Saturday, February 17, 2018

Iluminación


RODRIGO VILLEGAS

La violencia parece ser, de una forma u otra, justificada. Cada acción conlleva a una consecuencia, la consecuencia a otra acción, y así, quizá, sin premeditarlo, te topas con lo inminente, y reaccionas, emerges, o te quedas de pie, inmovilizado, pero la función ya está activada: la violencia se ha desencadenado.

Debes cazar un ciervo o a tu padre o a tu hijo; debes golpear a un niño por la espalda en medio de la calle para liberarte de la tensión de sentirte burlado, humillado; debes resignarte al olvido y provocación del ser que amas; debes lamer las heridas abiertas de tus parejas ocasionales para mitigar el dolor que te carcome el alma; debes continuar con tu revolución y enfrentar a la madre cada vez que, con la puerta entreabierta, se retuerza en su cama recordando al padre; debes transformarte en los animales que criaste, alimentaste y quisiste, para verte desde la sumisión, desde el parentesco, desde lo heredado y adoptado.

Explorar la violencia así como se explora una caverna oscura, dentro donde desfallece tu ser más preciado, escuchar sus gritos, tener apenas unos segundos para darle alcance y salvarlo, o formar parte de las sombras. Debes enfrentar la violencia aún al costo de ser absorbida por ella.

La violencia, aquella que nos delata cada vez que el momento propicio aparece, se encuentra, en sus diversas formas, en Iluminación, de Sebastián Antezana, libro de cuentos poderosos que nos demuestran que la violencia no es una simiente, sino un caos, un permanente tiempo de transformación, de elevación; elegir para sobrevivir.

Se publicó el año pasado por la editorial El Cuervo – que ya publicó hace unos años su novela El amor según (2011) –. Antezana, hasta el momento el autor boliviano más joven en ganar el Premio Nacional de Novela con La Toma del Manuscrito (2008, Alfaguara; 2016, Plural), conmueve por la capacidad de detalle impuesta en sus textos. La precisión de cada palabra, frase o párrafo, lo consolidan como uno de los autores más importantes de la generación de narradores que ha ido engendrando nuestra tierra en los cuarenta años.
 Recuerdo que hace ya dos años, en la Feria del Libro de La Paz, Antezana, que había sido invitado a esta feria junto a otros escritores que viven desde hace algunos años fuera de Bolivia (Sebastián en Estados Unidos), en el Ciclo Migrantes – así le llamaron –, dio una charla acerca de su obra y de la reedición de su primera novela, La toma del manuscrito. En la charla, dijo algo que hacía pensar acerca del trabajo de perfección de un gran narrador: a pesar de haber obtenido el primer y único premio, y haber logrado crear una de las obras más admiradas de aquellos años – leí por algún lado que en primera instancia los jurados no creían que un autor tan joven haya creado aquel artefacto narrativo; incluso pensaron que era plagio, lo cual fue refutado prontamente –, Antezana “renegaba” de aquel texto. Declaró que, después de haber releído el libro para aquella nueva edición, se percató de muchas “fallas”, y que se había dado el trabajo de modificar aquellas cosas que no le gustaban. Es decir que perfeccionó más aún una obra que estaba considerada por la mayoría de los críticos como un gran texto.

Iluminación comprueba el trabajo narrativo de Antezana. Un libro de pequeños relojitos bien planeados, bien configurados para provocar al lector. Para impactar nuestras sensaciones. Y lo logra, bien que lo logra.

Proteo, cazador, el primer cuento, trata acerca de un día de caza entre un padre (borracho, abandonado por su esposa, la madre de su hijo) y su muchacho (tímido, triste). La caza de un venado funde el tiempo y las personalidades de estos dos seres que han recibido la huida y posterior muerte de la madre como una estocada intensa, desoladora. El hombre, como se le ha impuesto, no debe llorar, al menos no sin alcohol. El elixir eterno es el detonante de las emociones y de las cuales todo parece ser perdonado. “Cuando estaba borracho insultaba a mi madre. ‘¡Puta! ¡Vieja de mierda! ¡Vieja pelotuda!’ Pero era obvio que la quería y que su abandono y su muerte lo habían arruinado”.

