba la cayena. Es uno de esos amigos poco dado al servilismo, y me explica que me hago líos, que él va a pedir comida a un nuevo restaurante vegano maravilloso, y que a una aplicación de tu smartphone te permite hacer el pedido, y te lo llevan a casa. De esta forma se ahorra el mal trago de ofender con sus inquietudes a la servidumbre, ya saben: el camarero, el friega platos, el sumiller, el personal de limpieza del restaurante. Servido en casa, y uno mismo haciendo las labores de tanto sometido, sin obligarles a laburar servilmente en sus serviles labores. Yo, nuevamente, me pregunto por la recuperación del sector servicios.

Me pregunto qué magia existe en ese crecimiento del empleo vía el sector servicios, y si no seremos nosotros lo que estamos empleados, a coste cero, con máxima ganancia para el empresario. Me pregunto si esto, en el fondo, no supondrá destrucción de empleo. Lo sé, suena a demagogia, y mi amigo me lo certifica explicándome que cuando inauguran una caja de autopago debe haber un empleado que te indique cómo hacer tu compra. No sé, llámenme antiguo, prefiero lo de antes. Llámenme antiguo, aún busco las páginas sepia en los periódicos. Antaño, cuando comía fuera de casa, agradecía hacerlo, justamente, por el servicio. Los platos, salvo que sean deconstrucciones de tortilla de patata que no me atrevo a elaborar por miedo a los químicos y el instrumental quirúrgico, me los puedo preparar yo a menos coste, en mi cocina. Pero, en tal caso, yo sería el camarero y, de vez en cuando, más cuando pasas la vida entre fogones y bayetas, mola que sea otro quien te sirva, y pagarle, gustoso, por su trabajo, por su servilismo infame. Ya ven, uno, al fin, tras una vida entera denunciando la explotación, va a resultar explotador potentado.

El curry no me ha salido mal. Cenamos con el ruido de fondo de tertulianos que defienden o denigran la tan cacareada recuperación económica patria. Sí, esa que vivimos gracias al sector servicios. Después tú vas a la cama y yo digo no me esperes, quiero escribir.

Y aquí me veo, escribiendo sandeces que a nadie importan, y sin saber aún para qué o para quién las escribo. Preguntándome si la recuperación de la economía no se deberá a tantos mentecatos que, como un servidor, pierden su tiempo realizando labores que nadie, ya, está dispuesto a pagar. Porque, al fin y al cabo, somos tan modernos que sabemos hacer de todo, desde cobrar nuestra misma compra en un supermercado, hasta leer o escribir o consumir música en streaming o pedir una camiseta de marca made in bangladesh vía internet o alojarnos en complejos hoteleros todo incluido en que beber hasta el hastío adulterado y tirar comida hasta la saciedad recalentada, pasando por hacer de camareros en nuestro propio domicilio.

Creo que me voy a pasar a los nuevos tiempos. Abajo la servidumbre. Esta noche, el placer, amor, me lo proporciono yo mismo, que lo otro queda demasiado machista y demodé.

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De POSTALES DESDE EL HAFA, 15/11/2017


Tuesday, November 14, 2017

La biblioteca de los muertos

AITOR ARJOL

Hay bibliotecas que saben a muertos y a vivos. A vivos encantos en silencio. A muertos que nos han sobrevivido. Bibliotecas de tierra y cielo. De luz y breves nichos. Bibliotecas que me recuerdan a aquella surgida en la mente de Danilo Kiss en la que se guardaban todas las vidas presentes y pasadas, en alguna ciudad grisácea del norte de Europa. Biblioteca a la que el autor citado dedicó todo un libro, en clara similitud a otras que nos han llevado de la mano de Jorge Luis Borges, Umberto Eco o Carlos Ruiz Zafón.

Danilo Kiss llamó a la suya la enciclopedia de los muertos, que por alguna extraña razón se me hizo biblioteca de tales que compete a los recuerdos esfumados en el corazón del hombre y en las pesadas anatomías del alma.

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Imagen: Biblioteca de Miguel Sánchez-Ostiz

Thomas De Quincey, una estampa

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Me estaba acordando de una página para mí memorable de Thomas de Quincey en sus Confesiones de un inglés comedor de opio y de ahí me he ido a dar una vuelta por el cementerio de St Cuthberts, en Edimburgo, donde hay una lápida que le recuerda y muchos panteones tapizados de musgo con bajorrelieves muy bellos y otros destrozados o nido pavoroso de yonkis arracimados en sus penumbras,  y las jaulas contra los ladrones de cadáveres arrancadas aquí y allá. Se veía que el lugar tenía una intensa vida nocturna, muy de muertos vivos. Jarreaba aquel día. Pero mejor que esos tenebros, esa página de De Quincey donde habla del invierno y de cómo pide a un imaginario pintor que le pinte una conversation piece sobre su biblioteca, y mientras afuera sopla el ventarrón del invierno y la lluvia azota los vidrios de la ventana, en la chimenea arde un buen fuego; hay varios miles de libros en las paredes... y «un litro de laúdano rojo como el rubí; eso y un libro de metafísica alemana, darán testimonio de que me encuentro en las inmediaciones». La realidad, como siempre, muy otra: las deudas, el huir de los acreedores, la pobreza, la husma de boticarios a la caza de su opio, la escritura alimenticia sobre todo y sobre nada, las rebuscadas extravagancias para protegerse del prójimo... Esa edición, de Barral Editores y 1975, tiene un prólogo excepcional del traductor, el peruano Luis Loayza que, cuando analiza la vida y obra de De Quincey, dice algo tremendo: «Todo quedó en colaboraciones para revistas y periódicos, es decir (pensaba De Quincey) en nada, y durante años le entristeció "el dolor de no ser lo que yo hubiera sido", que tantos hombres conocen» y algo más que invita a la reflexión en los malos tiempos: «... la delicadeza, la cortesía y el buen humor fueron en él virtudes heroicas  y no simples modales de un mundo satisfecho y protegido».

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De VIVIRDEBUENAGANA (blog del autor), 14/11/2017

Daniel Viglietti, allá lejos y hace tiempo

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Un día de niebla cerrada y la noticia mañanera del fallecimiento de Daniel Viglietti, otro de los cantautores de resistencia y de entusiasmo sobre todo, de nuestros veinte años, en dictadura, olvidados luego, pero que volvieron hace nada a ser tan necesarios, cuando los empujones autoritarios y neoliberales se nos echaron encima. No era esto lo que habíamos soñado, construido luego, en precario vemos. Las cosas que están pasando / es cosa de no creerlas, / y eso que estuve esperando / toda mi vida pa’ verlas… pero a la contra. Los nuevos demócratas y nuevos ricos se reían mucho de las canciones de Viglietti, avergonzados tal vez de haberlo escuchado de manera devota. El tiempo era otro, el de la farra de los ochenta, condenada a terminar mal. La poesía del compromiso y el combate ya no era de buen tono, al revés, ya aburría, decían, escribían, elegantes ellos, ya no éramos los mismos, ya no habíamos sido nunca, nada. Llegó la edad de matar al soñador y agarrar la parte del botín que se pudiera: otro patriotismo, otro orden, otra alma, la de la cuenta corriente. De aquellas burlas, estos cienos. Supe de la música de Viglietti en el año 1971, a comienzos, el año en que publiqué mis primeros poemas, en un ático de un barrio periférico de mi ciudad. No sé cómo entramos en relación con los vecinos, unos uruguayos que vivían atemorizados, con muchas precauciones, de manera muy precaria. Se les veía poco. Nos saludábamos de terraza a terraza. Eran refugiados en busca de asilo, querían pasar a Francia. No sé cómo habían ido a parar a  aquella ciudad pequeña y cerrada, clerical y conservadora. Los veo abrirnos la puerta de su apartamento amueblado, un poncho de colores (ella), un viejo pikú de maletita, un poro para cebar los mates de las conversas: dictaduras y revoluciones, poetas, Benedetti (ni idea entonces), Ida Vitale, cantautores, Zitarrosa, Violeta Parra, ciudades, París, Montevideo, Barcelona… Pienso ahora si no serían tupamaros escapados. Un día desaparecieron. Compañera, / Buscándome vendrán aquí, / Mi retrato, una carta, / Algún signo para dar con mi rastro. Fueron ellos quienes me regalaron un disco de Viglietti, el Canto Libre, perdido luego en alguna mudanza, con las Coplas de Juan Panadero, de Rafael Alberti, entonces prohibido en sus versos militantes. No sé qué fue de los uruguayos. Un día vino la policía en su busca. No había nadie, no había nada. Este es uno de esos «Recuerdos durmientes», los de la última novela del premio Nobel Patrick Modiano, que a veces regresan a golpe de titular de prensa en primera plana o en algún rincón de sucesos, y que no sé si ponen orden tu vida o te envejecen, o cuando menos te recuerdan quién fuiste.

