Sunday, July 23, 2017

Todo el resto es vida...

MAURIZIO BAGATIN

Amo la disolvencia de las cosas, las disolvencias de los oficios y la disolvencia del hombre.      Hay quien no ha tomado nunca un bus, un micro, un trufi… hay quien aún no se ha vuelto rico mientras se ha perdido un crepúsculo de Magritte, unas imágenes de Buñuel, unas palabras de Aragón; andando por calles desnutridas de humanidades, como unas caricaturas de Saúl Steinberg  encuentras vidas como la del carpintero que hizo pasar por muerto su padre para evadir una cuenta, la del payaso multifacético que se hace maniquí para escaparse al cobrador, del agrónomo que ofrece pendrive musicales: ciertas fragmentaciones encierran y lucen tanta poesía que el oficio hecho de tanta genialidad vale la profesión más respetable.                                        

Todo el resto es vida.

Esta muchedumbre que a horas casi establecidas se lanza como si supiera adónde va, adonde está yendo, siempre a cualquier hora: entra a una iglesia y sale del gimnasio, cruzando avenidas sin alumbrado como sombras de un último espectáculo, como muñecas de porcelana, como Pierrot desempolvados. Todo se mueve, el tiempo se acopla con el espacio, eternamente.

En las farmacias se vende Coca-Cola (light), aceite de oliva (virgen) y a su lado OFF Family contra los zancudos, un abogado ha ampliado su buffet, se hacen fotocopias, anillado, mockochinchi y bolos a 1 Bs., en la vitrina de la imprenta, tal vez es camba su titular, he leído que hay gelatina de pata, el gallo catalán del parqueo canta, son las seis de la tarde.

Todo se parece cada vez más, el planeta se acerca a las voluntades del hombre, a las esperanzas de los miserables, a los sueños de los lunáticos, a los fracasos de cualquier traspié: a más miseria más alegría en las calles. Así las soledades y las compañías.                                                   

Todo el resto es vida.

Arremato el paso de flaneur, cafés, tiendas, autos, más tiendas, más autos, el comercio, todos estamos obligados en vender algo: una idea o un par de zapatos, unas palabras y una tongada de mentiras… al fin es el vil metal el más grande personaje de la historia. En la esquina hay siempre un ciego, un limosnero, un artista, un pajpaku, toda poesía que el hombre siembra en el asfalto para la única gota de esplendor posible. Seguimos engañándonos.                                                 

Todo el resto es vida.
julio 2017

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Imagen: Saul Steinberg


Saturday, July 22, 2017

Sábat, el retratista de los argentinos

RAQUEL GARZÓN

Uno de los secretos mejor guardados de la 42ª Feria del Libro de Buenos Aires, que termina el lunes, fue la presentación de Rebelde ileso (Planeta), suerte de autobiografía pictórica de Hermenegildo Menchi Sábat, una de cuyas caricaturas, la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner, tildó de "mensaje cuasi mafioso" en 2008.

Sagaz editorialista político que sin palabras viene contándole las costillas al poder de turno desde hace más de cinco décadas, Sábat dibujó entonces el rostro de CFK de frente, con la boca tachada y el perfil de Néstor, su marido y exmandatario, creciéndole en la sien, aludiendo al doble comando de la política argentina de la época. La ira presidencial no le ahorró adjetivos, pero afianzó el bien ganado prestigio internacional que le valió, entre otros, el Premio María Moors Cabot, algo así como el Pulitzer para periodistas extranjeros, por sus dibujos durante la dictadura publicados en el diario Clarín, donde trabaja desde 1973.

Sábat lee la Argentina como otros los resultados de la Liga: en tiempo real. Sociología al lápiz, hay quienes, como el ensayista Christian Ferrer, compran el diario en papel --más allá de los titulares-- sólo para recortar cada día su versión de la Historia latiendo en presente. De allí salieron dibujos que ya forman parte de la educación sentimental de todos los argentinos: los cuatros dictadores llorando como viuditas enlutadas al dejar el poder; Carlos Menem aferrado al sillón presidencial aun antes de lograr la reforma constitucional que, en efecto, lo atornilló otro periodo; sus cientos de retratos de Borges (a quien dedicó un libro, Georgie dear) o, últimamente, el retrato del fiscal de la causa AMIA, Alberto Nisman, muerto violentamente  el 18 de enero de 2015, a quien Menchi siempre dibujó con un tiro en la frente, cuando las investigaciones judiciales se inclinaban hacia la hipótesis del suicidio.

Rebelde ileso, el libro presentado, remite sin embargo a un Sábat más privado: no el de los medios masivos sino el que construyó paralelamente una carrera de pintor, exponiendo y publicando casi una treintena de libros, que recrean y enriquecen el legado cultural del siglo XX, desde Al troesma con cariño (1971), sobre Carlos Gardel. "Como algunos nacemos asmáticos, tuertos o cansados, Hermenegildo Sábat nació para pintar. Casi, casi exclusivamente para eso", le dedica el escritor Juan Carlos Onetti en el comentario a una de sus muestras en su Uruguay natal, donde fue reconocido con el Premio Nacional de Pintura Pedro Figari.