La distancia que crece entre dos personas de la misma sangre, entre el creador y el creado, como forma de verse entre sí: “Esa cosa, ese cuerpo era mi padre, carne que respiraba, que traspiraba. Lo miraba con curiosidad, con temor. Tal Vez incluso con amor”, se dice el hijo, percibe a su creador.

La precisión de un lenguaje devorador. La solidez de un narrador que presiona al detalle hasta encontrar la imagen perfecta, la película adecuada.

¿Se puede amar con la intensidad de la juventud en la ancianidad? Es una pregunta que parece hacernos Antezana con Viejos que miran porno, el segundo cuento, quizá el mejor de la colección. Dos hombres con vidas solitarias se unen en una relación de intimidad que no habían consumado, al parecer, con sus anteriores parejas, mujeres u hombres. ¿Dónde encuentran la estabilidad, el mecanismo para no perder de sí ese horizonte del cual no queremos desviar la mirada cuando estamos enamorados? Ellos lo hacen con las cintas porno, videos que ven con las manos entrelazadas, quizá imaginando por aquellos instantes que son los protagonistas, que ocupan esos cuerpos atléticos, resabios de un ayer perdido, simulacros de retomar el pasado y modificarlo.

“La intimidad es desayunar, almorzar y cenar juntos, es hacerse compañía, crear ritmos compartidos, hablar de planes, detalles, de dolencias y recuerdos, mientras la vida se enquista en un núcleo a veces opaco, a veces translúcido”. Esa intimidad que se ve alterada por la aparición del sucedáneo y complemento de todo amor furibundo: los celos. El miedo a perder al ser amado, al trofeo de vida, nos convierte en hombres débiles, nos lleva a considerar nuestros defectos y acrecentarlos, a sentirnos parias, humanos afortunados y maldecidos por amparar el cariño de un ser superior a nosotros.

“Sin incorporarse, se queda unos minutos contemplándose las piernas, fofas y lampiñas, abultadas aquí y allá por pequeños nódulos en los que el sistema nervioso ha colapsado. Baja la mirada. En los pies, los dedos son expresiones exageradas de la carne, formas hechas por el impulso descendiente de la piel coronadas por uñas amarillentas y duras como la madera. Sube la mirada. El pene no es más que un accidente, un nudo blanquecino y blando, de la mitad del tamaño de un dedo, rodeado por brotes melancólicos de pelo gris. Se incorpora, siente que es un hombre feo y deja escapar un suspiro de resignación”.

El envejecimiento del cuerpo, la decadencia, la sangre que amenaza en coagularse. Pero los sentimientos que pueden no irse, no aceptar el traspaso a otra estación, sino aferrarse a ella como se pueda, incuso si tiene que cimentarse con su dosis de sufrimiento.

En el cuento Mi very own página en blanco un hombre de sesenta y tantos años, divorciado, comienza una relación inesperada con una viuda que tiene un extraño fetiche: lamer, chupar, absorber las heridas físicas de todos sus amantes. En ello parece reencontrar a su marido, muerto en un accidente de donde ella ha sobrevivido.

Un nuevo llamado al dolor por la compañía, el pago que hacemos por sentirnos vivos, por acariciar la vida. Un hombre que ampara en sus libros de ciencia ficción el único resabio que le queda de felicidad, dispuesto a intentar de nuevo, de palpar la convicción de pertenecer a una mujer, a un ser que respira.

“Hay algo morboso e hipnótico en el asunto, algo violento y por eso seductor: ver desde la seguridad de cierta distancia, desde esos bares, hoteles y estaciones en órbita, cómo gran parte de la Tierra es devastada por la llegada del asteroide, contra una manzana contra la que se dispara una pistola de alto calibre”. La posible destrucción del mundo como la de uno mismo, esa espera certera del fin, ese no dejar de terminarse hasta que todo esté finalmente acabado, por si hay un resabio de algo, o por divisar y sentir la pérdida como parte de la experiencia de transitar.