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De INMEDIACIONES, 01/11/2017


Charleroi, memoria y recuerdo

MAURIZIO BAGATIN

“Ne me quitte pas/Il faut oublier/Tout peut s'oublier…” - Jaques Brel -

Recordar. La gente, los primeros años, el ambiente.                                                                             

Memoria. Mi primer viaje a los cinco años, en tren con mis padres… la inmensa Pianura padana, la auténtica neblina, la primera metrópoli, estación de Milán. Todos aquellos migrantes con paquetes de cartón, valijas amarradas y sus gritos, felicidad al retorno, tristeza a su partida, quienes compraban Cronaca Vera, quienes tomaban su último café verdadero, otros un fiasco de vino tinto tal vez de buena calidad…                                                                                               

Recordar. Los Alpes, las Holstein entre el verde suizo en la madrugada fría y serena.                           

Memoria. Mi estómago que se balanceaba con el andar del tren.                                                        

Memoria y recuerdo ahora, todo se hace lenguaje: mi madre lingua en aquel primer viaje fue escuchar la riqueza de todos los dialectos, oír el salentino que vivía en Bruselas, el calabrés que bajaría en Luxemburgo, el napolitano que extrañaba las almejas, el palermitano que me mostraba su abigarrado carrito siciliano, el lucano que no llevó la almohada: el hombre migra y transforma todas las materias primas… piedras, metales, maderas y no últimas las palabras y las ponen en libertad: el hombre es un poeta, en su viaje alguna vez llega a su destino. Nosotros descendimos a la estación de Namur, mi estómago le ganó al viaje. Un taxista, italiano también él, me invitó unas tabletas para pacificar mi estómago y nos llevó hasta le pays noir: Charleroi. Septiembre es ya otoño, Bélgica tiene el negro en su bandera, los italianos llegaron quitándoles la galleta (el pan, el trabajo, algunos las mujeres) a los valones; tierra negra, acero y carbón, papas fritas (les frites) y cervezas hechas por siempre alegres monjes…                            

Chatelet, Couillet, Marcinelle, minas y pan negro, mis tíos tenían siempre unas cervezas en su heladera, su gato en el techo y la huerta en un pequeñísimo invernadero de vidrio: achicoria (recuerdo del peor café que tomé en mi vida), coles de Bruselas y radicchio rosso de Treviso. En su jardín en miniatura unas rosas, un pino y el laurel.                                                                                                       

Charleroi es cruce de gastronomías, Rimbaud en fuite adoró algunos pasteles aquí elaborados divinamente… yo probé unas naranjas rellenas, las peras envueltas con jamones y una trucha (del Río Sambre) bien especiada, nouvelle cuisine de los años setenta, no puedo recordar si experimentaron en aquel banquete de matrimonio o si eran realmente adelantados: en la ciudad mi primo me llevó a un restaurante indonesio del cual aún hoy recuerdo su armonía de sabores, bien acompañados con una cerveza negra.                                                                                                

Memoria de otros viajes, todos hechos en tren, Charleroi en invierno, ausente de veranos, desconocida primavera, diciembre es su mes… viejos encuentros, familias de emigrantes reunidas, Babel de dialectos, bullicio y humo de cigarros negros, pastas y vinos y cafés negros. Le pays noir. Bélgica es noir: chocolates, cervezas, pan y café, cigarros y carbón, Zaire, su bandera... memoria y recuerdo de aquel mi primer viaje.
Octubre 2017


Monday, November 13, 2017

Fútbol y literatura

JORGE CUBA LUQUE

Hay una foto de Pelé en Estocolmo, cuando todavía no era el Rey sino un chiquillo de diecisiete años. Se le ve llorando, rodeado de Gilmar y Didí en medio de la cancha del estadio Rasuda. Acaba de concluir el partido de la final del Mundial de 1958, en ese encuentro la Seleção derrotó a Suecia obteniendo así el título de campeón del mundo…

Oswaldo “Cachito” Ramírez aparece eufórico en una instantánea, cargado en hombros por un grupo de hinchas peruanos ni bien termina el match contra Argentina disputado en La Bombonera. En ese partido Ramírez anotó los dos goles con los que Perú logró clasificarse para el Mundial de 1970, eliminando al mismo tiempo a los dueños de casa…


En otra foto, tomada una noche de 1982 en Sevilla, durante el Mundial de España, el zaguero alemán Ulrich Stielike aparece arrodillado, hundido e inconsolable, cubriéndose el rostro empapado de lágrimas. Él, uno de los más corajudos jugadores de la selección alemana desde el inicio del torneo, acaba de fallar su tiro al arco de Francia precisamente en la definición por penales que decidiría qué selección pasaba a disputar la final.  

Son tres momentos rubricados por una gran emoción. Felicidad  y desdicha, sentimientos que, sin embargo, no son del todo excepcionales en la práctica del fútbol, el deporte colectivo que más seguidores convoca en el mundo entero. Momentos como los representados en las fotografías aludidas son, pues, frecuentes pero adquieren trascendencia cuando suceden en partidos de importancia internacional, convirtiéndose en imágenes icónicas, en otras palabras, forman parte de la memoria colectiva. Pero esas emociones se dan también en un partido de barrio, en los de cualquier campeonato local o nacional. Todo futbolista que se precie de serlo ha tenido que enfrentarse, y más de una vez, a un rival por un balón dividido. Sin embargo, lo más difícil no es la disputa con el otro, sino ante uno mismo, las inquietudes al respecto se imponen: ¿hasta dónde empujar el esfuerzo?, ¿vale la pena luchar ante un equipo rival a todas luces superior y por lo tanto favorito?, ¿es necesario seguir haciendo lo mejor cuando ya el equipo de uno no tiene oportunidad alguna de clasificar?, ¿por qué, entonces, surge la chispa que genera admiración y aplauso?, ¿por qué llorar por un triunfo, por qué se llora por una derrota?

Curiosamente, en la literatura, hasta hace relativamente poco tiempo, no teníamos suficientes proyectos relacionados con el fútbol, aunque sí escritores que en algún momento de sus vidas lo practicaron con pasión, el caso más conocido es el del escritor Albert Camus, que fue arquero en sus años mozos en Argelia (en ese tiempo departamento francés).

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La literatura se centra en el individuo y su interioridad, el fútbol es un actuar necesariamente de conjunto; la jugada decisiva que termina en gol por un gesto de maestría individual es imposible sin el resto del equipo, sin un pase previo, lo que no le niega una poética inherente. El dribbling brillante, el remontar un marcador adverso en un estadio con público hostil, el imponerse a la parcialidad del árbitro o a la violencia de los jugadores rivales, pueden ser gestos de belleza. Ahora, prestemos atención al estado de ánimo de los protagonistas que, además, son observados por una multitud que los aclama o los pifia, escenario que podríamos asumir como el cielo y el infierno, su natural condición épica.

Es acaso por eso que cuando la narrativa lo ha abordado, ha situado a los futbolistas esencialmente fuera de los campos de juego, centrándose en la actitud del jugador, a saber, quizá en el más logrado cuento en español sobre el tema, “Puntero izquierdo” de Mario Benedetti (incluido en Montevideanos, 1959): un joven futbolista, ‘el hombre gol’, postrado en la cama de un hospital tras ser víctima de una paliza, revela que ha recibido un soborno para que fuera menos eficiente en el partido que su equipo disputaría ante un club rival, partido que decidiría el ascenso a la categoría superior. El narrador da detalles del soborno y evoca algunos pasajes del encuentro durante el cual jugó como de costumbre. 

En Cuentos de fútbol (1995), compilación de relatos hecha por Jorge Valdano, integrante de la selección argentina campeona de México 1986, encontramos una veintena de cuentos, de los que sobresale el de Javier Marías, “En el tiempo indeciso”, donde aparece la figura de un delantero húngaro llegado al Real Madrid: el narrador, alter ego del autor, se asoma a la figura del deportista, presentándolo por partida doble: como un sutil goleador y un individuo encerrado en sí mismo, además de pueril. A lo mejor, antes que libros de ficción sobre el fútbol y sus protagonistas, lo que se ha desarrollado en América Latina en cuanto a este tópico se halle a medio camino entre la crónica y el ensayo: Fútbol a sol y sombra (1996) de Eduardo Galeano, Fútbol. Una religión en busca de un dios (2005) de Manuel Vásquez Montalbán o Dios es redondo (2006) de Juan Villoro. O Ese gol existe (2016), trabajo dirigido por Aldo Panfichi sobre cuestiones de fútbol y sociedad en el Perú. 

