Sunday, August 20, 2017

El Chaco de Roberto Leitón

FREDDY ZÁRATE

El escritor granadino José Ortega, especialista en literatura boliviana, afirmó: "Literariamente, la Guerra del Chaco dio lugar a la generación del Chaco, es decir, un grupo de escritores a quienes la traumática experiencia de este conflicto llevó a la introspección y análisis de las motivaciones y consecuencias que la guerra tuvo en la sociedad boliviana”. 

Matizando la idea de Ortega, se puede advertir que el conflicto del Chaco (1932-1935) promovió distintas visiones. Por un lado, el Ejército boliviano se empeñó en divulgar ante la opinión pública un patriotismo excesivo, abnegado y sacrificado. Para este cometido, el Estado Mayor General creó el Departamento de Censura, que cumplía la función de revisar minuciosamente todos los manuscritos antes de su publicación. A pesar de este hostigamiento, surgieron voces críticas que cuestionaron los desaciertos militares, las rencillas políticas y los prejuicios racistas en los campos de batalla. 

Uno de los géneros literarios que cultivó la Guerra del Chaco fue la novela. Se puede mencionar a Jesús Lara, Claudio Cortez A., Augusto Guzmán, Augusto Céspedes, Porfirio Díaz Machicao, Luis Landa Lyon, entre otros.

Un profesor normalista

Un protagonista de esta generación literaria del Chaco es el profesor normalista Roberto Leitón (1903-1999), quien acudió a la guerra a la edad de 29 años. 

El pedagogo reunió varias notas a partir del momento en que fue enrolado en el Ejército hasta que cayó herido a finales de 1933. Terminada la contienda, el manuscrito pasó 13 años entre "polvo y olvido”, indica Leitón. Fue el escritor potosino Armando Alba quien le sugirió publicar sus impresiones de la guerra en forma de novela. Al poco tiempo, Roberto Leitón publicó La punta de los 4 degollados (Editorial Universidad Tomás Frías, Potosí, 1946).

Este título está inspirado en un hecho trágico ocurrido al Regimiento 38: "Al pasar por el lugar, los soldados recordaban ese hecho macabro, mezclado entre fantasía y temeridad… Todavía veían restos de nidos de ametralladoras y llenos de agua colorada. Camisas rotas, dispersas y manchadas de sangre... Nadie pudo detener la canallada por esa acción bochornosa del degüello”. 

El relato inicia describiendo el ánimo optimista de varios soldados antes de embarcarse a los trenes del Ejército: "Tropa novicia. Almas sanas y puras sin odio contra los que encendieron la hoguera de la beligerancia (…). El espíritu bullanguero de los muchachos fluye sin ninguna resistencia. Es una tempestad de risa clara y cristalina”. 

A medida que la tropa se fue adentrando en la región del Chaco se produjo una mutación existencial: "Disminuye el incentivo de vivir. La selva aplana hasta los corazones llenos de optimismo. Hay una sensación de algo raro e insubstancial. Las miradas turbias de los soldados escudriñan con cautela la enigmática y demoníaca existencia de la selva”. 

Depresión geográfica

Reiteradas veces Roberto Leitón se inclinó en resaltar la nociva geografía del Chaco. La lucha no sólo fue contra el Ejército guaraní, sino contra la naturaleza hostil que se defendía: "Nubes, polvo, selva, calor, insectos y frío”.

Estos aspectos geográficos no fueron previstos por la cúpula militar. El verdadero trasfondo de lucha entre los "pilas” y los "bolis” -según Leitón- fue la inhóspita tierra que aceleró el ritmo de putrefacción moral y material de los combatientes: "Su espíritu se quiebra dentro del follaje bravío de la selva… La tierra huraña y reseca por la avaricia de la naturaleza… Ninguna esperanza ni retorno. Hoy sus entrañas se abren, necesita calmar su sed, beber sangre rubia, morena o mestiza. Satisfacer su hambre con carnes desechas por la furia asesina de los hombres”. 

Los diálogos retratados por Leitón en el campo de batalla reflejan en todo momento abatimiento y derrota: "Para eso nos han traído. Quieren destruir nuestros hogares. Que nuestras madres y hermanas vistan de luto toda una eternidad. Que haya prostitución, miseria y hambre. Pensar y no hay respuesta, a eso hemos venido. ¡Patria! ¡Patria!”. 

En los campos de batalla la palabra "patria” fue quedando vacía para los combatientes. Lo primordial era sobrevivir a la selva que representó sequedad, calor y millares de zancudos que con sus picaduras producían carachas. 