De esta mujer que lleva un bicho en su interior que no permite entregarlo todo a nadie, a pesar de quererlo con todas las fuerzas. En Si contarlo está en tu poder, Antezana maneja dos referentes simbólicos, dos historias alternas pero complementadas con aquellas decisiones que están más allá de nosotros pero que nos invaden y se apoderan de nuestros espíritus una vez hemos sido parte de ellas.

“A veces lo veía desesperado, frotándose contra los muebles y me parecía que necesitaba una hembra, y entonces me daba pena por él y también por mí porque me traía recuerdos”.

La mujer frente al sexo. El hombre frente al sexo. La humanidad en busca de la trascendencia a través de la descendencia.

“La tragedia nos siempre tiene una dimensión heroica pero hace coro de la desgracia humana”.

La mujer del jinete es también otra revelación acerca del daño de la soledad, que proviene del amor perdido o transfigurado. En el primero una mujer es testigo de cómo su esposo va perdiendo la condición de sí mismo tras perder el control de su caballo e impactar contra la tierra, mutando a El Oscuro, ser que no recuerda nada, menos a ella. Un accidente propicia la desavenencia, y solo queda reivindicar la derrota.


“Actuaba como el tipo de mujer que quería ser, más una idea que una persona”. Esa espera a que la otra persona retorne, incluso si nosotros tenemos que cambiar junto con ella.

Ante la Ley es un “homenaje” a Kafka (Cuento publicado con anterioridad en Kafkaville, El Cuervo). A través de un resquicio que queda siempre abierto intencionalmente o no (¿?), un hijo, “que hace cada día la revolución”, ve a su madre “extrañando al padre”, recordando el cuerpo del muerto a través de sus dedos en su interior, contorsionándose como una gata, como alguien que espera que el padre regrese en otro, quizá en el que la mira.

“La revolución no es un espíritu uniforme, intocado por la razón y puro como la fe. La revolución; cuando es manipulada y gestada por una fuerza invisible, e incluso cuando ella se enciende espontáneamente como una cerilla en mitad de la noche, es siempre sexualidad, la imperfección de la forma. Este es el día a día, esta es la normalidad. Este es el destino, el sino perverso que los espera a todos”.

El último cuento, Animales de escritores norteamericanos, es una especie de narrativa extraña, un tanto disímil de los anteriores, pero común en la tentativa: la animalidad, la bestialidad como aliada y sucedánea a las costumbres, a la cotidianidad.

Las mascotas de Neil Gaiman, Flannery O’ Connor, Ernest Hemingway, relatan el tiempo compartido con sus amos, sus esquizofrenias, actitudes, desatinos y debilidades. Una especie de fragmentos biográficos de escritores polémicos pero reverenciados en la mayor parte del mundo.

Animales que se parecen mucho a sus dueños, y dueños que se parecen mucho a ellos. No sabemos quiénes aprendieron de quienes. La simbiosis debió darse en el transcurso de los pasos, de los años y de las notas. La animalidad como representación de nuestras frustraciones y certezas.

En el último lustro, en nuestro país se han publicado pocos libros ficcionales con una perfección de lenguaje y construcción argumental, además de simbólica, como el que ha visto la luz en nuestro país el año pasado. Pocos en el que el aliento se disipa en la lectura y se estremece con las palabras que llegan hacia nuestro consciente con la fuerza de un destello. Una, como es el título del libro, Iluminación.

Pero todas parecen ser excusas para contar algo más profundo, no detenernos solamente en lo que acontece, en lo lineal, sino en el fondo, en lo que nos quiere revelar.



Rodrigo Villegas Rodríguez es admirador de la sobrenaturalidad de los felinos y paciente observador de anaqueles de libros usados.