Las lágrimas de Pelé y Stielike, la alegría de Ramírez, hechos que por ser fugaces, tal vez no puedan ser objeto de literatura, pero sí todo aquello que los antecede y sucede después. Pensemos en el heroísmo inútil de “Los otros”, cuento de Julio Ramón Ribeyro en Relatos santacrucinos (1992). Aquí encontramos a un narrador ya entado en años que recuerda a uno de sus compañeros de clase: Paco, ‘el único cholo en la clase de ese colegio de blanquiñosos’, que integró el equipo del salón, siendo un zaguero admirado y respetado. Durante un partido del campeonato interno del colegio fue, a pesar de sus visibles esfuerzos, varias veces superado por el  goleador rival que marcó los goles de la victoria. Paco fue abucheado. Ya en los vestuarios cae desmoronado, retorciéndose de dolor y a las pocas horas moría tras ser operado por una peritonitis y un desgarro intestinal causado por el esfuerzo físico. Habría sido un partido de fútbol banal, ‘pero en el cual el cholo Paco puso todo su pundonor y dejó su vida’. He ahí la literatura.

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De LIBRERÍASUR, 08/11/2017



Sunday, November 12, 2017

Entrevista a Emilio Losada/LA GALLA CIENCIA

Autor de narrativa, de poesía y de artículos literarios. A finales de los 80 inaugura su andadura artística como cantante, guitarrista y compositor en grupos de rock, a la par que empieza a escribir sus primeros poemas y relatos, publicando muchos de ellos en revistas y libros colectivos. En 2009 crea y dirige el Certamen de Relato Corto Lar Gallego de Sevilla y en 2014 la vilipendiada revista literaria La Antibiótica. Antes, en los 90, funda el Grupo Estético Sibarita (GES), un movimiento artístico multidisciplinar que basó sus preceptos en lo puñetero, lo mundano y lo deliberadamente grotesco. Obras como La quintaesencia suave (novela, 2009), Los ángeles rasos (novela, 2014) o Ventajas de estar en la ruina (poesía, 2015) han sido premiadas en concursos convocados en ambas orillas del Atlántico. Su última novela, Aviones de fuego, publicada en España por la mítica Renacimiento en 2017, se hizo un par de años antes por unanimidad con la segunda edición del Premio Internacional INK de Novela, fallado en la Ciudad de México.


¿De qué le salva la poesía?
Bueno, a veces más que una salvación es una condena esto de la poesía. A ciertas mentalidades sensibles la buena poesía puede llegar a abrirle alguna que otra puerta que quizá estaba mejor cerrada. A mí, paradójicamente, me sirve para no darle demasiadas vueltas a esto de la imposibilidad de escabullirme de mí mismo. Tanto cuando yo me pongo a ello como cuando asisto a las quimeras de otros.   

¿Un verso para repetirse siempre?
Tres, del gran Fonollosa. Terribles: “Renunciaron al sueño y se adaptaron / a una pequeña dicha y su tristeza. / La vida no da más, seguramente”.

¿Qué libro debe estar en todas las bibliotecas?
“Les fleurs du mal”, por supuesto. Y en un mundo ideal también estarían “Hijos de la ira”, de Dámaso, y “Diamante roto”, de mi querido y añorado Fernando Cañas. He ahí, cada uno en su estilo, tres de los más preclaros poemarios de la Historia. Al renacuajo de Charleville ni lo mento porque se sobreentiende que debe estar incrustado en la crisma de todo esteta que se precie.

Amor, muerte, tiempo, vida.., ¿cuál es el gran tema?
Todos ésos más el miedo y el odio.

¿Qué verso de otro querría haber escrito?
Tropecientos, claro está. Pero, mire usted, ahora que me estoy metiendo entre pecho y espalda una copa de vinarro se me ocurre éste del divino Jacobo Fijman: “Alcohol; salario de estrellas”.

¿Escribir, leer o vivir?
La pregunta más fácil hasta el momento: primero se vive, luego se escribe y siempre hay que estar leyendo. Cuando uno se salta uno de estos preceptos o prescinde del primero o del último pasa lo que pasa: caranalgueo poetita facebookiano, por ejemplo.

¿Dónde están las musas?
Siempre tengo un par en el bolsillo del suelto, por si acaso.

¿Qué no puede ser poesía?
Qué, nada; quién es otro cantar. Y es que hay gentecilla por ahí que no inspira ni para hacer de vientre.

¿Cuál es el último poemario que ha leído?
La poesía reunida de Pablo del Águila, de reciente publicación: “De soledad, amor, silencio y muerte”. El libro me llamó literalmente -esas cosas pasan, al menos a mí- desde una mesa de una librería de Granada. Háganse un favor y descubran a este autor. ¡Es absolutamente maravilloso! Dentro de poco voy a publicar un texto de elogio a este increíble poemario.

Si todos leyéramos versos, el mundo…
No sé cómo sería el mundo si todo quisqui leyera poesía, pero los que no solemos hacer lo que hace todo el mundo de ocurrir esto seríamos capaces de darle la espalda por puro proselitismo antiborreguil.

Tres autores para vencerlo todo.
¿Sólo tres? Bueno, venga, va, aunque parezca el principio de un chiste, un ibérico, un francés y un latinoamericano al 90%: Garcilaso, Baudelaire y el divino Fijman.

¿Papel y lápiz, teclado o smartphone?
¿Esmarfón? Quite, quite… Eso es para googlear, chafardear la prensa y soltar caranalgadas en las redes, poco más. 

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De LA GALLA CIENCIA, 12/11/2017 

Mi abuela

PAZ MARTÍNEZ

A ver, que hace mucho que no pongo nada. Esto era para aquí, pero me pierdo por el camino. Ahí os queda tal cual lo dejé en otra casa.

Mi abuela, que era una mujer de orina tendente al naranja, nos saludaba con un "rao parvos do carallo ¿xa estades eiquí outra vez? Anda, ídevos pacasa e deixarme en paz", cada vez que íbamos a verla. Visitarla no era sencillo. Carecíamos de vehículo y vivía a 60 km de casa (la nuestra, no la suya, aunque el asilvestramiento de la güela fuese conocido en toda la provincia), pero como era la madre de la madre... el día del mes estaba marcado a fuego en el calendario. Recuerdo aquellos besos rasposos y babosos, mi mano frotando la mejilla del limón agrio en que me convertía sin querer, el olor a urinario turco dos segundos antes de un zafarrancho de desinfección urgente y es que, la anciana, fue una de las precursoras del ecologismo tal y como lo conocemos hoy en día: ahorraba energía y agua como nadie. A pesar de todo, su casa tenía el olor picante y tusivo del exceso de lejía. Lo que recuerdo con más cariño, era su habitación. El suelo era de madera carcomida y brillante, tapada con una alfombra deshilachada cuyos colores vivieron la misma suerte que ella, lo mismo que la silla bajo la ventana y aquel cojín rojosado o rosajo zurcido con, imagino, el hilo que tenía a mano en cada ocasión. La cama era altísima, chirriante, crujiente, helada y olorosa con una colcha en las mismas condiciones del cojín. El cabezal estaba coronado por la imagen de un cristo doliente, imagino que por la tortura a la que cada noche se le exponía y, bajo el colchón, el orinal. Frente a la cama, un armario de dos puertas, oscuro, casi negro, escondía sus petulancias: Cuatro vestidos moteados de blanco, sin mangas y botones delanteros, de arriba a abajo; tres faldas, una nueva (negra) y dos grises más ajadas; dos camisas blancas; un abrigo negro; tres chaquetas negras de punto y una pañoleta de un esplendoroso y brillante rojo. Pero, a mí, lo que me llamaba la atención e iba a ver siempre, era la colección de zapatillas. Eran muchas, 12 concretamente, y envidia del pantone de grises a negro. En el único cajón de aquel ataúd, había una cajita dorada, una especie de caja de galletas danesas en miniatura. Allí guardaba el rosario y una barra de labios. Aquella barra sólo trabajaba cuando venía a Vigo, al médico de lo suyo (nunca supe qué enfermedad padecía. Escuché a mi padre, en alguna ocasión, nombrar la Maldad y la dificultad de una medicación paliativa). 