En Rebelde... la selección de pinturas, mayoritariamente retratos, surca 50 años y ofrece algunos rostros archiconocidos y otros de personas imaginarias. Fotos de amigos y de encuentros, reseñas y entrevistas completan la antología con la que Sábat ha decidido contarse a sí mismo.

Autodidacta en cada disciplina que abrazó --de la pintura a la música, pasando por la fotografía y la poesía--, pertenece a una familia de artistas (Hermenegildo era el nombre de su abuelo, también dibujante). Nacido en Montevideo en 1933, es una leyenda viva del periodismo rioplatense. Trabajó en publicaciones que hicieron historia: El país de Montevideo, las revistas MarchaCrisis y Primera PlanaThe Buenos Aires Herald y La Opinión, entre otras. Y en distintas épocas de su vida compartió redacciones con grandes escritores como Juan Carlos Onetti, Eduardo Galeano, Mario Benedetti y Tomás Eloy Martínez.

"Inténtalo de nuevo, fracasa otra vez, fracasa mejor", la frase de Beckett que antepone el artista como epígrafe a todo el libro, es una clave de lectura, un leitmotiv que puede ayudar a entender su obra. Perfeccionista sin cansancio --"soy un juez inclemente de lo que hice"--, Sábat es sobre todo un modo de mirar, una manera de pararse ante la realidad, de medirla, de cuestionarla, de elegir un encuadre, de exigirle respuestas y de encarnar cierta personalísima perspectiva al llevarla al papel o a la tela.

Del jazz, sus músicos y cantantes, a los grandes maestros de la pintura (Monsieur Lautrec suma a sus dibujos los textos de Cortázar), de John Lennon y Yoko Ono al bandoneón de Piazzolla, Sábat ha pintado sus pasiones en blanco y negro y con colores. Tanto las caricaturas como la pintura de Sábat participan de una rara elocuencia, eso que Bachelard le requería a la gran poesía: la capacidad de convertirse en metafísica instantánea y capturar la intensidad de un momento, de una experiencia, de un rostro, para traducir su verdad más profunda.

Así, cuando Sábat pinta al poeta Juan Gelman y miramos su retrato, es Gelman el que nos mira, no puede ser otro, y casi lo escuchamos decir, apurando el primer cigarro: Esa mujer se parecía a la palabra nunca, / desde la nuca le subía un encanto particular/ una especie de olvido donde guardar los ojos, / esa mujer se me instalaba en el costado izquierdo.

Esta sintonía se verifica tanto en caras conocidas como en sus "retratos ajenos de seres posibles" (casi una venganza por la sobredosis de realidad a la que lo someten las caricaturas), en los cuales elige hacer ficción a partir de retazos y gestos que remiten a cualquier hijo de vecino, pero que son elocuentes al pintar, en la mirada turbia y el desgano de cualquier extraño, el desencanto de toda una era.    

“En mis libros --ha contado Sábat-- siempre hay un tema, y después del tema sucede lo mismo que con un cuadro: empiezo con una aproximación y, a medida que se va desarrollando la idea, llego al momento de las correcciones. En todas las cosas hay una gestación. No creo en lo repentino. Como decía Braque: ‘El cuadro está terminado cuando la idea desapareció".

Rebelde ileso termina casi en el principio: en la contraportada se reproduce la foto de su dni infantil, para que el lector pueda comprobar que ya a los 12 años el Maestro fruncía el entrecejo, al sacarle punta a los lápices.

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De CTXT (CONTEXTO Y ACCIÓN), 07/05/2016

Imagen: Detalle de la portada de Rebelde ileso


Carnavalada andina

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Después de meses de trabajo, llego al orillo de un artefacto narrativo que empecé hace años, al hilo de unos carnavales vividos en La Paz, y que con el tiempo se ha convertido en una agridulce carnavalada y en un sombrío esperpento andino, con la expatriación no siempre posible, la muerte y su culto como fondo.  Pepinos traviesos (y aviesos), Ch’utas burlescos y por qué no, Chinas Supay y diablos diversos, pecados y pocas virtudes, algo que puede no ser muy riguroso, pero a mí me conviene que aparezcan, que para eso es esperpento. Dentro de unos días aparecerá en La Paz mi crónica de patiperreo urbano Chuquiago. Deriva de La Paz, esto que ahora acabo es otra cosa, es una pesquisa biográfica inspirada en un personaje de Blaise Cendrars, en La mano cortada, el Monocolard, su camarada de la Legión extranjera en las trincheras de la guerra de 1914,  a quien el autor se dirige diciendo: «Dime Monocolard, quién eres, iría al infierno por saberlo».

En Luis Buñuel, novela, escribía Max Aub que el cineasta  hubiese querido dejar a su espalda un retrato dibujado a su gusto, pero que no lo logró porque «No permanece uno como lo que es –como lo que fue, sino como lo ven  –como le vieron– los demás» y peor aun cuando con nuestra inestimable ayuda nos convierten en personajes imaginarios y juzgados como si fuéramos reales. De ahí la galería de espejos deformantes y mi cortejo carnavalesco…  con un final de yaraví, la música del ensimismamiento y el tristeo.