_____
De INMEDIACIONES, 16/02/2018

Zaldiko maldiko


MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Estaba esta tarde repasando una página fúnebre de mi Diablada boliviana referida a los caballos que conducen a los ajayus (nuestro espíritu errante después de la muerte) a su morada definitiva… el caballo, animal psicopompo en la mitología griega... y me aparece esta fotografía de Lander Zurutuza y entonces me acuerdo del Zaldiko maldiko ese personaje festivo de algunos lugares del mundo vasco-navarro que en realidad es un tocacojones... algo que yo quería ser de niño, zaldiko-maldiko o nada, y que también está en el carnaval andino, una variante de las máscaras del waka.tokori, he visto, sí... y supongo que en muchos otros folklores... nuestras nadas poco difieren.

Manzanas en el suelo


JORGE MUZAM

Empieza a hacer algo de frío. La ráfagas de viento se vuelven recurrentes y traen aromas de frutas que se pudren de tan maduras. Las nubes ya no abandonan las cumbres y en las mañanas se abalanzan hasta las tierras bajas. Siguen cayendo castañas y manzanas mientras las avispas zumban sobre el festín.

Es domingo. Un domingo cualquiera. Un domingo sin misas, sin gritos, sin gente, sin descanso, sin expectativas. Aprovecho la mañana para ver comedias bobas en Warner. Luego del almuerzo, mamá tomará el relevo del control remoto y no lo soltará hasta que el sueño la derrumbe.

El frío nos ha llevado a encender la chimenea y la cocina a leña. La tetera pronto hierve y es momento de preparar un mate amargo con hojas de cedrón.

Miro mi pequeña biblioteca campestre, la única que aún conservo, y de verdad quisiera verla con el amor de antes, con el amor y entusiasmo infantil que me generaban todas las bibliotecas. Saco libros con desgano y ningún comienzo me atrapa. Algo de literatura chilena: Salvador Reyes, Eduardo Barrios, Marta Brunet. Todo me parece un asco. Rastrerismo cultural. Que pobre es la literatura chilena. Montaña Adentro es una basura escrita por una terrateniente ociosa. Dejo esos libros en su sitio. Quizás nunca los vuelva a sacar.

Leo artículos en diarios viejos, una amigable reseña de Bolaño a las obras de César Aira. También abraza a Pitol. En otro diario, una referencia a una violación en Sexus que no recuerdo, porque lo leí hace tiempo. Quizás andaba un poco borracho. Sí recuerdo los crudos diálogos de Nexus. Henry Miller me atrapó por varios años. 

Los perros juegan a mi alrededor, atolondradamente. Me pasan a llevar. Quisiera reírme. En otro tiempo me habría reído. El sol se escondió hace rato y las nubes anuncian nuevos chubascos. He recogido manzanas caídas con la última ráfaga y las he puesto sobre la larga mesa bajo el parrón. Son cientos, de distintos colores. Las dejo allí sabiendo que no hay nadie que se las coma. Sólo quiero verlas y olerlas hasta que alguien se las obsequie a los cerdos.

_____
De CUADERNOS DE LA IRA (blog del autor) 

LA SANTA MUERTE EN MÉXICO. UNA HETERODOXIA CONFLICTIVA


JOSÉ LUIS VIDAL COY

Se puede ser heterodoxo y, al mismo tiempo, no querer serlo? ¿Se pueden transgredir —voluntaria o involuntariamente— los límites de unas creencias como la religión y, sin embargo, declararse ferviente seguidor de ella, reconociendo sus ritos y sometiéndose a la autoridad establecida? Esto es, grosso modo, lo que ocurre en México con el culto a la Santa Muerte, una devoción radicalmente heterodoxa. El Santoral cristiano no incluye Santa Muerte alguna, lo que no obsta para que los seguidores esta santidad se declaren inequívocamente católicos, apostólicos y romanos, respetuosos del Papa, así como de la jerarquía católica; una que no solo los rechaza frontalmente sino que los acusa de prácticas satánicas, misas negras y canibalismo infantil.