La cosa es que, cuando venía, se quedaba en mi habitación. Odiaba aquello, pero no por compartir cama, cosa que hacía con mi hermano menor en las noches de bronca, sino por el inacabable bisbiseo y los suspiros acompañados de aquellas pestilentes tormentas interiores. "La comida de este sitio me sienta fatal" decía, la jodia, en voz alta. Lo mejor, verla frente al espejo a la mañana siguiente. El grifo, todo lo abierto que se podía. El peine bajo el agua una, dos, cien veces, para atusar aquellas púas blancas, más rebeldes que ella y, sobre todo, el pintado de labios.Tres pasadas a cada uno y luego, con los dedos, toquecitos a la frente, al mentón, a las mejillas. Lo justo para colorear sin destacar, una iluminación que aumentaba con el atusamiento del pañuelo al cuello. Vistazo a la derecha, a la izquierda y sonrisa. Era el único momento en el que te dabas cuenta que, además de todo, también tenía dientes.

¿Por qué te escribo todo esto? Porque iba a ponerlo en mi muro pero leí tu post y me dije: "me quedo aquí, que no me apetece dar vueltas con el coche para buscar aparcamiento". Sólo espero que, a poder ser, si ves que el pastillamen hace que tu orina tienda al naranja, compres ropa de colores y olvides el ecologismo. Besos.

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Imagen: Gerrit Van Honthorst


Saturday, November 11, 2017

Néstor Majno, el hombre que salvó a los bolcheviques

ALEXANDRE BERKMAN

Un hombre acaba de morir en el hospital Tenon. Se llamaba Néstor Majno. Ha muerto en la pobreza y la soledad, lejos de millones de hombres que antaño lo habían saludado como liberador y héroe del pueblo. Algunos hombres aparecen como los camafeos de la vida; se destacan en un potente relieve sobre su lienzo y nos facilitan una mejor comprensión del segundo plano social. La historia, de por sí, esculpe con frecuencia seres de una dimensión tal que ni tan siquiera el paso del tiempo puede borrar. Son los que simbolizan el genio de su pueblo; su vida y sus acciones iluminan el pasado, a la vez que proyectan una luz profética hacia el porvenir.

Néstor Majno fue uno de ellos. Producto legítimo de una época revolucionaria, su vida y su actividad estuvieron impregnadas de una potente conducta voluntaria, y es más que probable que sin él, y sin el ejército de campesinos ucranianos que él dirigió, la Rusia soviética nunca hubiera llegado ser una realidad.

Fue en 1920, cuando yo viajaba por Rusia, que oí hablar por primera vez de Néstor Majno. Los relatos que corrían sobre él eran tan fabulosos, sus proezas tan fantásticas, y los juicios que sobre él se hacían, tan contradictorios, que me pareció un personaje de leyenda.

—¿Quién es ese Majno del que tanto se habla? —pregunté a un bolchevique eminente.

—Un bandido —me replicó con irritación—, un contrarrevolucionario peligroso que nos causa muchas preocupaciones.

—He oído a gente calificarlo de héroe revolucionario —dije.

—Es un bandido —repitió con rabia—, su cabeza ha sido puesta a precio y lo matarán en cuanto lo vean.

Después de mi llegada a Ucrania es cuando Majno comenzó a adquirir una forma más precisa. Sin embargo, allí también su personalidad se reveló huidiza durante cierto tiempo, y sólo reuní los hechos que le concernían, a él y a sus actividades, cuando la suerte me hizo entrar en contacto con hombres que lo conocían directamente.

En el marco de mi trabajo, que consistía en reunir elementos sobre la historia de la Revolución, me presenté un día en la casa del presidente del Partido Comunista de Jarkov, como esperaba hacer en cada ciudad que visitara. El gobierno soviético todavía no había afirmado en aquel entonces su autoridad en Ucrania, y Jarkov parecía un campamento militar. Era difícil poder ser introducido cerca de bolcheviques con cargos importantes, pero mis cartas de recomendación del «Centro» (nombre que se daba a Moscú en las provincias) sirvieron para allanar todos los obstáculos. Estaba conversando con el secretario cuando un joven, con uniforme militar cruzó la sala. Me miró con aire distraído, me volvió a mirar y se acercó a mí.

—Perdóname, tovarich —dijo—, ¿no eres Berkman?

Asentí.

—¿Alexandre Berkman, de verdad?

Y antes de darme cuenta de lo que hacía, me estrujó entre sus brazos y me abrazó tres veces a la usanza rusa.

Era Leo, mi viejo compañero de América, jefe de intendencia del Ejército Rojo de guarnición en Jarkov. El muchacho delgado y delicado que yo había conocido en Nueva York varios años antes se había convertido en un buen mozo de aspecto militar y seguro de sí mismo. Una profunda cicatriz en la cara, de toda evidencia un sablazo, daba todavía más resolución a su aspecto.

—¡Qué cosa más increíble —exclamó—, jamás hubiera soñado encontrarte aquí! No sabía que estuvieras en este país, alguien me había dicho que estabas en la cárcel. Sabes… me gustaría discutir contigo de un montón de cosas.

Se interrumpió bruscamente y me preguntó:

—¿Estás aquí en misión secreta?

—En lo más mínimo —contesté.

—Muy bien, entonces quiero que vayas a verme; hay un grupo de gente conmigo que estarían muy contentos de verte.

Escribió una dirección en un papel y marchó.

Me resultó algo difícil encontrar la casa donde vivía Leo. El oficial y su familia residían en un campamento fuera de la ciudad. Entre los que allí estaban reconocí a varios conocidos de los Estados Unidos, entre ellos uno que se hacía llamar Emigrante y que yo había conocido en Detroit.

—Llegas con retraso ¡hombre!, no es costumbre norteamericana —me reprochó Leo con buen humor—, y sin escuchar mis excusas agregó:

—Está bien… estamos un poco apartados, pero aquí se está tranquilo y podemos charlar en paz.

Hablamos del tiempo pasado y de las últimas noticias que cada uno conocía. Todos estaban impacientes por saber lo que ocurría en el mundo y, más particularmente en América. Rusia sufría el bloqueo y se sentían cortados del resto de la humanidad. No obstante, la conversación se orientó rápidamente hacia la Revolución. Ucrania seguía en guerra. Los Blancos habían lanzado una nueva ofensiva y el combate se proseguía en diferentes puntos del Sur.

Leo había desempeñado un papel activo desde el comienzo de la Revolución. Había luchado en diversos frentes y estaba perfectamente al corriente de la situación.

—Aquí encontrarás condiciones diferentes de las de Petrogrado o Moscú —dijo—. Allí las cosas son más o menos estables, pero aquí, nos encontramos en plena Revolución. En Rusia, sabes, propiamente hablando, la victoria fue relativamente fácil, pero Ucrania no es Rusia. Nosotros somos un país de cuarenta millones de habitantes, de origen diferente, con una cultura y un idioma propios. La Revolución no ha seguido el mismo camino aquí que en el Norte. Allí, los bolcheviques tomaron fácilmente el poder después de caer Kerenski, pero aquí hemos tenido catorce gobiernos diferentes en los últimos dos años…

—Y también ningún gobierno —agregó el Emigrante.

—Se refiere a Majno —explicó Leo—. Debes haber oído hablar de él ¿no?

—Sí. En Moscú se me dijo que era un bandido y que lo matarían sin el menor aviso.

—Primero tienen que capturarlo —dijo riendo el Emigrante.

—A ti te trataron bien ¿verdad? —dijo con tono burlón.

—¿No es verdad lo de bandidos? —pregunté.

—¡Qué bandidos! —gritó con furor Leo—. No te creas semejantes pamplinas. ¿Majno un bandido? Majno y sus hombres formaban parte del Ejército Rojo en aquel momento.

Al ver el asombro que se reflejaba en mi cara agregó:

—Tienes que aprender muchas cosas antes de comprender lo que pasa aquí.

—Aprenderá muy bien, no te preocupes —comentó el Emigrante con ardor—, no hay mejor escuela que la Revolución.

—En Moscú no lo aprenderá jamás —insistió Leo—, pero si se queda bastante tiempo y si tú…

Dudó un instante mientras dirigía una mirada interrogativa a su amigo.

—¿Se lo digo? —le preguntó.

—Claro que sí, díselo —respondió el Emigrante.

—Está bien, Alexandre, él puede decirte cosas que serán grandes revelaciones para ti; ha trabajado con Majno ¿sabes?

Yo me acordaba del Emigrante como de un muchacho apacible y serio, interesado por los problemas sociales; tenía un temperamento más estudioso que militante, y no me lo podía imaginar en el papel de bandido o de aventurero, bajo cualquier bandera; por consiguiente me preguntaba «qué clase de trabajo» podía haber efectuado con Majno.