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De VIVIRDEBUENAGANA (blog del autor), 22/07/2017

Friday, July 21, 2017

La nueva vida de los guerrilleros de las FARC

ISABELLA BERNAL

Una luna llena y amarilla apareció sobre el horizonte a las 6 de la tarde. Las sabanas del Yarí le daban la bienvenida al grupo de periodistas que cubrirían durante 10 días el encuentro más importante de la historia de las FARC.  Ese cielo de arreboles se repetiría todas las tardes en esas llanuras ubicadas al sur de la Sierra de la Macarena. Un territorio plano y selvático que divide los departamentos del Meta, Caquetá y Guaviare.  Tres campamentos guerrilleros se escondían entre los bosques. Dos de ellos los compartían los periodistas con las tropas guerrilleras de base  y en el otro, se daban las discusiones diarias, en un rancho sin paredes, entre los más de 100 guerrilleros convocados de todas las zonas del país, para definir lo que será su paso a la vida política.

El despertar era progresivo, como lo es para los guerrilleros en la selva. Es un despertar colectivo. Sin despertador. La vida sin paredes hace que hasta el silencio de la mañana, esos primeros momentos antes de ponerse de pie, sean compartidos. De pronto alguien enciende la radio, alguien bosteza, alguien orina. Y esos se convierten en los primeros gestos del amanecer. De pronto alguien aparece ofreciendo tinto dulce en vajillas de campaña, recién hecho en una fogata de leña en la rancha, la cocina de los campamentos. Un despertar acompasado que nos iba llevando a todos, periodistas –más de ochocientos- y guerrilleros de base, hasta la piscina natural de corrientes templadas que nacen del río Tunia. Ese baño compartido, donde se conversa y se comparte hasta el jabón  Rey con  que se friega la ropa es tal vez de las cosas que más preocupa a esos 8 mil guerrilleros que tendrán que aprender a vivir una vida individual, sin saber dónde van a vivir.

Esos hombres y mujeres que están acostumbrados a bañarse, comer y dormir juntos ahora van a tener que aprender a saber cuánto vale un kilo de arroz, un mes de luz eléctrica o de agua potable. Acostumbrados a que el Comandante de su frente les solucione las necesidades de la vida cotidiana porque muchos de ellos pasaron de la infancia a la vida adulta, crecieron en la guerrilla a la que entraron en sus veredas y en donde armaron colectivos familiares para enfrentar el día a día, la adversidad, la guerra. Todo aquello ha quedado atrás.

En el Yarí se respiraba un aire pacífico. Los guerrilleros desarmados solo querían socializar, conversar con los periodistas, tomar cerveza en lata. Contar historias. Contar quienes fueron y quienes quieren ser, ahora que pueden. El discurso guerrerista ha quedado vetado entre los guerrilleros, ellos eran los anfitriones y querían hacer su mejor papel. Pero la poca experiencia y una vida entera hablando bajito dejó la impresión de que todo era secretismo. Milena la jefe de prensa nos llamaba colegas para tratar de crear familiaridad con un grupo de 300 periodistas que notamos su inexperiencia y terminamos tomando vías alternas para poder hacer nuestro trabajo.  Así se rompió el hermetismo. Victoria Sandino, Jesús Santrich, Romaña, Iván Márquez, y todos los miembros del Secretariado estuvieron abiertos a  las entrevistas aunque sólo pudieran transmitir los canales de televisión que se enfocaron en la música alrededor de la cual se reunía guerrilleros y periodistas a socializar al final del día.

No hubo corridos ni rancheras sino el ritmo del maestro del llano Aries Vigoth, el grupo de reggae bogotano Alerta Kamarada y una fusión de salsa electrónica que se presentó, eso sí, una tarima con un juego de luces igual al de cualquier superconcierto en el Parque Simón Bolívar, sin armonía con el paisaje sabanero de los Llanos del Yari y el origen de una guerrilla con raíces campesinas. Los conciertos concluían a las 9 de la noche Con la presentación de un documental sobre el encuentro de los guerrilleros con sus familiares, o un homenaje a Jacobo Arenas o a Manuel Marulanda, los referentes históricos de las FARC.

Una tarde con el cielo dividido, el atardecer anaranjado de un lado y los nubarrones oscuros que amenazaba con desprenderse, del otro, despidió la vida guerrillera con gritos de ¡Que viva la paz! ¡Que Viva Colombia!

Al otro día, comandantes negociadores, guerrilleros de distintos bloques llegaban a Cartagena para ser testigos de la firma del Acuerdo de paz entre el Presidente Santos y Rodrigo Londoño, en representación de las FARC. Regresó a su nombre, como todos ellos, al de la cédula de ciudadanía. La mayoría de ellos veían por primera vez el Mar Caribe y ninguno conocía las murallas ni la ciudad colonial. Desde este día 26 de septiembre, todo será nuevo para ellos. Llegaron vestidos de blanco y Romaña y Tania y Boris y Walter se confundieron como unos colombianos más entre los asistentes a la firma, ciudadanos que reemplazarán las armas por las ideas en un mundo, con el temor y la incertidumbre que acompaña todo lo nuevo en la vida de los seres humanos, que se anunció en el Yari.