Resulta complicado hablar de «un» solo culto a la Santa Muerte, pues diversas variantes han ganado adeptos de manera notoria en los últimos lustros entre las clases populares mexicanas en general y, más específicamente, en los barrios obreros de la capital de la nación. Siempre relacionado con las expresiones más populares de la cultura y la sociedad mexicana, el culto a la Santa Muerte es doblemente divergente. Lo es en su aspecto religioso, pero también en términos sociales. Poco o nada tienen que ver los devotos de la Santa Muerte con los bienpensantes mexicanos. 

Este culto se puede encontrar en las colonias populares, esos barrios donde la presencia del orden establecido es colateral, nunca primordial, y esas zonas en las que la ley y la norma de comportamiento son distintas de aquellas que dictan los textos oficiales, la autoridad y quienes gobiernan los estados mexicanos.

Aunque la devoción a la Santa Muerte discurre por caminos que los bienpensantes llamarían marginales, ¿cómo calificar de marginal un culto hondamente enraizado en amplias extensiones de la megalópolis de México, habitada por millones de personas?

Es difícil encontrar un altarsito a la Santa Muerte en cualquier vivienda burguesa o altamente burguesa de distritos de la Ciudad de México como Lomas de Chapultepec, Polanco, Condesa o la Roma. Pero también a buen seguro es muy probable que el portero, portera o vigilantes de cualquier finca de vecinos pudientes tenga en la planta baja un pequeño rincón en el que la Niña Blanca siempre tendrá velas, algunas flores y luz permanente. 

Esa pertenencia inequívoca a un entorno social y religioso concreto, es la otra forma de heterodoxia de los devotos de la Santa Muerte. Su culto se mezcla con el de San Judas Tadeo, patrón extraoficial de los delincuentes de poca monta, de los malandros de medio pelo, y patrón oficial de ¡la policía! Tampoco es raro encontrar en los altares dedicados a la Santa, sean públicos o privados, imágenes de Jesús Malverde, advocación preferida de los narcos mexicanos. Así, por los altares y entre los devotos circulan estampas con las imágenes de los tres, descritos como La Santa Trinca.

El origen de la devoción varía según quien lo cuente. Hay quien la vincula con creencias de los aztecas de hace tres mil años basándose en antiguas tradiciones de los pueblos primigenios habitantes de lo que hoy son los Estados Unidos mexicanos. Y hacen partícipes de ese credo a zapotecos, mixtecos, totonacas y mayas. Esas versiones resaltan que la conquista española intentó eliminar la devoción a los muertos. Esta versión resalta que el culto disminuyó sobremanera durante siglos hasta que renació en el Estado de Hidalgo en 1965. Esta versión choca, con otras de las que circulan entre los seguidores del culto. 

Rosario G., una devota treintañera del barrio defeño de Tepito cree a pies juntillas que el origen de la devoción está bien lejos de Hidalgo. El lugar, según ella, es una aldea perdida en el Estado de Oaxaca hasta la que hay que hacer múltiples combinaciones de autobuses para llegar. Allí, en el corazón oaxaqueño, un sitio remoto llamado Yanhuitlán, entre Nochitlán y Tamazulapán, alberga una imagen en madera de la Santa Muerte que data de antes de la llegada de Cortés y que ha sido estudiada por el Instituto Nacional de Antropología para intentar datar su origen. Esa es la auténtica, la original Santa Muerte según algunos devotos. Otros se refieren a diferentes orígenes verdaderos igualmente alejados en el espacio y el tiempo de Ciudad de México. 

Doña Queta
Sobre lo que sí hay consenso es con la ubicación de los principales lugares de culto. Lo que los devotos denominan santuarios, aunque algunos de sus regentes se limitan modestamente a designarlos como «altares». La ancestral tradición del culto a los muertos se convirtió en el México moderno en pequeños altares u hornacinas que algunos devotos comenzaron a tener en privado, en sus casas, dedicados a la Niña Blanca o Santa Muerte, al igual que tenían otros del santoral católico. Hasta que un buen día, en el umbral de este siglo, el culto saltó a la calle cuando Enriqueta Romero Romero colocó en un altar de la fachada de su casa la figura de metro y medio de alto que guardaba en la intimidad;  Doña Queta, —apelativo con que se la conoce— es considerada la primera que osó sacar el culto al espacio público, colocando la imagen a la vista de todos en la calle Alfarería número 12, corazón de Tepito.  Esto ocurrió en el año 2000, con el advenimiento de la nueva centuria. Desde entonces, para muchos mexicanos devotos, la relevancia alcanzada por el altar de Doña Queta ha asociado indisolublemente la Santa Muerte a Tepito. 