—Hablando de revelaciones —dijo el Emigrante con aire tentador— ¿Qué os parece si bebemos alguna cosa? Hace un calor terrible…

El kvas ruso del país, destilado a partir de la patata, estaba fresco y refrescante. Era una noche típica del pleno verano ucranio: ni un soplo de aire, la bóveda celeste sembrada de estrellas, todo era tranquilidad, salvo el murmullo monótono de un manantial próximo, y el canto intermitente de un pájaro en el bosque. La inmensa estepa se extendía a lo lejos, majestuosamente silenciosa e indiferente al combate humano.

Estuvimos hablando hasta altas horas de la noche. El Emigrante se reveló ser una verdadera enciclopedia, con una memoria fenomenal para los nombres, fechas, acontecimientos… Me diseñó el curso de la historia de la Revolución desde su comienzo, con una penetración explicativa sobre las causas y los efectos, lo que indicaba un historiador creativo.

Cada fase del gran combate parecía serie familiar; puntuaba regularmente sus análisis con referencias concretas: «es un documento así y asá, de tal o cual fecha, firmado por fulano». Era un archivista imparcial, y cuando más tarde tuve la ocasión de examinar sus archivos, descubrí documentos raros y de gran valor: proclamas y decretos de Lenin y de Trotski, de las fuerzas alemanas de ocupación, de Majno, y también de Denikin, Wrangel y otros generales blancos.

Fue de boca del Emigrante que escuché por primera vez la historia de Majno. Con estupefacción aprendí que en vez de ser un bandido como me habían afirmado los bolcheviques, era un «político» de antiguo, que había sido condenado en 1908 a la pena capital por actividad revolucionaria bajo el régimen zarista. Debido a su juventud (no había cumplido 19 años) la sentencia fue conmutada por la de cadena perpetua, y Majno pasó largos años en Butirki, la prisión central de Moscú, donde durante nueve años permaneció atado de pies y manos, hasta que salió en libertad con la insurrección del proletariado de Moscú el I2 de marzo de 1917.

En aquella época, el Emigrante vivía en Ucrania y tropezó con Majno poco después de que este último hubiera regresado a Gulai-Polé, su pueblo natal, en la provincia de Ekaterinoslav. Majno tenía entonces treinta años, una estatura inferior a la media, de fuerte constitución; ojos de un gris acero penetrantes y un rostro voluntarioso. Hijo de campesino ucraniano, por sus venas corría sangre de antepasados cosacos, reputados por su espíritu independiente y sus cualidades combativas. Aunque debilitado por su largo encarcelamiento, durante el cual enfermó de los pulmones, Majno asombraba a todo el mundo por su vitalidad y su energía. Muy pronto se habló de él como cabecilla de pequeños grupos de insurrectos, que combatía contra los invasores austroalemanes de Ucrania, que gobernaban la región desde la paz de Brest-Litovsk. Aparentemente, era un combate sin esperanza, contra fuerzas desmesuradamente superiores, el que emprendieron Majno y su puñado de campesinos sublevados; pero sus fantásticas hazañas, de una audacia extraordinaria, se ganaron rápidamente el fervor popular y, en poco tiempo, Majno dispuso de una fuerza considerable, generosamente abastecida en víveres y caballos por el campesinado agradecido.

Hizo una guerra de guerrillas encarnizada contra la burguesía campesina y contra el opresor extranjero, y combatió a todo general contrarrevolucionario que intentó someter al campesinado en armas para quedarse con la tierra que había sido expropiada a los grandes terratenientes. Ejércitos enteros fueron enviados para «capturar y castigar a Majno», según la fórmula consagrada, pero era inasible; atacaba al enemigo en el momento y el lugar más inesperado y sembraba el terror en las fuerzas atacadas. Invariablemente, en cabeza de su caballería, parecía tener una existencia mágica. Tenía la reputación de no haber perdido jamás una batalla de no haber sido jamás herido, aunque su método favorito fuera el combate con sable, cuerpo a cuerpo.

Su fama se propagó por todas partes y en poco tiempo los campesinos llegaron a creer que Majno estaba inmunizado contra las «balas y los sablazos».

Fue principalmente con el mando y la estrategia excepcional de Majno que, desde el final de 1918, Ucrania fue liberada de los invasores extranjeros.

Sin embargo, el cabecilla rebelde no se contentó con victorias militares. Empezó a poner en práctica los ideales no realizados de la revolución, tanto política como militar. Dejó el sable y utilizó la palabra y la pluma, se convirtió en consejero y educador. Soviets de campesinos y obreros fueron organizados en toda la Ucrania del sudeste, soviets que se diferenciaban de los bolcheviques por ser totalmente independientes de los partidos políticos y de toda autoridad gubernamental.

Moscú vio con desconfianza la nueva experimentación social intentada por Majno. La prensa bolchevique lanzó ataques contra él y muy pronto fue tratado de enemigo del Partido comunista. El movimiento campesino dirigido por Majno y conocido con el nombre de majnavchina, fue calificado de bandidaje y de contrarrevolución.

Sin embargo, Majno prosiguió su obra a pesar del Kremlin, y siempre que la revolución estuvo en peligro, Majno se precipitó en ayuda de los bolcheviques. Así, pues, cuando en el otoño de 1919 Denikin consiguió llegar al Orel, amenazar Moscú y la propia existencia del gobierno soviético, fue Majno y su ejército quien atacó al general zarista, derrotándolo en varias batallas decisivas, cortando el ejército de los flancos de sus bases de aprovisionamiento y obligando a Denikin a batirse precipitadamente en retirada.

No obstante, a pesar de los grandes servicios que Majno hizo a la Revolución, los bolcheviques siguieron denunciándolo y finalmente Trotski lo declaró fuera de la ley.

Lo que me contaron el Emigrante y Leo me desconcertó mucho. Yo sabía que mis amigos eran profundamente sinceros y adictos a la Revolución —ambos habían sufrido y combatido por ella— pero no lograba creer lo que me habían dicho. Me parecía demasiado monstruoso. Decidí saber toda la verdad. Quizá todo se debía a un malentendido derivado del trastorno y de la agitación del momento —pensaba yo— y quizá estuviera en mis manos la posibilidad de aclarar la situación de alguna manera.

Mi trabajo me llevó de Jarkov hacia otras regiones de Ucrania. Cuanto más penetraba en el Sur, más contradictorias y fantásticas eran las historias sobre Majno y sus acciones. Visité lugares que unidades majnovistas habían ocupado en determinado momento y encontré gentes de diversas posiciones sociales —soldados, obreros, campesinos— de los cuales algunos habían luchado con Majno o contra él. Cosa extraña: hasta sus más implacables enemigos, aún denunciándolo como contrarrevolucionario y perseguidor de judíos, no podían disimular su secreta admiración por el hombre que sólo con un puñado de adictos, había afrontado ejércitos enteros y siempre había salido vencedor de los combates. Sus hazañas eran tan excepcionales que incluso los comunistas ucranios se inclinaban ante su extraordinario coraje y su genio militar.

Fue un bolchevique el que me contó cómo Majno, que proyectaba atacar un pueblo ocupado por Denikin, se las arregló para hacer celebrar una boda campesina en la plaza principal del lugar. Haciéndose pasar por alegres juerguistas, los majnovistas distribuyeron generosas raciones de vodka a los soldados de la guarnición. En lo más fuerte de la borrachera, apareció repentinamente Majno a la cabeza de un pequeño grupo de jinetes. Desbordados por este ataque salvaje e inesperado, los mil hombres de la guarnición capitularon sin combate.

Majno tenía fama de recurrir con frecuencia a tales estratagemas, como cuando conquistó la ciudad de Ekaterinoslav donde Petlura había concentrado un importante contingente de su ejército. Protegidos por el Dniéper con todos los alrededores fuertemente guarnecidos, los petluristas parecían al amparo de cualquier sorpresa. Pero nada hubiese podido disuadir al temerario cabecilla de campesinos insurrectos de su intención de conquistar la ciudad. Solos o por parejas, campesinos de aspecto inofensivo comenzaron a concentrarse en Nijne-Dnieprovsk, un pueblo situado en la orilla opuesta a Ekaterinoslav.

Al día siguiente, al despuntar el alba, los hombres llenaron el tren que establecía comunicación entre el pueblo y la ciudad. El tren entró en la estación y, bruscamente, salieron de él mil hombres armados con ametralladoras. Un combate sangriento se desarrolló en el centro de la ciudad, y, al atardecer, Ekaterinoslav estaba en manos de los majnovistas.