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De LAS 2 ORILLAS, 26/09/2016


Thursday, July 20, 2017

Sacrificios humanos para la Santa Muerte

JAVIER QUINTERO

En Nacozari de García, un municipio de quince mil habitantes donde casi todos se dedican a la minería, es evidente la religiosidad. Entre las montañas de Sonora, en el noroeste de México, los pobladores dedican ofrendas a sus santos con la esperanza de recibir favores a cambio.

Esas muestras de fe están esparcidas por todas partes, incluso en los inmundos separos de la comandancia municipal, donde un joven delincuente de 23 años pasó dos semanas encerrado, con la única compañía de un lápiz, y para no pensar en la lentitud de las horas comenzó a hacer trazos en las paredes. Más tarde, como un buen artista, realzó esas formas con sombreados casi perfectos.

Los dibujos eran símbolos religiosos. Con sus dones de artista plástico, el delincuente había revelado en tonos grises una espectacular imagen de San Judas Tadeo y a su lado un ángel triste con las alas caídas; también dibujó una Virgen de Guadalupe con la misma silueta de siempre y su gesto apacible.

Para sorpresa de los policías que cuidaban las celdas, una mañana vieron que en una parte de la pared, convertida en mural, se erigía la imponente imagen de la Santa Muerte, un esqueleto de aspecto tenebroso vestido con una túnica oscura y portador de una afilada hoz. Sobre su calavera, el artista escribió “La Niña” con una preciosa caligrafía y pidió que los próximos delincuentes que ingresaran a la misma celda la llamaran así con mucho respeto.

La adoración a la Santa Muerte es cada vez más arraigada en los estados del sur y el centro de México y los creyentes afirman que les concede favores a cambio de simples ofrendas, principalmente de dinero y altares con velas; sin embargo, la fe en ella, aunque es rechazada por la Iglesia católica, se ha extendido hacia otras partes del país, como en este municipio serrano llamado Nacozari de García.

En la carretera, a veces tétrica por sus barrancos profundos, hay cruces que recuerdan la muerte de automovilistas que cayeron al fondo, pero también hay pequeños altares con veladoras e imágenes dedicadas a la Santa Muerte, en un pacto para la protección de los parientes que siguen vivos.

El pueblo está entregado a sus asuntos espirituales. En la iglesia Sagrado Corazón de Jesús, el cura, que es español, oficia misa todos los días y atiende servicios privados cuando lo solicitan. En las casas católicas las señoras rezan, pero en otras partes, entre el monte, hay personas que le dedican ofrendas de sangre a la Santa Muerte.

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El 6 de marzo de 2012, el herrero Martín Barrón López presintió que algo malo estaba pasando en el pueblo, tras la desaparición de dos niños con los que él había tenido contacto.

El primero, de diez años, vivía a tres casas de la suya en el barrio El Asilo y se llamaba Martín Ríos Chaparro. Él desapareció en julio de 2010 y nadie lo volvió a ver. El segundo niño, llamado Octavio Martínez Yáñez, también de diez años, había ido a su casa en algunas ocasiones hasta que desapareció en los primeros días de marzo de 2012. Tampoco lo volvieron a ver.

Su lazo con estas dos desapariciones comenzó a formarse tres años atrás, cuando llevó a vivir a su casa a una joven y sucia mujer que vivía en condiciones infrahumanas en Milpas Justiniano, afuera del pueblo, en medio de la nada. Cuando la conoció, estaba embarazada, pero parece que eso no le importó al herrero, pues después le enseñaría a bañarse, a usar la lavadora, a mantenerse limpia y a cuidar juntos al bebé que venía en camino.

Ella es Georgina Barrón Meraz, que ahora tiene 20 años y era tía de Octavio, el segundo niño desaparecido. Es hija de Silvia Meraz Moreno, una mujer de aspecto descuidado que le rendía un ferviente culto a la Santa Muerte en su casa e involucraba a toda su familia en los rituales.

En su relación diaria, el herrero Martín Barrón López notaba algo extraño en la familia de su concubina. Fue un par de veces a Milpas Justiniano a recogerla y de reojo veía en el interior de la casa dos cuadros con la imagen de la Santa Muerte, alumbrados con veladoras. “Las dos veces que fui no me gustó a mí nada”, diría después.

A su casa, en la colonia El Asilo, llegaban sin avisar los familiares de Georgina a visitarla. Martín evitaba tener relación con ellos, mucho menos con Silvia Meraz Moreno y su concubino, Eduardo Sánchez Urieta, un veracruzano conocido en el pueblo como “El Chilindrino”, muy raro, siempre ensimismado. Cuando iban, a veces llevaban al niño Octavio.

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Aunque no le consta, el comandante de la Policía Municipal de Nacozari de García, José Miguel Espinoza Osuna, cree que Silvia Meraz Moreno tomó un cuadro de la Santa Muerte que adornaba una pequeña capilla a un costado de la carretera, en memoria de algún accidentado. La precariedad en la que vivían ella y su familia seguramente no le permitía comprar una imagen, así que fue a robarla a esa parte de la sierra.

En su casa le encendía veladoras a la imagen y pensaba en que la Santa Muerte la ayudaría a encontrar dinero. Silvia, de 44 años, le pedía favores y aseguraba que hablaba con ella y que le exigía sangre nueva, producto de un sacrificio humano, a cambio de protección para su familia.