Pero el 7 de junio de 2016 dos jóvenes llegaron en moto hasta el altar apenas amaneció, y con ellos una muerte menos mística. Justo cuando Rey, el marido de Queta, y su hermano Rafael estaban colocando una vela a la Niña Blanca, uno de los motoristas les descerrajó unos cuantos tiros y ambos huyeron. Los otros dos quedaron malheridos. Rey murió esa misma tarde en el hospital. Rafael sobrevivió.  

Desde entonces la Doña se puso de luto y, así, suspendió inmediatamente los rosarios que convocaba cada sábado frente al altar de la calle Alfarería. Lo que no pudo evitar fue la afluencia masiva de devotos en días señalados, como el 1 y 2 de noviembre, ni el goteo continuo de seguidores del culto a todas horas del día acompañados de la demanda persistente a la Doña de bendiciones y la entrega discreta de pequeñas cantidades de pesos para contribuir a los gastos del altar.

La Doña se consuela con su numerosa familia de siete hijos (cuatro varones y tres hembras), 57 nietos y 50 biznietos mientras ella prefiere correr un tupido velo sobre el asunto del asesinato, aunque no rechace la conversación: «Le tocaba que lo asaltaran. Dios lo quiso. No culpo a nadie», contestó. Y desvió inmediatamente la conversación: «Yo tengo un cáncer porque a mí también ya me tocaba. Hace cuatro años que me quitaron un pulmón, pero Dios dirá cuándo me toca de verdad. No culpo nadie», repite. Pero no olvida: «A mi viejo le pongo su cafesito y su agüita todos los días», zanja, junto a la pequeña foto que preside una mesa cercana al altar, repleta de exvotos, amuletos, pequeñas figuras y velas como la tiendesita colindante donde se venden. «Y guardaré el luto silencioso hasta que yo lo acepte y vuelva a empezar», sin evitar que la gente siga acudiendo masivamente a Alfarería 12. 

Lo que no puede impedir Doña Queta es que la gente hable sobre el asesinato de Rey, a todas luces premeditado. La versión más extendida cuenta que el motivo encubierto fue la negativa de la Doña y su numerosa familia a pagar el «derecho de piso», una extorsión consistente en un pago esporádico o periódico a cambio de la «protección» del grupo delincuencial que domina una zona. 

Esta es la explicación del asesinato de Rey Romero que dan las malas lenguas. Las mismas que cuentan que Doña Queta y su familia obtienen beneficios por el mantenimiento del altar. Cada día se ve a devotos que se acercan al altar, saludan a la Doña y deslizan discretamente unas monedas de cinco o diez pesos, un billetito de veinte en su mano. O compran algunos de los objetos bendecidos por Doña Queta con la imagen de la Niña Blanca en el mostrador anexo a la vitrina acristalada que alberga la imagen. 

Pero Doña Queta, sometida a juicios como está desde el asesinato de su esposo, ha de soportar estoicamente las críticas sotto voce, y niega el interés pecuniario: «¿Cómo voy a cobrar porque vengan a ver a mi reina?», dice mientras guarda disimuladamente las monedas y billetes que los fieles le deslizan en la mano.

Cuando se produjo la muerte del marido, Doña Queta cosechó la solidaridad de sus fieles y la de los responsables de los otros dos altares más notorios de Ciudad de México, quienes también han pasado por trances similares. 