La crítica social de Leitón

Estos asuntos extrabélicos deterioraron profundamente el espíritu patriótico de los defensores del Chaco. Otro problema que brotó en el seno del "infierno verde” fue el racismo y la discriminación sistemática a los soldados indígenas. El personaje aymara de Leitón, Doroteo Zarcillo, no entendía por qué se encontraba en las trincheras del Chaco; sólo recuerda que fue reclutado por la Policía Militar y embarcado a los trenes con rumbo al campo de batalla. El soldado Zarcillo fue blanco de risas, menosprecio y racismo de parte de sus propios camaradas. Su español mal hablado, mezcla entre aymara y castellano, produjo el sobrenombre de "repete”.

Los campos de batalla significaron ofuscación y pérdida del sentido del tiempo. No sabían qué día era, en qué mes estaban y mucho menos si habían pasado años luchando contra un enemigo que no conocían. La única esperanza que tenían todos los soldados era el fin de las hostilidades. Todos estos aspectos deprimentes hace que uno de los personajes de Leitón se preguntara: "¿Seremos los mismos al terminar la guerra?”. A lo que su camarada responde "Creo que no. La lucha nos enseñó a odiar hasta a nuestros padres y hermanos. Los hombres nos enseñaron a odiar y matar. Yo mismo tengo asco de mi persona”.

Según el escritor Augusto Guzmán, Roberto Leitón es un "literato alimentado no de libros, sino de la vida dolorida”. El testimonio literario La punta de los 4 degollados se adscribe a la descripción de pasajes críticos del conflicto bélico con el Paraguay. 

La generación actual necesita despojarse de convencionalismos historiográficos que adormecen el espíritu crítico. Las interpretaciones de la historia, la cultura y la política deben ser leídas distantes de todo dogmatismo. Como señaló el ensayista Octavio Paz: "Sin crítica y, sobre todo, sin autocrítica, no hay posibilidades de cambio”.

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De PÁGINA SIETE, 20/08/2017


Imagen: Restos de combatientes apilados en el Chaco

Desacuerdos sobre el manzano

JORGE MUZAM

Veinte de agosto de un año ingrato de nuestro señor. La escarcha se ha estancado en el valle como si fuésemos el jardín del gigante egoísta. Tordos y cachañas establecen desacuerdos sobre el manzano. El hielo ha retrasado el alimento. Hay poco que repartir. El sol se asoma envuelto en un albornoz de nubes. Su bostezo denota irresponsabilidad u olvido. Los digüeñes no han sido incentivados. Duraznos y albaricoques han florecido por cuenta propia. 

Café amargo para espabilar. Neil Young en los parlantes. Transito por la prensa virtual. Una sola mirada mundial. La derecha impositiva. Las izquierdas obsecuentes. Campea la comodidad desde el escritorio, desde la cama, desde el mullido sillón. Triunfa el egoísmo. La imbecilidad se esparce como una peste contagiosa. La basura televisiva oxida las mentes y los fusiles. Tanta sangre previa derramada inútilmente. Hoy la rebeldía mundial no es más que un gift enojado, zoncera sin sustancia de nenes vanidosos.
 

Afortunadamente quedan cartuchos, la memoria universal resguardada en morrales solitarios, miradas prestas a un nuevo combate, senderos de mago, sandalias esculpiendo huellas novedosas. La batalla de los siglos continúa. La lucha de clases no es asunto terminado.

Leo en Sugiero Leer: Barón Biza. El inmoralista. Buen título para una figura contradictoria. Pero qué buen escritor no lo es. La condición humana exacerbada con champagne. La ternura de un demonio jugando con pompas de jabón en el infierno.

Resuenan las campanas de la iglesia. Pasan los últimos católicos a reiterar sus culpas golpeándose el pecho. Se cruzan con testigos de Jehová. Con metodistas. Con trotadores domingueros. El sol se sacude su albornoz blanquecino y empieza por fin a laburar.

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De CUADERNOS DE LA IRA (blog del autor), 20/08/2017

Saturday, August 19, 2017

Días animales

ROCÍO DE LOCKSLEY

El sol se ha comido parte de tu rostro y ante el aliento acidulado de las calles, no penetra el aroma de las primeras flores.

Avanzas; pueblas con organismo yerto tu vestido mientras te preguntas si aún estás a tiempo de deshacer la fantasmal sinopsis de tu visión del mundo de lo tan real, hoy sábado.

La incipiente noche te golpea la cabeza con la luna cuando a lo lejos, una indescifrable criatura -se asemeja a un estúpido mono sonriente- muestra sus manos salvajes, recordatorio atroz de edades tempranas desatendidas.

Y es cuando te das cuenta de que te faltó alguien cerca que te advirtiese: es mejor emborracharse en casa, los días animales.