Cuanto más me acercaba a la región de Majno, más sorprendido quedaba de ver el respeto que los campesinos tenían por él. Una vez, cuando estaba hablando con un viejo mujik, un verdadero patriarca con una luenga barba blanca, quedé sorprendido al ver que se descubría cuando se pronunciaba el nombre de Majno.

—Es un gran hombre lleno de bondad —dijo—, que Dios lo proteja. Pasó por aquí hace dos años y todavía me acuerdo como si fuera hoy: sobre el banco de la plaza, con el cuerpo erguido, dirigiéndonos la palabra. Nosotros somos pobre gente y nunca hemos podido comprender los discursos de los bolcheviques cuando nos hablaban. Pero Majno, él, hablaba nuestra lengua, sencilla y directa: «Hermanos —decía— hemos venido para ayudaros. Hemos expulsado a los terratenientes y a sus mercenarios, y ahora somos libres. Distribuid la tierra entre vosotros con justicia y equidad, y trabajad como compañeros para el bien de todos». Un santo —concluyó con ardor.

Se dirigió hacia el icono suspendido en un rincón de la cabaña, se inclinó y se persignó; luego volvió a mí, con toda la majestad de una piadosa convicción.

—La profecía de Pugachev se ha realizado, ¡alabado sea dios! —exclamó el anciano—. Hace cincuenta años, cuando el gran rebelde estaba a punto de ser ejecutado, dijo a la zarina Catalina II: «Solamente os asusté, pero dentro de poco llegará una escoba de hierro que os barrerá a todos vosotros, los tiranos de nuestra santa tierra de Rusia. ¡Esta escoba está aquí, es batko Majno!

Hizo una pausa; luego dijo con solemnidad:

—Hijo mío, fue un milagro. Los campesinos de toda la región se reunieron por la mañana en la plaza. El viejo Vassili, mi vecino, era su portavoz.

—Padrecito —dijo a Majno— eres nuestro liberador. A partir de ahora serás nuestro batko y juramos seguirte hasta la muerte.

La voz del anciano temblaba:

—Aquella noche perdí a mi otro hijo —dijo con voz entrecortada pero es así como Majno se convirtió en nuestro batko.

—¿Batko? —dije sorprendido.

—Sí, batko Majno. No es nuestro comandante, ni nuestro general. Es nuestro amigo, nuestro «padrecito», nuestro batko bien amado, el título más honorable que podemos darle. He pagado caro para ello, pero se lo merece.

Lo interrogué con la mirada.

—El año pasado, Chkuro, el general sanguinario de Denikin, vino aquí —prosiguió el viejo—. Devolvió nuestra tierra a sus antiguos dueños, nos lo quitó todo y obligó a los jóvenes a enrolarse en su ejército. Nos resistimos a ello. Iván, mi hijo mayor, fue detenido y asesinado, otros muchos también. Previnimos a Majno. Llegó acompañado de unos cien jinetes solamente y Chkuro tenía tres mil hombres en nuestro pueblo. Creímos que estábamos perdidos. Pero aquella misma noche Majno se abrió paso a través de las avanzadillas enemigas, atacó a los Blancos y consiguió llegar al mismo centro de nuestro pueblo. Nosotros acudimos todos en su ayuda, con horcas y hachas, y al amanecer habíamos echado a Chkuro y sus asesinos del pueblo. Majno los persiguió hasta el otro lado del río.

Algo más tarde visité Kiev. Una noche, cuando ya iba a acostarme, golpearon a mi puerta. Me pregunté quién podía ser a una hora tan tardía. El río no estaba lejos y la ciudad estaba bajo la ley marcial. Andar por la calle durante el toque de queda estaba prohibido bajo pena de muerte, y sólo se podía circular con un permiso especial de las autoridades militares. Pensé que podía ser la Cheka, la temible policía secreta. Siempre operaban de noche y, en aquel tiempo, su visita no presagiaba nada bueno. Pero mis relaciones con los bolcheviques eran siempre de lo más amistosas. Una detención era poco probable.

Abrí prudentemente la puerta. El pasillo estaba sombrío y desierto, pero bruscamente una persona surgió de una especie de nicho de la pared. Era una mujer, campesina, con un capazo en el brazo, un mantón le cubría la cabeza y escondía casi totalmente sus rasgos.
—Quiero verte —dijo.

Hablaba ruso con ligero acento ucraniano. Le invité a sentarse. Se quitó el mantón y con sorpresa vi que era una joven de una belleza extraordinaria.

Soy Galina, la mujer de Majno —dijo con voz baja y dulce—, traigo un mensaje de su parte.

El solo hecho de pronunciar ese nombre, en tales circunstancias, ya era un gran riesgo. Se me ocurrió bruscamente la idea de que era Majno quien en aquel preciso momento, combatía contra los bolcheviques. Se oía a lo lejos el tronar de la artillería.

—¿Majno, aquí? —exclamé.

Puso un dedo sobre sus labios como una advertencia.

—No está muy lejos.

—Pero… ¿Cómo has podido correr tan gran peligro? —pregunté alarmado. ¿Sabes lo que esto significa?

—Lo sé —respondió tranquilamente— pero Néstor te ha esperado. Pensaba que encontrarías el medio de venir. Deseaba mucho que supieras lo que pasa.

—¿Y tú has arriesgado tu vida por eso?

—Quizás; tú no te das cuenta de la importancia que tiene. Néstor quiere que sepas que es tu compañero, tu verdadero compañero —subrayó.

—No estoy de acuerdo con que luche contra los bolcheviques —dije.

—¿Sigues creyendo en ellos? —preguntó con cierta amargura en la voz.

—En muchas cosas no estoy de acuerdo con ellos —respondí—, pero están cercados de enemigos y considero que todo el que sienta de corazón la Revolución debe ayudarlos a defenderse.

—Es Majno quien defiende la Revolución —interrumpió ella con arrebato.

—¿Luchando contra los bolcheviques?

—Mientras los bolcheviques han luchado por la Revolución, Majno ha estado con ellos —dijo gravemente—. El y los insurrectos han formado parte del Ejército Rojo. Hemos combatido contra el atamán Skoropadski, Petlura, Grigoriev, Denikin y todos los demás enemigos Blancos. Cuando los bolcheviques se encontraban en dificultad, siempre llamaban a Majno en su ayuda, y él siempre acudió. Pero en cuanto el peligro había desaparecido, Moscú se volvía contra nosotros. Nos ha tratado de bandidos y de contrarrevolucionarios, ha puesto precio a la cabeza de Majno, e incluso ha intentado asesinarlo.

—¡Es increíble! —exclamé—, ¿cómo creer que Lenin o Trotski…?

—Néstor sabía que te sería difícil creer en su traición. He traído documentos para convencerte.

—Pero… ¿Qué es lo que tienen contra Majno? —pregunté—. Bien debe existir alguna buena razón.

—¡Excelentes razones! —contestó ella—. Es lo que Néstor quiere que te explique, y por eso estoy aquí.

Con rasgos netos y decididos Galina me relató la historia de Majno y del movimiento a cuya cabeza se encontraba. Había organizado comunas en la región de Gulai-Polé y en una gran parte de Ucrania que abarcaba centenas de kilómetros, donde millones de hombres vivían libremente y se negaba a someterse a la dominación de cualquier partido.

Los bolcheviques intentaron imponer su autoridad al campesinado, pero éste no la acató. Finalmente, Moscú decidió liquidar a Majno, y Trotski dio la orden de suprimir el soviet militar revolucionario de la región de Majno y de proscribir a todos sus miembros.

—Toma —dijo ella tendiéndome un documento—, puedes leerlo tú mismo.

Era una orden del soviet militar revolucionario de la República, fechado el 4 de junio de 1919 y con la referencia nº 1824. Se podía leer en él, particularmente:

La sesión del Soviet convocada por el comité ejecutivo de Gulai-Polé y por el estado mayor de la brigada de Majno para el 15 de junio, queda prohibida por la presente orden y no será autorizada a celebrarse en ninguna circunstancia. Cualquier participación en esa sesión, será considerada como una traición a la República soviética y será tratada en consecuencia… La presente orden entra en vigor inmediatamente y por telégrafo.
Trotski, Presidente del Soviet revolucionario militar de la República (SRMR)

—Era una declaración de guerra contra nosotros —prosiguió Galina—. Al mismo tiempo, Trotski dio órdenes secretas para la captura de Néstor, de todo su estado mayor, y de todos los hombres de nuestro servicio cultural.

—¿Servicio cultural?