En diciembre de 2009, Silvia ideó una estrategia para quedar bien con la Santa Muerte y cumplir sus exigencias. Su compañera de parrandas en las cantinas locales, Cleotilde Pacheco, de 55 años, sería la primera víctima. La llevó a su casa en Milpas Justiniano, le dijo que se sentara y que recogiera veinte pesos que estaban tirados en el suelo. Cuando la diminuta Cleotilde se agachó, Silvia le dio tres hachazos en la nuca y acabó con su existencia, sin miramientos ni sentimientos de culpa. Ni siquiera pensaba que extrañaría a su amiga porque recibiría a cambio todo el apoyo de la Santa Muerte y eso le llenaría el alma y la colmaría de felicidad.

Ese fue el primer sacrificio para la Santa Muerte, pero ahora Silvia debía deshacerse del cuerpo de Cleotilde.

“Era una señora muy delgadita, muy chiquita”, recuerda Jorge Castillo, un señor que trabaja para el Ayuntamiento y que años atrás le llevaba bolsas llenas de comida a la pobre Cleotilde.

El papá de Silvia, Cipriano Meraz Aguayo, entonces de 80 años, cavó una fosa en la parte baja de una loma para echar el cuerpo de Cleotilde. Georgina, la hija de Silvia y concubina del herrero, ayudó a acomodarla y enterrarla. La familia de Silvia presenció el acto sangriento y calló por conveniencia. Ahora solo debían esperar a que la Santa Muerte cumpliera su promesa de prosperidad y bienestar.
Mientras tanto, en el pueblo inició la búsqueda de Cleotilde. Fueron colocados cartelones con su fotografía en los lugares que frecuentaba, pero al cabo de un tiempo muy breve el pueblo desistió. Algunos creyeron que se había ido lejos con otro hombre y había abandonado a su esposo, un viejo que todavía recorre las calles con una bolsa sobre su espalda, recogiendo latas de aluminio para vender.

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Pasó el tiempo y todos se olvidaron de la frágil Cleotilde, pero en julio de 2010 el pueblo entero comenzó a preocuparse de nuevo cuando fue notoria la ausencia del niño Martín Ríos Chaparro, un feliz estudiante de cuarto grado.

Estaba desaparecido. El herrero Martín Barrón López veía en las calles los cartelones con la imagen del niño, su vecino, y también se preocupaba.

Apenas el 29 de marzo de 2012, dieron con su paradero. Hallaron sus huesos entre el monte, cerca de un río que ahora está seco. El niño fue llevado ahí por Silvia y su concubino, el veracruzano, a una casucha fabricada con cartón y cobijas viejas, donde hay perros feroces como guardianes. Lo obligaron a beber alcohol hasta que su cuerpecito de diez años no soportó más el efecto y cayó al suelo. La hija menor de Silvia, llamada Yahaira, entonces de 13 años, lo degolló y le dio treinta puñaladas, obligada por su madre, convertida en una temible lideresa. La familia de Silvia participó en el sacrificio y ofreció su sangre a la Santa Muerte, luego arrojó el cuerpo al monte y los animales carroñeros se encargaron del resto.

“Con la crecida del río el cuerpo fue arrastrado y es hora de que no encuentran su cabecita”, relata el empleado municipal Jorge Castillo. Era un segundo sacrificio humano para la Santa Muerte y Silvia no veía ningún beneficio todavía.

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En marzo de 2012 el pueblo prácticamente volvió a sumirse bajo una ola de terror, al enterarse de la desaparición y posterior muerte del niño Octavio Martínez Yáñez.

Su abuelastro, el concubino de Silvia, lo llevó a una casucha en un paraje de la localidad conocida como Las Torres, donde se alzan imponentes las torres de conducción de electricidad, pero que paradójicamente no suministran luz a ese sector pobre de Nacozari de García. Llegar allí es complicado por cualquier medio y la vista solo alcanza los cerros resecos.

Silvia y sus hijos estaban en un cuarto, también fabricado con madera y cobijas, cuando el veracruzano emborrachó al niño. La misma táctica que la vez anterior. El pequeño Octavio cayó sobre un mugroso colchón, completamente sedado por el alcohol, y nunca sintió nada. Le dieron varios machetazos. Su sangre fue una ofrenda para la Santa Muerte, cuya imagen pendía de un madero, con las órbitas oculares dirigidas hacia el lugar del sacrificio. Octavio permaneció inerte varios minutos hasta que salió la última gota de sangre tibia de su cuerpo.

El veracruzano cavó una fosa a un costado de la casa y echó el cuerpecito sin vida. Luego lo enterró y puso una capa de cemento encima para evitar los malos olores de la descomposición. Así pasaban los días. La familia de Silvia convivía con la improvisada tumba y los niños la pisaban cuando salían del cuarto a jugar.

Al contrario del niño Martín Ríos Chaparro y de Cleotilde, nadie en el pueblo buscaba a Octavio; sin embargo, los malos presentimientos del herrero Martín Barrón López sirvieron de base para que se iniciara una investigación policiaca.

Una vez, mientras veía Discovery Channel, le llamó la atención un reportaje sobre sacrificios humanos que hacían en otras partes del mundo.