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Imagen: Alfred Kubin

Aquel escritor maldito/BARON BIZA. EL INMORALISTA Por Christian Ferrer

SYLVIA SAÍTTA

Barón Biza. El inmoralista comienza con una "advertencia" de Christian Ferrer en la que presenta el libro por todo aquello que no es. No es una biografía porque el autor no se propone narrar la totalidad de una vida. Tampoco es una obra de crítica literaria ni el intento de reivindicar la figura de un escritor maldito. Es, en palabras de Ferrer, "un informe confidencial" cuyo destinatario original era Jorge, el hijo menor de Barón Biza. En realidad, podemos asegurar, se trata de un homenaje a Jorge Barón, autor de El desierto y su semilla , único y estremecedor libro con el que intentó conjurar un destino anunciado: el de ser "un resentido por herencia" o "un vulgar imitador en la copa y el balazo"; un homenaje al escritor que, al igual que su padre, su madre, Clotilde Sabattini, y su hermana, María Cristina, se suicidó en setiembre de 2001, dejando inconclusa una trilogía en la que se proponía narrar, además de la historia de sus padres, la biografía de sus abuelos y de sus hermanos. Barón Biza. El inmoralista es también la consumación de una promesa implícita: la que Ferrer le hizo, en 1995, a Jorge Barón después de que éste le entregara cartas, legajos, actas judiciales y recortes de diarios y revistas: la de escribir sobre Raúl Barón Biza, su progenitor.

Barón Biza, el padre, el protagonista de este libro, nació en Córdoba en 1898. Su historia durante la década del veinte parece un argumento cinematográfico: es la del joven, apuesto y millonario sudamericano que, en el fragor de las fiestas y los bailes europeos, se enamora de una incipiente actriz de cine que, para casarse con él, abandona su carrera, se radica en una estancia argentina y comienza a dedicarse a la aviación. Myriam Stefford, la joven y audaz piloto, terminó perdiendo la vida al estrellarse su avión en San Juan, en un fracasado intento de cumplir un raid que uniera las catorce provincias.

La vida de Barón Biza durante los años treinta es, en cambio, distinta. Se convirtió, por un lado, en excéntrico militante yrigoyenista, en contacto con los sectores revolucionarios del Partido Radical que conspiraban contra los gobiernos conservadores. Esto le valió una y otra vez la cárcel y el destierro. Por otro, fue el escritor que, en 1933, publicó El derecho de matar , novela de tesis que le valió la acusación de inmoralidad y la cárcel. Estas escenas se reiterarían en 1941 con la salida de Punto final. Barón Biza fue, además, el hombre enamorado de la hija del líder radical Amadeo Sabattini, de quien terminó separándose a finales de los años cincuenta, y el individuo que en 1964 se pegó un tiro tras haber arrojado una copa de ácido en la cara de su mujer.

Ferrer reconstruye la figura pública y privada de Barón Biza, y también se detiene en los textos literarios de quien ha sido considerado por la crítica, a lo largo de los años, como uno de los "escritores malditos" de la literatura nacional. Lo hace sin caer en el facilismo de los rótulos llamativos ni en la complaciente reivindicación de una literatura que combina, como se desprende del fino análisis desarrollado en el libro, "un buen puñado de frases poderosas" con una prosa grandilocuente, argumentos folletinescos de sexo y miseria con la denuncia de la moral hipócrita de las clases acomodadas, la violenta incorporación de escenas eróticas con largas reflexiones metafísicas en que resuenan las lecturas de Max Stirner, Nietzsche o Schopenhauer.

Contar la historia de Raúl Barón Biza implica sin dudas hacerse cargo de un legado incómodo, pesado, por momentos tortuoso. Por eso Christian Ferrer no se propuso escribir una biografía "detallada y competente", ni tampoco quiso convertirse en crítico literario. Ninguna metodología ya ensayada sirve, y por eso, Barón Biza. El inmoralista, es un libro inclasificable y perfecto, en el que la suma de fragmentos que integran cada capítulo va reconstruyendo -con la misma morosidad crispada con que Jorge Barón, en El desierto y su semilla , describe la reconstrucción de la cara de la madre desfigurada- una historia incomprensible: la de quien, en palabras de su hijo, pasó de ser aquel que "construía escuelitas y monumentos al amor de más de setenta metros de alto" al hombre que "arrojaba ácido a su amada" para después suicidarse.