—Sí, naturalmente. Tenemos una comisión especial en nuestro ejército que publica diarios, folletos y panfletos para explicar nuestras ideas y nuestros objetivos a los trabajadores. ¿Conoces al Emigrante? Trabaja conmigo, y es un hombre de gran valor. —Sonrió alegremente—. Hemos capturado a la mayor parte del ejército de Grigoriev mediante nuestra propaganda. Néstor está deseoso de que veas lo que hacemos. Pero… te hablaba de la orden de Trotski. Bien; tú conoces a Trotski, habla seriamente. Cinco días más tarde las fuerzas rojas atacaron Gulai-Polé, nuestro cuartel general. Varios miembros de nuestro soviet y el estado mayor militar fueron capturados mediante engaño y ejecutados. Trotski sabía que en aquel momento Néstor afrontaba una nueva ofensiva de Denikin, pero se negó a abastecernos en municiones. Declaró que Majno era un peligro mayor que Denikin. Y tenía razón —comentó ella amargamente— nuestras ideas libres son más peligrosas para Moscú que los Blancos.

—Pero tú me has dicho que Majno pertenecía al Ejército Rojo…

—¡Sí!

—Entonces… ¿Cómo podía negarse Trotski a facilitarle municiones?

—No es lo peor que ha hecho. Ha retirado varias unidades del Ejército Rojo de nuestro frente al Noroeste. Con lo cual ha permitido que la caballería de Denikin atacara el flanco izquierdo de Majno. Sin municiones, nuestros hombres por primera vez han tenido que batirse en retirada. ¿Y qué piensas que hizo Trotski entonces?

—¿Qué? —pregunté sin respirar.

—Nos acusó deliberadamente de haber abierto el frente a Denikin. —Se detuvo un momento para controlar su emoción—. Néstor se encontraba en una situación terrible. Se dio cuenta de la siniestra conspiración tramada contra él, pero se negó a volver sus armas contra los bolcheviques. Amaba demasiado la causa de la Revolución. Decidió rescindir su mando en el Ejército Rojo y así lo comunicó a Moscú. Hizo un llamamiento a los insurrectos, pidiéndoles que siguieran combatiendo a los Blancos, y luego se retiró.

—¿Completamente?

—Has debido oír hablar de lo que pasó. El Ejército Rojo siguió retrocediendo ante Denikin. Este llegó al Orel y amenazó Moscú. El pánico se apoderó de los bolcheviques. Ello significaba la derrota de la Revolución y el retorno al zarismo. Entonces Néstor volvió a la brecha. Reunió sus fuerzas y presentó batalla a Denikin. Lo atacó de flanco, aislándolo de su base de artillería. Denikin se vio obligado a dar media vuelta y Néstor lo hizo retroceder hasta el Don. Fue el fin de Denikin.

—Los bolcheviques apreciaron sin duda la ayuda de Majno…

—¡Tú no los conoces todavía! —exclamó ella con impaciencia—. Cuando ya no lo necesitaron, lo proscribieron de nuevo, exactamente como habían hecho cuando los salvó del atamán.

—¿Qué atamán?

—El atamán Grigoriev, un oficial zarista que se había sumado a los bolcheviques. —Galina cogió el legajo de documentos y me tendió un papel.

Era un telegrama bolchevique, fechado el 12 de mayo de 1919, enviado a Gulai-Polé para batko Majno, donde quiera que se encuentre. Estaba firmado por el comandante en jefe del Ejército Rojo del Sur en el cual se informaba a Majno que el atamán Grigoriev había traicionado en el frente y volvía sus armas contra los Soviets. El telegrama urgía al jefe de los insurrectos para que lanzara inmediatamente proclamas contra el traidor y sofocara el motín.

—No necesitó mucho tiempo Néstor para liquidar al atamán —prosiguió Galina—. Grigoriev disponía de un ejército potente, pero compuesto especialmente de campesinos enrolados a la fuerza. Néstor quiso evitar el derramamiento de sangre. Encargó a nuestro servicio cultural la publicación de una proclama acusando al atamán de contrarrevolucionario. Luego convocó una asamblea de varios destacamentos guerrilleros. El atamán fue invitado a defenderse de las acusaciones dirigidas contra él, y llegó acompañado de todo su estado mayor. Néstor lo acusó públicamente de traidor a la Revolución. Grigoriev se encolerizó y sacó su revólver. Yo vi cómo apuntaba a Néstor que le daba la espalda, frente al auditorio. —Se calló, pálida, ante el recuerdo…

—¿Disparó? —pregunté con ansiedad.

—Es contra él que dispararon, y más de la mitad de su ejército se pasó al nuestro. Pero no por ello Moscú abandonó su plan de aniquilamiento de Majno —prosiguió—. Cuando el país quedó limpio de generales contrarrevolucionarios, Trotski designó a Majno para que fuera a luchar contra Polonia. Eso era contrario a nuestro acuerdo militar que estipulaba que el ejército majnovista permanecería en el frente contra Denikin. Néstor comprendió que se trataba de una maquinación con miras a eliminarlo de Ucrania y a destruir el movimiento insurreccional; protestó contra la orden de Trotski y éste le proscribió una vez más. Moscú nos declaró la guerra y envió todo un ejército a nuestra región. Los comandantes rojos evitaban la guerra abierta contra nosotros, pero ejercitaban su artillería contra nuestros poblados, matando a miles de campesinos. Tuvimos que decidirnos a volver de nuevo a la guerra de guerrillas, como en tiempos de Skoropadski y del invasor alemán.

Quedé abrumado. No podía creer que Lenin y Trotski, que desde su juventud habían dedicado su vida a la causa del pueblo, pudieran ser capaces de traicionar la Revolución, que es de lo que les acusaba Galina. Y sin embargo los hechos eran ciertos, y existían los documentos que confirmaban todo lo que Leo y el Emigrante me habían contado.

—Galina —dije—, conozco personalmente a Lenin y a Trotski. Quizá se pueda hacer algo para arreglar las cosas y para inducirles a una mejor comprensión.

Me miró con escepticismo.

—Tu intención es buena, compañero Alexandre, pero ni hablar de ello. Es ya demasiado tarde.

—Me gustaría poder discutir de ello con Majno, pero ya sé que tal cosa es imposible.

—Quizá menos imposible de lo que tú crees —replicó Galina con ardor—; y es para eso que he venido. Néstor piensa poder verte.

—Pero nuestro trabajo es oficial, mis movimientos son vigilados.

—Si la montaña no puede ir al profeta… ¿comprendes? —dijo con una resplandeciente sonrisa.

El plan de Majno era muy sencillo —explicó ella—. Él sabía que cualquier tentativa de mi parte para estar con él tendría las más graves consecuencias e incluso me podría ser fatal. Así, pues, se proponía capturar el tren en el cual yo viajaría en mi próximo destino. Me haría «prisionero de guerra» y más tarde me daría un salvoconducto para el territorio bolchevique. Una maniobra así me dejaría limpio de toda sospecha de relaciones deliberadas con el «bandido proscrito». Era un plan muy atrevido, pero bastante había oído hablar de las proezas de Majno para dudar de su habilidad en realizar el proyecto con éxito.

—Con una condición —dije, que no se vierta una gota de sangre.

—De acuerdo —se apresuró a decir.

Esperé entonces con impaciencia una señal de Majno, pero iban pasando los días y nada. La ciudad se volvió apacible, con un aspecto menos militar; era evidente que los combates se desarrollaban más lejos. Poco tiempo después, salí de Kiev; mi trabajo, ahora me conducía a Odesa. El tren me transportó lejos de la región majnovista y yo me preguntaba qué es lo que había impedido a Majno «secuestrarme».

En la estación de un pueblo en nuestro camino, observé gente reunida alrededor de un gran cartel pegado en el muro. Los gritos y la excitación eran grandes, y oí a alguien exclamar: «Otro frente; ¡que Dios nos ampare!». Me acerqué precipitadamente. El cartel anunciaba con grandes caracteres que el general Wrangel había desencadenado una ofensiva contra los soviets. Avanzaba por el noroeste de Crimea y devastaba el país a su paso. Pero las palabras «bandido Majno» atrajeron mi mirada. Convertido en traidor, decía el cartel, Majno combatía al lado de Wrangel. Me quedé pasmado: ¿podía ser posible que Majno luchara realmente aliado de la contrarrevolución? Era increíble.