“Miré que por allá, en otro país, pasó un caso parecido y que allí mismo los echaban a un pozo. Fue un presentimiento ver cómo es que también ellos viven en la pobreza y consumen drogas y yo quería ir para que investigaran por qué se estaban perdiendo los niños. Yo tenía miedo de que me involucraran a mí porque vivía con Georgina”, asegura Martín.

Él afirma que no interpuso ninguna denuncia, pero que sí le contó a alguien sobre los presentimientos de que quizá la familia de su concubina estuviera involucrada en algo terrible. Así fue que llegaron policías investigadores a Nacozari de García, a entrevistar a los familiares de Silvia Meraz Moreno, a Georgina, al veracruzano, a los otros hijos de la matriarca.

Todos cayeron en contradicciones y comenzaron a culparse unos a otros de la autoría material de los asesinatos. Señalaron a Silvia como la líder. Los investigadores descubrieron las mentiras y complicidades en esa familia, unas para protegerse a sí mismos y otras para señalar culpables. Había ocho involucrados. Silvia era la cabeza.

Sin más que perder, finalmente revelaron los sitios donde estaban los tres cadáveres: el de Cleotilde debajo de la loma, el de Martín en el río y el de Octavio en el patio de Las Torres.
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La gente del pueblo, al enterarse de los tres sacrificios humanos, pasó del terror a la psicosis. En la escuela secundaria los estudiantes inventaban la presencia de una mujer de negro que se aparecía ante ellos y les arrebataba los teléfonos celulares o los asustaba en los pasillos. La describían como a la Santa Muerte.

Los maestros tuvieron que intervenir y explicarles que todo era producto de su imaginación, que no había nada malo en el pueblo y que esa serie de asesinatos era un hecho aislado.

El empresario local y padre de cuatro hijos, Víctor González, califica al pueblo como tranquilo. “Eso no prevalece en Nacozari. Fue un hecho insólito porque no se practica aquí la adoración a la Santa Muerte ni los sacrificios humanos como ofrenda. Nacozari es un pueblo tranquilo, de gente trabajadora y honesta”, asegura.

Y eso parece. Nacozari, a las cuatro de la tarde, cuando los mineros han salido de trabajar, recobra su vida en las calles empedradas, con negocios abiertos y una plaza central a la que llegan los más viejos a despedir al sol.

En el pueblo están asustados, pero quizá ese sentimiento pase pronto porque la mayoría de la gente estará refugiada en su religiosidad y habrá oraciones para el descanso de las tres víctimas durante la misa que seguramente habrá hoy o mañana o después.

Además, ni Silvia Meraz ni sus familiares están ya en el pueblo porque fueron trasladados a la cárcel en la capital de Sonora, quizá decepcionados porque hasta ese momento la Santa Muerte no les cumplió lo que le pidieron con tanta vehemencia.

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De PERIODISMO NARRATIVO EN LATINOAMÉRICA, 31/08/2012

WHY ARE WE SO UNWILLING TO TAKE SYLVIA PLATH AT HER WORD?

EMILY VAN DUYNE

Back in April, the Guardian dropped an apparent literary bombshell—new letters had been discovered from the poet Sylvia Plath, alleging horrific physical abuse at the hands of her husband, the British poet Ted Hughes. The letters had gone unread by any major Plath scholar through one of those black holes so common, and frustrating, to those of us who love her work.

Examples of these holes are chronicled in various biographies and critical works on Plath: Diane Middlebrook’s Her Husband, the forward to Judith Kroll’s Chapters In A Mythology. Even, from time to time, by Hughes himself, who casually claims to have burned Plath’s journals from the last two years of her life, in his forward to the 1982 Journals of Sylvia Plath. Materials from so-called “controversial” periods of Plath’s short life (she was barely 30 when she committed suicide in 1963), including her first suicide attempt and subsequent hospitalization in 1953, and the two years preceding her death have always been hard to come by, as Danuta Kean notes in her Guardian piece.

In the hunt for a deeper understanding of Sylvia Plath, things are always going missing.

The night the Guardian piece ran, I was grading end-of-term essays in bed when my phone began to go off a bit madly. Ping! It sang. Ping! Ping! Ping! The last time this happened in such rapid succession from multiple media sources (texts, email, Facebook), it was 6 am, and David Bowie, my other obsession, was dead from cancer.

Now, though, the news was Sylvia Plath’s new letters, via the aforementioned article: in minutes, four friends posted it to my Facebook timeline and tagged me, and three people sent the link via DM and text. Rather than blanch with shock, I read and reread, and felt sad and slightly numb. Then, a bit enraged.

To anyone as familiar as I am with Plath’s life and work, the fact that Ted Hughes was likely abusive—emotionally and physically—is not news. In fact, the only way we can discount the certainty of that abuse is if we choose to disbelieve Plath at her repeated word in her journals, reports to friends and family, and now, it seems, letters to Dr. Ruth Barnhouse, Plath’s therapist-turned-confidante. Paul Alexander’s Rough Magic contains a dramatic account of Hughes attempting to strangle Plath on their honeymoon in Benidorm, Spain—a grim tale supposedly told to the author by Aurelia Schober Plath, Sylvia’s mother, who allowed herself to be interviewed for the book. Plath’s Unabridged Journals, published in America in fall 2000, and edited by Karen V. Kukil, who curates the Mortimer Rare Book Room at Plath’s alma mater, Smith College, are peppered with references to her violent relationship with Hughes.