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De LA NACIÓN, 29/04/2007

Los cazadores de gringas

RALPH ZAPATA RUIZ

Esta noche Phuru es el rey de la fiesta. Mientras rasga la guitarra, se balancea sobre su propio eje, y canta Mama África, de Chico César, saluda a un grupo de brasileños y, en especial, a las garotiñas que se han refugiado en Kilómetro 0, uno de los bares referentes de San Blas. Los asistentes, en su mayoría gringos y europeos, le responden con efusivos aplausos, o levantando su copa en señal de cuando-termines-vienes-a-mi-mesa. Además de ser el líder de Phuru y la banda sin nombre, el músico tiene otros atributos que saltan a la vista: nariz aguileña, pelo largo, mirada de cóndor hambriento, boca de pez, y un tatuaje mochica en su frente con las figuras del Sol y de la Luna. Ingredientes necesarios para que cualquier gringa desamparada se lance a sus brazos y se deje seducir por su verbo florido. El resto será placer puro.

Miro la escena musical desde la barra. El Kilómetro 0 es un local pequeño, de dos pisos, con una zona de canturía donde apenas caben los instrumentos, una barra de madera adornada con harto trago, y mesas desperdigadas delante del proscenio musical. En el segundo piso hay sofás más confortables. Algunas paredes del bar exhiben fotos del Che Guevara, Marilyn Monroe, y Bob Marley, entre otros artistas. Son las 11 de la noche y Phuru se despide, por un momento, de los asistentes. “Vamos a darle la oportunidad a una banda joven que nos acompaña esta noche”, dice y al rato cinco adolescentes ocupan la zona de canturía.

Phuru sube al segundo piso del bar, donde conversa conmigo. Una rubia, de chompa blanca y generosas caderas, y una brasileña de amplio escote, ambas sentadas en unos sofás negros, los miran fijamente y sonríen. Me emociono porque creo que les atraigo. Phuru les devuelve el gesto levantando su mano, y diciéndoles que abajo la fiesta está sabrosa, y más tarde se pondrá mejor. Las chicas prometen hacerle caso. “¿Brichero, yo? He sido, pero ahora ya no. No me hace falta. La música las atrae a todas, yo no tengo que hacer nada”, cuenta Phuru. Su prontuario amatorio dice que ha degustado a doscientas gringas, pero solo recuerda a dos: una española de 19 años, a la que desvirgó, y una holandesa con la que estuvo a punto de casarse.

―Me salvé, gracias a Dios– relata mientras la rubia y la brasileña siguen mirando de soslayo hacia su mesa–. Imagínate como estaría ahora, con crías y aburrido de un solo hueco.

―¿Qué pasó?, ¿por qué no te casaste? –le pregunto.

―Me llevó a Holanda, me pagó todo, pero cuando llegué allá enloquecí: había tantas muñecas hermosas, que ella parecía chancay de a veinte –dice y suelta una risa que muestras sus dientes afilados–. Me acosté con varias, obviamente, ella se enteró y terminamos. Fue lo mejor.

Phuru viste un pantalón ancho a rayas, un polo negro con un símbolo shipibo, dos pulseras de cuero en el brazo derecho, y una cadena con un cuarzo grande que adorna su pecho flaco. Él es flaco, y alto como una garza. Vino a Cusco hace ocho años, desilusionado de su Cajamarca querida, una región dominada por la minería. “Allá no había bares culturales, donde tocar música”, prosigue el muchacho que soñaba con recorrer el planeta, con su guitarra bajo el brazo. Aterrizó en el ombligo del mundo, acompañado de un paisano suyo que ahora vive en España. “El primer año en Cusco aprendí a brichear. Me enseñaron Hugo y otros músicos de Amaru Pumac Kuntur. Esos tíos sí que la rompen con las gringas. Son una bala”, relata mientras bebe una taza de té piteado.

La charla es interrumpida por un músico de su banda que le exige volver al escenario. La gente lo espera ansiosa. Sobre todo, las chicas. Phuru se despide de mí, y avanza raudo hacia la mesa de la rubia y la brasileña. Ambas lo reciben con sendos besos en la mejilla, se ríen coquetamente, y Phuru les dice algo que no alcanzo a escuchar. Más tarde, irán al Ukukus –uno de los primeros bares de Cusco– tomarán cerveza y tragos que ellas le invitarán, bailarán salsa y rock, Phuru las hará zumbar como a trompo, se irán pegando poco a poco, él les hablará de la energía cósmica que los ha reunido esta noche, ellas le confesarán que buscaban un andean lover, y es cuando él aprovechará para hacer la conexión intergenital. Terminarán en el hotel, ellas besándolo como adolescentes desesperadas y él recorriendo sus cuerpos como explorador extraviado. Claro que no veré esa película, porque Phuru actúa solo y yo aún estoy cachorro para esas lides.