Rumores de pogromos perpetrados por Majno comenzaron a circular amplificándose. Nos encontrábamos en la zona del antiguo límite de residencia de los judíos y podía ver en todas partes los efectos terribles de las devastaciones y matanzas. Encontré a sobrevivientes de pogromos, víctimas de monstruosas torturas. Algunas localidades de mayoría judía, como Fastov, Belotserkov, Lisianka y otras habían sido objeto de pogromos por cada uno de los ejércitos que las había cruzado, incluidos Denikin, Petliura y los Verdes. Aquí y allá encontraba por azar judíos que afirmaban que su poblado había sido atacado por las bandas de Majno. Más tarde, en Odesa, me entrevisté con los representantes de diversas organizaciones judías sobre las investigaciones que habían realizado en lo referente a las exacciones antijudías así como con personas que habían reunido archivos sobre más de mil pogromos, y ninguno de ellos se había podido comprobar hubiesen sido obra de majnovistas.

Había judíos que habían sido hostigados por miembros aislados del ejército insurrecto majnovista, como también por grupos del Ejército Rojo. Sin embargo, Majno era tan implacable como los bolcheviques sobre este particular, y reprimía duramente tales persecuciones raciales y de odio. Su determinación al respecto era bien conocida en el sudeste de Ucrania y yo pude reunir gran número de proclamas contra las persecuciones antijudías. y lo que es más, yo sabía que muchos judíos trabajaban con él y que varios de sus amigos más íntimos, y hasta alguno de sus consejeros, eran judíos. Varias veces hice la curiosa experiencia de oír hablar a gente de un pogromo cometido por Majno, relatado con detalle, y dando una descripción minuciosa del aspecto del batko, y todo ello para saber después que Majno no había estado nunca a menos de 150 km del lugar referido. Estaba bien claro que los Verdes y otros merodeadores, que sabían el terror que inspiraba el nombre de Majno al enemigo, se presentaban como majnovistas cuando llegaban a un pueblo.

Mi destino siguiente fue el Cáucaso. Yo esperaba saber alguna cosa sobre las actividades reales de Majno, y quizá incluso entrar en contacto con su ejército.

Nuestra expedición estaba a punto de salir de Odesa cuando fuimos informados por las autoridades bolcheviques de que todas las carreteras hacia el Este estaban cortadas. Wrangel había derrotado a las fuerzas soviéticas en varias batallas, y avanzaba hacia Rostov del Don. Nos vimos obligados a modificar nuestro itinerario prosiguiendo nuestro camino hacia el Norte.

Al llegar a Moscú quedé sorprendido al encontrar la ciudad vestida de fiesta y la población regocijada. Las paredes estaban cubiertas de carteles que anunciaban la derrota total de Wrangel. Todavía fue más grande mi sorpresa cuando eché una ojeada a los diarios bolcheviques. ¡Estaban llenos de elogios a Majno! Lo llamaban la Némesis de los Blancos y relataban cómo su caballería perseguía en aquel momento, a través de la península de Crimea, lo que quedaba del ejército de Wrangel.

Algo más tarde, un día que me paseaba por una calle de la capital, atiborrada de gente, un hombre de barba negra y gafas ahumadas me llamó:

—¿En Moscú no me reconoces, eh? —dijo con un tono irónico que me recordó inmediatamente al Emigrante.

—¿Qué ha pasado? —pregunté desconcertado al darme cuenta de que andaba disfrazado.

—¿No te has enterado? —preguntó.

Nos retiramos a un lugar tranquilo. Mi amigo de Detroit, generalmente tranquilo y dueño de sí mismo, estaba visiblemente muy agitado.

—Acabo de escapar por un pelo a la muerte —dijo sin preámbulos—. Todo el Congreso ha sido detenido y varios de nuestros hombres ejecutados.

—¿Ejecutados? ¿Por qué? ¿Qué Congreso? —exclamé horrorizado.

—¿Pero no lo sabes? ¿Dónde diablos estabas? ¿Por qué no contestaste al mensaje de Majno?

Yo lo miraba, desconcertado.

—¡Oh! ¡Ya veo! —exclamó—. No te han transmitido el telegrama. No querían que tú formaras parte del comité de conciliación. ¡Qué maldita ralea!

Me enteré de que los bolcheviques habían pedido ayuda a Majno contra Wrangel y concertado un acuerdo político y militar con él. La caza de Majno y de sus hombres debía cesar, los miembros de su organización que estaban detenidos serían liberados, y se dejaría a la región majnovista su total autonomía. Majno me había enviado un telegrama, a través de Chicherin, ministro de Asuntos Exteriores (donde yo recibía mi correo, en la época), pidiéndome que desempeñara la función de representante en el comité de conciliación.

Al regresar Majno, después de la campaña contra Wrangel, se celebró un congreso anarquista en Jarkov, al cual acudieron delegados de todos los puntos de la región. En la primera sesión del congreso (el 26 de noviembre de 1920) todos los delegados fueron detenidos y algunos ejecutados.

—El mismo día, el cuartel general de Majno en Gulai-Polé fue atacado por la artillería de los rojos —prosiguió el Emigrante—. Varios regimientos de su caballería que volvían de Crimea fueron cercados a traición por el IV Ejército Rojo y aniquilados hasta el último hombre. Semion Karetnik, el comandante del cuerpo majnovista de Crimea, fue capturado a traición e inmediatamente ejecutado con varios miembros de su estado mayor.

—¿Y Majno?

—Herido en la batalla, debe estar muriéndose en este momento. Galina y algunos campesinos amigos se cuidan de él.

Su cabeza cayó sobre el pecho y sollozos reprimidos sacudieron sus hombros. Se recobró inmediatamente, irguió la cabeza, y me dijo:

—Esta noche salgo hacia Gulai-Polé. ¡A partir de ahora será una lucha a muerte!

Esta lucha fue bien real: raramente un genio militar fue sometido a más ruda prueba que lo fue Majno en aquel fatal año 1921. Con sólo 3.000 jinetes a su disposición, rodeado por un ejército de 150.000 hombres, su combate era evidentemente sin salida y, sin embargo, mantuvo ese combate desigual durante más de nueve meses, luchando día y noche. Pasó a través de las mallas de la muerte varias veces, libró batallas a derecha e izquierda, y continuó, invencible, en el empeño de llevar a su puñado de hombres a lugar seguro.

Pero, al quedar incapacitado por múltiples heridas, Majno decidió abandonar Ucrania.

El 28 de agosto de 1921, cruzó la frontera rumana. El gobierno leninista reclamó su extradición, sin disimular su intención de ejecutarlo. Rumania consideró que era un refugiado político y rechazó la demanda de Moscú. Después de numerosas peripecias, Majno consiguió llegar a Polonia, donde fue de nuevo detenido y encarcelado. Luego fue internado en Dantzig, de donde logró escapar en dirección de Alemania. Es en Berlín donde lo encontré en compañía de su fiel Galina.

—Es una entrevista bien diferente de la que yo había proyectado, compañero Alexandre —me dijo con una triste sonrisa—, pero la noche que yo había previsto estar contigo, fui llamado a 100 km de Kiev. Es una lástima, las cosas hubieran podido ser diferentes.

Su aspecto me conmovió. Los tormentos y pruebas debidos a su terrible combate, así como los sufrimientos físicos y morales que se sumaron, habían reducido al potente cabecilla de los insurrectos ucranianos al estado de una sombra. Su rostro y su cuerpo llevaban las huellas de heridas recibidas; su pie fracturado, lo convertía en un disminuido para toda la vida. Sin embargo, su espíritu estaba intacto y tenía siempre la intención de volver a su Ucrania natal para proseguir la lucha por la libertad y la justicia social. La vida en el exilio era insoportable para él; se sentía desarraigado y tenía nostalgia por su país bien amado.

—Alexandre, volvamos allí —me dijo varias veces—, nos necesitan.

Más tarde comprendió que el retorno era imposible. Una existencia gris y monótona, la miseria y las preocupaciones cotidianas, y sobre todo, el ardiente deseo de ayudar a sus hermanos ucranios, convirtieron su vida en una tortura constante. Se le veía desmejorar rápidamente y yo presentía que sus días estaban contados.

Quizá un día la historia narrará en su totalidad la epopeya del indomable rebelde que desempeñó un papel tan capital en la revolución rusa. De este hombre de una personalidad tan potente, que sintió un amor tan apasionado por la libertad, sólo queda un puñado de ceniza dentro de una urna en el cementerio parisiense del Pere-Lachaise; pero, hasta en la muerte, Néstor Majno permanece cerca de sus hermanos de espíritu, los hombres de la Comuna de París de 1871.

Publicado en Polémica, n.º 47-49, enero 1992

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De POLÉMICA, 19/02/2013