I was 20 when I got my hands on the newly published Unabridged Journals—a rep for Random House snuck me a free copy in my mailbox at Brookline Booksmith, the hip independent bookstore where I worked part-time while I studied literature and creative writing at Emerson College, downtown. I felt like I’d been given a bacon cheeseburger after a Lenten fast: 1982’s abridged journals were one-third the size of this chunky tome, with its chrome-tinted photograph of Plath at her Smith College graduation, smiling, looking off-camera, being handed a white carnation by a disembodied, feminine hand. Plath, the Real Plath, always elusive, was in here, I felt. So familiar was I with the abridged edition that I immediately knew where to look, based on the dates, to discover sections that had been mercilessly cut in the previous editionto the point that many passages had made no sense at all. Why, for instance, did Plath meet Hughes one night at a party, bite him on the cheek when he kissed her, flee to Paris to see another boyfriend with barely a mention of Hughes’s name, and then marry him with no further commentary three months later? What had happened in between?

I thought of those moments so many years ago as I scanned The Guardian’s bombshell article for its explosives. “Tantalising,” said Peter K. Steinberg, co-editor of Faber & Faber’s forthcoming edition of Plath’s collected letters, of the unseen material. Indeed.

The trope of literary scholarship as a holy quest with a grail at its long delayed ending is not a new one: at 20, I flipped to the previously hacked out sections of Plath’s work and found what I was looking for—what I knew, of course, would be there: Arrived in Paris early Saturday evening exhausted from sleepless holocaust night with Ted in London . . . I took myself in leash and washed my battered face, smeared with a purple bruise from Ted and my neck raw and wounded, too. Barely a year later, as the newly married couple was teaching in Massachusetts, Plath caught Hughes with another woman, a co-ed; this erupted in a spectacular fight, which left Plath with a sprained thumb and Hughes with “bloody claw marks.” Again and again, some similar fight; again and again, she forgave him, sometimes turning the blame on herself.

Eventually, in 1962, she threw him out. In less than a year, she was dead by her own hand.

I scoured and devoured the Unabridged Journals, searching for . . . something. What? Some skeleton key, some final clue. I had fallen down the same worthless rabbit hole so many Plath scholars drop through, never to return: I was looking for the why of her death, rather than engaging with the how of her life and work. I was committing a stupid, fallacious sin that would lead me to many maudlin nights, wondering if I would succumb to the same fate, picturing the dead woman’s body, the crying, hungry children, the gas. But this, too, was no accident; it was the expected response in a culture obsessed with the poetry of the dead woman while refusing to take her at her word.

Plath’s reputation as arguably the most famous poet in America and England was born posthumously, and partly constructed by Hughes, and a host of top-notch literary critics, many of them—most—his cronies: A. Alvarez, Robert Lowell, George Steiner. These were men who could make or break a new poet or novelist with one review in a London paper. But alongside their universal awe at Plath’s Ariel came another universal sentiment: that she was crazy, and that Hughes had been her long-suffering husband. When Plath’s journals, with their claims of abuse, began to be published, many of these same critics pointed out these claims as not only false but also proof that Plath was paranoid, crazy.

But Hughes had been having affairs throughout their marriage; it was just that no one would acknowledge it while he lived, and even, it seems, for some time after his death from cancer in 1998. Alvarez himself said Hughes was “constitutionally incapable of being faithful in a marriage.” New letters prove he was carrying on not one, but three known affairs at the time of Plath’s death.

In this way, we end up with another now well-tested literary trope: Plath the crazy girl, and the crazy girls who love her, all of whom are seen as young, starry-eyed fools in need of scolding. What are you thinking, you wacky broads? Don’t you know you can get in all sorts of trouble, loving someone like that?

On Gilmore Girls, a show that chronicles the literary life of a single mother and her brainiac daughter, Plath is a frequent topic of conversation. Rory, the daughter, is even seen reading the journals on an early episode. When it comes time for Rory to write her entrance essay to Harvard, she mentions Plath as a possible topic and is dissuaded from it by her mother, Lorelai—Might send the wrong message.

The sticking her head in the oven thing? Rory says, looking disappointed.

Yeah. Although she did make her kids a snack first. Shows a certain maternal instinct.

Rory ends up going with Hillary Clinton instead. Speaking of, this past November, I was nursing my wounds over the election by spending a weekend at Smith College, researching a book on Plath. At dinner one night, when the woman next to me at the bar asked why I was visiting, she shuddered, then smiled sadly, at the mention of Plath’s name. I used to love her work so much, she said, shrugging. But I outgrew it.

In this way, Plath is both deified and dismissed. We are talked out of her.