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Nadie se pone de acuerdo sobre el término brichero, ni desde cuándo empezó a usarse en Cusco. Pero, sus posibles orígenes estarían en las palabras inglesas bridge (puente), breeches (braga o calzón), y brief (corto, fugaz). Aunque, el escritor cusqueño Luis Nieto Degregori añade una más, en español: ‘hembrichi’ (enamorada, pareja). “Empecé a escuchar la palabra a comienzos de los ochenta, cuando volví a Cusco –cuenta el autor de Buscando un inca, un cuento sobre bricheros–. Entonces había lugares para turistas y sitios para cusqueños. No se mezclaban. En ese contexto emerge el bichero, que al inicio instrumentalizó sus rasgos andinos para conquistar a extranjeras. Y, así se convirtió en una leyenda urbana”.

Dos factores fueron claves para la consolidación del brichero en la sociedad cusqueña. Por un lado, el aumento del turismo, que produjo un fuerte choque cultural y la mezcla entre locales y extranjeros; y por otro, la liberación sexual femenina, que permitió el nacimiento de la brichera. Degregori, que bebe un vaso de chocolate de rato en rato, sostiene que la figura del brichero ha cambiado. “Ya no es el indígena que se parece al inca, con cabello largo, nariz aguileña y tez cobriza. Este tipo de brichero está en extinción. Ahora los bricheros son más modernos”, dice.

Lo compruebo mientras hago un recorrido nocturno por las discotecas de la Plaza de Armas. Llego al Templo, acompañado de Álvaro, y al instante se nos acercan dos cusqueñas que se mueven locamente, de la cabeza a los pies, mientras sus senos parecen estar a punto de salirse por esos profundos escotes. Álvaro –que tiene los ojos verdes, el pelo marrón y la pinta de Cristo bohemio– empieza a cortejarlas, a jugar un rato con ellas, a bailar sensualmente, hasta que viene la pregunta del millón. “¿De dónde son?”, los interroga una de ellas. “De Lima”, responden ambos, y antes de que le devuelvan la pregunta, las chicas se miran y les dicen: “Ahorita volvemos”.

Al frente hay un grupo de gringas que bailan solas. Desde que llegaron, les había puesto el ojo. Álvaro, que es más avezado y en cierta forma brichero con clase, empieza a bailar alrededor de ellas, se balancea hacia atrás, juntando su espalda con las de sus gringas-objetivos, sonríe coquetamente, y liga con una. La agarra de la cintura, lo lleva hacia sus dominios, le da una vueltita, pero como no habla inglés, su aventura termina con la canción de Moby. Ahora es mi turno, y he optado por cambiar de gringas y me he concentrado en una ucraniana de revista porno. Ojos celestes, cabello rubio, senos prominentes, y un culo que destaca por el jean a la cadera que viste la modelo-turista.

La miro desde mi esquina, creyendo atraerla por la fuerza del cosmos. Ella me responde el gesto clavando esos ojos celestes en mis pupilas. Suena un reggaeton de Tego Calderón, y entiendo que es mi hora. Me abro paso entre las parejas cachondas que bailan pegadas, y llego hasta mi ucraniana. Está con una amiga rubia. Hi, do you want to dance with me?, le digo canchero. No, thanks, me responde ella y voltea la mirada. Pero como soy más terco que una mula, vuelvo al ataque. Don’t I like you?, le pregunto. Ella, que parece incómoda con el interrogatorio, responde con los ojos iracundos, No. She’s my girlfriend, ok?

Unas cervezas más, abandonamos la discoteca y llegamos a Mama África, en la Plaza de Armas. Álvaro reconoce a dos alemanas voluntarias, que viven en Urubamba. Se saludan, brindan con una chela y se ponen a bailar. Me acoplo al grupo, y me engancho con una gringa de lentes y cabello crespo. Conversamos como dos viejos amigos, nos animamos a bailar, le agarro la cintura y estoy a punto de darle un beso, cuando llega un tipo con pinta de Xerxes, que le toca la espalda. “Estás bailando con mi gringa”, me dice y agarra del brazo a la chica. Es igualito a Xerxes, ese rey persa de la película 300. Es flaco, moreno y pelado, tiene dos grandes aretes en las orejas, piercing en la nariz y boca, bigote en forma de U y viste de blanco. Besa a la gringa de cabello crespo, la pega a su cuerpo, la carga emulando una penetración y le coge el culo. Me pregunto qué de especial tienen estos tipos, mientras bebo mi cerveza.

En Mithologyc las escenas se repiten. Gringas que parecen modelos de revistas, vestidas con shorts que exhiben sus entrepiernas y blusas transparentes, agarran con bricheros con el pantalón roto, dreads, o gorros de rapero. Entonces, recuerdo las declaraciones del dueño de un conocido restorán de San Blas. Que los bricheros ya no son solo los de belleza andina, sino que ahora hay hippies, raperos, limeños frustrados que fungen de galanes acá, y señores adinerados de saco y corbata que utilizan el truco del te-invito-un-trago-y-te-vas-conmigo-a-mi-hotel. A fin de cuentas, ser brichero es una actitud, más que una apariencia. Una habilidad, más que una pose chola o india.

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Me siento derrotado, humillado por esa sarta de bricheros audaces. Pero como un guerrero valiente, decido jugar mis últimas cartas esta noche. Acudo a Siete Angelitos, ese bar cosmopolita que dirige Walter Atasi Márquez. El fotógrafo, Álvaro Franco se quedó en buenas manos y piernas alemanas, en Mama África. Walter, que es un ducho en la bohemia cusqueña, me cuenta que los bricheros cazan a sus presas con la hierba, sí, con droga. Marihuana o cocaína. “Estos parcheros de San Blas, que venden artesanías, les hacen trenzas a las gringas y les dicen que en sus casas tienen marihuana. Ellas acceden. Ellos aprovechan la situación para sacarles plata, y luego llevárselas a la cama. Todo por la hierba”, señala el gordo Walter.

Hay otro tipo de brichero, asegura, que vende el cuento de la Pachamama. Lo místico, lo autóctono, lo exótico, las leyendas incaicas. Como decía Adriana Churampi Ramírez, una estudiosa de este fenómeno, “(el brichero debe tener) el conocimiento básico de la cosmología andina así como la habilidad argumentativa para recusar con estos conceptos la racionalidad occidental”. Con ella coincide, Víctor Vich, quien sostiene que “se trata, en realidad, de un contador de cuentos que vende un producto diferente (su identidad, su historia) en una ciudad también diferente (ancestral, mítica)”. Este tipo de brichero, según Nieto Degregori, es el genuino, el original.

Pero volvamos al Siete Angelitos. Sobre el escenario está Phuru y su banda sin nombre. Lo saludo desde la barra, y él me responde hablando por el micro. Una pareja de jóvenes brasileños se acomoda a mi lado. Piden dos mojitos, y funjo de buen anfitrión, hablándoles del Perú, de Machupicchu, del Corinthians que esta noche quedó eliminado de la Copa Libertadores. Rosana, ojos negros, cabello lacio, tez blanca, y trasero paradito, se engancha conmigo. Me dice que es publicista, que vive en Río de Janeiro, que está de vacaciones y que Cusco es impresionante. Aprovecho y le suelto una broma, ella ríe y muestra sus dientes perfectos, y por casualidad le rozo la pierna. En eso, Ideilson, el novio de Rosana, interviene y calma los acalorados ánimos, contando que es abogado, tiene entradas para la Copa de Confederaciones y que ya es tarde, así que Rosana es mejor irnos. Se despiden.

Me quedo solo otra vez, como casi todas las noches, observando como los bricheros se levantan a las gringas y europeas en mis narices. ¿Cómo lo hacen?, ¿Cuál es el truco? Dos semanas después conversé con varios bricheros y estos me confesaron sus mañas. Como resultado armé este decálogo para quienes pretenden iniciarse en el arte del bricherismo. Pues, como dijo Nieto Degregori, el brichero nos reivindicó como peruanos, nos levantó la autoestima, nos dijo: Ey, eres guapo y puedes levantarte a la gringa más rica del mundo, aunque no puedas cogerte a la limeña de clase alta porque en el Perú aún sobrevive el racismo. Así que si eres brichero siéntete orgulloso de serlo e infla el pecho, y si no lo eres, te enseño a cómo serlo.

DECÁLOGO DEL BRICHERO

1. Aprende inglés y otro idioma más.
2. Pule una de tus habilidades (música, baile, circo, magia).
3. Tienes que ser atrevido, arrojado.
4. Si no perseveras, no la consigues.
5. Aprende chistes en inglés, tienes que ser alegre.
6. Documéntate sobre la cosmovisión andina: los incas, los apus.
7. Acude a los bares cosmopolitas: Kilómetro 0, Siete Angelitos, Mama África, el Templo.
8. Sé práctico y no te enamores. El que se enamora, pierde.
9. Lee mucho de psicología y las leyes cósmicas de la atracción.
10. No te desanimes si te chotean. Vuelve recargado.