Over and over at Emerson, I started and abandoned long papers on the complex, problematic nature of Hughes’s editing of Plath’s papers, the ways her version of events was dismissed as crazy by his powerful friends. Over and over, I was told it was a fool’s errand, that Hughes was, to use the words of a certain male professor, “a saint” who had “put up” with Plath, that I should “ask anyone” if I doubted his word. This wasn’t a hypothetical suggestion—as a student at Emerson, many of Plath’s and Hughes’s friends and colleagues were teaching up the road.

Indeed, that same year, I stumbled into a reading by Peter Davison, Plath’s former lover and then poetry editor for the Atlantic. During the Q&A, a student asked how he’d started writing poetry and he replied, in a sing-song voice, We-ell, when I was a young man I dated a young woman called Sylvia Pla-ath . . . He went on to detail his relationship with her. After, I approached him, and said I was looking to do a comparative study of the journals for my senior thesis, and could I, perhaps, email him with a few questions?

Oh no-oo-oo, he replied, stepping back and shaking his head. I wouldn’t want to do that, I wouldn’t want to talk about her . . .

Of course he wouldn’t.

I don’t write this to argue that there is some kind of conspiracy or cover-up of Hughes’s behavior, or even that there is a single thread of golden truth about their marriage that these new letters, or any new document (oh, for those torched last journals!) will suddenly, gloriously reveal, allowing us closure on Plath’s biography. Instead, I want to point out the cultural bias against women’s voices and the domestic truths of women’s lives and the deep role this has played in painting Plath as both a pathetic victim and a Cassandra-like, genius freak. It is only in a culture where these two things be claimed simultaneously that Hughes, a known philanderer and violent partner, can spend forty years botching the editing of, or outright destroying, his estranged, now dead wife’s work, then win every conceivable literary prize and be knighted by the Queen. It is only in this culture that Plath can tell of his abuse, in print, for the better part of the same 40 years, only to have the same reports in a handful of letters recognized as “shocking.” And it is only in this culture that unseen letters detailing abuses as dreadful as a miscarriage induced by beating, and the expressed desire that one’s wife was dead, be described, without irony, as “tantalising.”

In the 1944 film Gaslight, for which a common abusive tactic is now named, the protagonist, Paula, is driven mad by her husband, Gregory. He moves a painting from the wall, and when she asks where it’s gone, he tells her that she moved it. He has the gaslights dimmed and brightened, and convinces her it isn’t happening—that it’s all in her head. In this way, he makes her doubt her own reality, her own eyes.

Ted Hughes gaslit Plath for the seven years that they were married, and when she died? The bulk of the American and British literary establishment picked up where he left off.


But the lights look dim, I know it, generations of Plath fans have said for half a century.

Darling, I haven’t the faintest idea what you mean.

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De LITERARY HUB, 11/07/2017 

Wednesday, July 19, 2017

Laguna

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES

A mitad del predio que colinda con la población, el exceso de lluvias formó una espontánea laguna que se desplegó hasta los bordes de ambos lados de la cuenca. Junto a nosotros quedaron los sembrados de hortalizas, parras, senderos y árboles. Al frente, la base de los cerros que separan la ciudad del interior. Al medio del agua, una isla muy pareja que semejaba el lomo de un perro sumergido. No tardé en darle un sentido de pertenencia a este regalo inesperado e invernal. Por las tardes, después del trabajo, adopté el hábito de sentarme sobre una piedra para degustar una cena improvisada, unas copitas de vino blanco, restos de tabaco y algún libro ligero, mientras el pequeño oleaje se deshacía a centímetros de mis zapatones. Con el paso de los días, se sumaron unos niños que, al principio, sólo miraban con curiosidad y después bromeaban lanzando mi sombrero hacia la corriente, pero desviándolo hacia unas ramas. Recuerdo a las tres dueñas de casa que cambiaron los tragamonedas por el desafío de quién hacía rebotar más veces una piedra sobre el agua. Más tarde, un padre de familia endeudado que le sentaba bien el aire puro. Varios ancianos dados de baja por los suyos, buscando compañía sin importarles el frío y la garúa. Vecinos de otras cuadras incrédulos de esta nueva “obra” que no necesitó gestión alguna del alcalde en ejercicio. El grupo lo cerraban tres perros y una pareja de gatos moviéndose a sus anchas por los arbustos intentando darle caza a las ranas y conejos. Pasadas las horas, veíamos en conjunto descender al sol por el borde del cerro hasta desaparecer completamente. En la penumbra, alguien comentaba que, en otros tiempos, cuando el río era navegable, el agua seguía mucho más allá de donde estábamos ubicados nosotros. La laguna - complementaba otro- no correspondía a un fenómeno sobrenatural, sino sólo a la recuperación del curso históricos de las aguas. Yo recordé como en mi infancia era común encontrar, alejándose apenas de cualquier ciudad, pequeños arroyos, cascadas ondulantes, cursos de ríos espontáneos, acequias flanqueadas por muros de manzanilla, sin ninguna cerca, alambrada o sequía que impidiera aproximarse. Ya nada queda de esos paseos. Tampoco de la laguna espontánea de la esquina de mi casa. Cuando me cuezo vivo por el centro de la ciudad, evoco con nostalgia ese tiempo. Si no fuera por los testigos, creería que todo fue inventado por la soledad.

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De PLUMAS HISPANOAMERICANAS, 16/02/2017


Imagen: Charles Pachter, 1998