Con esos tips interiorizados, volví al Inka Team, una discoteca que los fines de semana revienta de gente, de gringos en busca de su andean lover y latinos eufóricos. Allí me encuentro con dos anfitrionas del café con piernas, que me presentan a una argentina de ojos saltones y anchas caderas. Hacemos clic al toque. Le invito un trago, bailamos salsa sensual, la atraigo hacia mi pecho, en cada vuelta su trasero choca contra mi miembro viril. Nos miramos fijamente y me lanzo al ataque. Le digo que anoche soñé con ella, que sabía que la encontraría allí, que el destino nos había enlazado. Ella pensó lo mismo y se abalanzó sobre mis brazos, en un beso perpetuo. Después no hubo palabras, solo baile, trago y un chau-chicas-nos-vamos. Esa noche le hice el amor con furia. Y hasta ahora no entiendo cómo la conquisté. Solo sé que todo está en la actitud, en el buen trato, en creértela, en no desistir. Claro que no me levanté a una gringa, pero por algo se empieza. Eso pensaba mientras caminaba rumbo a casa, luego de una noche agitada.

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De SOHO


In vino veritas o de la funambulesca redrosaca de Rudy Kurniawan

MAURIZIO BAGATIN


 “El vino es el punto donde cultura, natura, historia, hombre y arte se encuentran dentro de una botella.” - Alice Feiring -

Rudy Kurniawan ha sido por años uno de los más estimados y ambiciosos expertos en vinos franceses en los Estados Unidos. En las subastas internacionales sus botellas generaban miles de dólares. Pero detrás de su rápido e irresistible éxito, había algo de sospechoso…

FIAT LUX - Cuando en el 2001, festejando el cumpleaños de su padre, Rudy tomó su primer Opus One del 1996, el idilio con el vino empieza. Estaba viviendo en Arcadia, en las afueras de Los Ángeles, mantenido por su familia, unos de los más grandes distribuidores de cerveza de Indonesia, que a cambio de tenerlo bien lejos le depositaban un sustancioso cheque mensual.

IN GOD WE TRUST - El problema que algunos ricachones se dejen mamar, aunque sea por sumas millonarias, no está por encima de las preocupaciones del FBI: en los Estados Unidos solamente a dos cosas no puedes escaparte: al pago de los impuestos… Al Capone enseña… y a la muerte. Es con esta índole nugatoria y bohemia que Rudy da inicio a su feeling con la alta sociedad californiana: amantes del Borgoña, expertos en subastas millonarias, críticos ingenuos, periodistas pseudo baudelarianos y arribistas ad hoc, una fauna bizarra con un solo lugar común, el querer estar por encima a todo y de todos.

RIDER ON THE STORM  -  Robert Parker, el crítico de vinos más influyente del mundo lo definió un hombre dulce y generoso y la amistad con John Kapon, un emprendedor que antes de llegar al mundo de los vinos había intentado el suceso como productor de hip-hop, fue la liaisons dangereuses casi perfecta, fue el proprio Kapon quien introdujo a Rudy en los ambientes de los coleccionistas de vinos neoyorquinos, un grupo llamado los 12 Enojados, cada uno con un nombre rimbombante: el Rey Furioso o el Castigamatti; de allí en adelante las puertas del Paraíso para Rudy Kurniawan estaban abiertas de par en par… gracias a su pasión por la vendimia del 1947 y el Romanèe-Conti se ganó dos sobrenombres: Mister 47 y Doctor Conti. Y luego de la publicación de sus apuntes sobre las degustaciones se volvió el rockstar de las mismas.

OPUS NIGRUM - Durante un weekend de degustaciones a 17.500 U$ por persona, organizado por Kapon en 2005 y dedicado a los 100 mejores vinos del siglo, había dos Romanèe-Conti del 1937 y dos del 1945; mientras degustaban los vinos Doug Barzelay, un abogado coleccionista de vinos y su amigo Meadows empezaron en intercambiarse miradas reveladoras: nunca habían degustado una cosecha 1945 y tenían la sensación que algo de extraño estaba ocurriendo. Las dos botellas en cuestión Kapon las había adquirido de Kurniawan. Al momento de la cena Meadows se permitió una boutade sobre el Romanèe-Conti del 1945: “Han sido producidas solamente 608 botellas, pero probablemente se han consumido más de diez mil“. Todos se rieron, nadie señaló a Kurniawan. Barzelay y Meadows sabían que quienes compran vinos así raros corren el riesgo de encontrarse con algunas botellas falsificadas.

¿DE LO BUENO POCO? - La cantidad de vinos adquiridos por Kurniawan se hizo evidente en enero del 2006, cuando Kapon organizó la subasta, descaradamente definida la más grande cantina de América. El anónimo proveedor no era otro que Rudy Kurniawan, uno de los coleccionistas más expertos que Kapon había conocido: obsesionado por los mínimos detalles sobre origen, condición, etiquetas y obviamente conservación de los vinos. Era la oportunidad del siglo para la casa Acker; Meadows se ocupó del catálogo, alabando la insuperable generosidad de Kurniawan, su perseverancia en la búsqueda de algunos vinos de veras increíbles. Durante dos días en el Restaurante Cru fueron vendidos 1.742 lotes de vinos por un total de 10.6 millones de dólares. Nueve meses después, siempre en New York, en el Café Gray del Time Warner Center, la Acker organizó una subasta aún más grande, con 2.310 lotes y 24.7millones de dólares, logró superar la subasta del 1999 organizada por la Sotheby’s.  Kapon hizo bingo y encima de Rudy llovieron 35 millones de dólares…

MONEY FOR NOTHING - Las dudas sobre los vinos de Kurniawan empezaron a circular, en Palm Beach, Bill Koch un coleccionista que desde el 2005 había empezado a controlar las 43.000 botellas de su colección, había ya realizado diferentes quejas en contra de casas de subastas y varios coleccionistas. En el 2007 sus investigadores hicieron analizar tres botellas adquiridas de Kurniawan, con un espectrómetro a rayos gama, y enviando otras cuatro a los chateaux franceses de origen, para verificar la autenticidad: las respuestas fueron que probablemente las botellas eran falsas…

CONFIANZA E INGENUIDAD - Todo hubiera podido seguir de esta manera…pero sabiendo que Kurniawan se había introducido en las subastas inglesas, en febrero del 2012, el abogado Cornwell lanzó un post en un popular fórum sobre vino, el WineBersekers: “Urgente, Rudy Kurniawan está intentando introducir en la subasta otros vinos“. Las investigaciones empezaron a profundizarse, se movilizó online la comunidad del fórum y así se retiraron los doce lotes de Romanèe-Conti.  En marzo una causa civil en contra de Kurniawan procede, mientras el FBI había acumulado muchas pruebas de que Kurniawan estaba viviendo ilegalmente en los Estados Unidos: a despertarlo el 8 de marzo fueron los agentes federales, salió en pijama, su madre estaba con él, en la casa los agentes encontraron miles de etiquetas de vinos prestigiosos, entre los cuales había Pètrus del 1950, Lafleur del 1947, Lafite y Romanèe-Conti. Había tapas viejas y nuevas y una maquinaria para embotellar, había capsulas de plomo, sellos de cera y sellos de goma con el año de la vendimia y el nombre de los productores. Una auténtica maquinaria de falsificación de vinos prestigiosos. El mundo de los vinos se encontró de frente a una verdad irrefutable: confianza e ingenuidad se pueden mezclar como los vinos de Kurniawan.

“LA VIDA ES DEMASIADO CORTA PARA TOMAR VINOS MEDIOCRES”- Goethe - Quedan muchas preguntas: ¿Tenía Kurniawan el capital inicial para empezar esta redrosaca millonaria? ¿Se había introducido en el mundo de los vinos prestigiosos por pasión o era desde antes un estafador? ¿Estaba actuando solo o tenía relaciones con algunas mafias? ¿O tal vez se trataba de un embaucador sociópata y solitario, que ha aprovechado de su extraordinario paladar para la emoción, y no solamente por cuestión de dinero, sino para superar a sus colegas mayores?  En una entrevista telefónica a Rob Rosania, uno de los mayores sostenedores de Rudy Kurniawan, uno que había visto con sus propios ojos, dijo que estaba “decepcionado”… y que se trataba solo de pruebas presuntas…

noviembre 2015

Publicado en el blog criollomolecular.wordpress.com el 12 noviembre 2015


La Paz (diario volátil)

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Ya va para tres semanas que ando dando tumbos (urbanos), fuera de casa. Conviene a los felices quedarse en casa... no estoy tan seguro, no esta vez, desde luego. El libro Chuquiago, deriva de La Paz, en el que ningún editor español creía, aquí ha sido un éxito para mí inesperado.

Me he encontrado con amigos ya viejos y he hecho otros nuevos, valiosos, jóvenes y menos jóvenes. Alguna decepción ha habido también, pero eso forma parte del vivir, y nada puede arruinarte no ya un viaje, sino el vivir de cada día.

He ido algo más lejos en lo que a conocimiento de la literatura boliviana se refiere... a su política no me queda más remedio que mirarla con cautela y hacer orejas de mercader a los denuestos que escucho y a los elogios desmedidos que flotan como consignas en el aire.

La ciudad es muy distinta a cómo la conocí por primera vez, en el año 2004... salvo por lo que se refiere a la población originaria que pulula alrededor de los mercados. La he pateado menos que en otras ocasiones, por falta de tiempo sobre todo, que no de ganas.  No conoceré jamás esta ciudad. La mía es una mirada entusiasta y melancólica de quien ahora sí, ahora sabe que está de paso, hasta en su propia casa.

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De VIVIRDEBUENAGANA (blog del autor), 19/08/2017