22 metros de Santa Muerte
Casi la primera en ir a ver a Doña Queta tras la muerte de su marido fue su homónima Enriqueta Vargas Ortiz, que regenta el Santuario Internacional de la Santa Muerte en Tultitlán, una localidad satélite de la capital mexicana a poco más de 30 kilómetros desde su centro histórico. Esta otra Doña Queta, como la llaman igualmente sus devotos, es ahora la cabeza visible del culto que se desarrolla en un recinto vallado y descubierto de unos 1.500 metros cuadrados presidido por la que se presume que es la imagen más grande que hay en el mudo de la Santa Muerte: tiene 22 metros de altura.

La imponente túnica negra que solo deja al descubierto la calavera y las manos descarnadas de esta estatua de casi seis pisos de altura no fue suficiente para proteger al fundador del Santuario Internacional, el hijo de Doña Queta Vargas. Jonathan Legaria Vargas era conocido como Comandante Pantera o como Padrino Endoque y murió violentamente en la madrugada del 28 de julio de 2008 cuando salía de la emisora Radio Cristal en Ecatepec. Allí tenía un programa religioso sobre el culto a la Niña Blanca. Dieciocho días antes, había celebrado su vigésimo sexto cumpleaños. Los asaltantes dispararon sobre el vehículo en que viajaba el Pantera 250 tiros con dos rifles de asalto: uno, un AK-47, el famoso Kaláshnikof conocido en México como «cuerno de chivo»; el otro, un AR-15 fabricado por la compañía COLT, que es el más vendido actualmente en Estados Unidos. Treinta y dos disparos alcanzaron el cuerpo de Jonathan Legaria, incluyendo tres de gracia en su sien derecha. 

El Comandante Pantera, sobrenombre que debía al grado alcanzado entre los Ángeles Moteros de la Santa Muerte, había erigido la gran estatua que preside el Santuario Nacional. Apenas seis meses después llegó su final. A su madre y «heredera» tampoco le gusta hablar del asunto. Se remite a un opúsculo de 147 páginas que editó ella misma en octubre de 2012, bajo el título ¿Quién mató al Comandante Pantera?

La madre del Pantera superó el dolor y devino devota de la Santa Muerte. «Yo era una católica cerrada; me eduqué en colegio de monjas», relata a la sombra que proyectan los 22 metros de la tremenda estatua. Lo de su hijo lo contemplaba desde tal perspectiva: «llena de mitos, de miedos; estaba equivocada». Entonces, Doña Queta Vargas tuvo su particular caída del caballo y se convirtió en líder del Santuario Internacional de la Santa Muerte pocas semanas después de la desaparición del Comandante Pantera. Sin renunciar en absoluto a su fe católica, apostólica y romana. 

Desde aquel día de 2007, los seguidores de Doña Enriqueta Vargas, y ella misma, están convencidos de que los poderes del Estado mexicano nunca intentaron buscar y encontrar a los responsables del asesinato y, además, trataron de desprestigiar el Pantera vinculándolo post mortem con el narcotráfico y la delincuencia organizada.

En tanto se diluyen las esperanzas de que alguna vez se sepa realmente quienes fueron y por qué tirotearon al Pantera, la madre continúa dirigiendo la actividad del Santuario Internacional de la Santa Muerte —con una sucursal en el neoyorquino Queens, por ejemplo—, con unos ritos algo más atrevidos que los de la Doña Queta de Tepito. El domingo que visité el lugar de Tultitlán, la señora Vargas ofició a mediodía una especie de sermón en el que, ante no menos de dos centenares de fieles, hizo una encendida y teatral defensa del derecho de los homosexuales a ser tan hijos de Dios como los demás, y la necesidad de la sociedad mexicana de respetarlos y apreciarlos. «Solo trato de apoyarlos a todos para que la gente entienda que todos somos hermanos ante Dios sin distinción de preferencias sexuales». Un pronunciamiento disidente con la postura de la muy conservadora jerarquía de la Iglesia Católica, cuyas críticas resultan extrañas tanto para Doña Queta Vargas como para Doña Queta Romero, pues ambas se declaran fervientes católicas e intentan mantenerse dentro de los límites reivindicando su devoción a Dios Nuestro Señor y a la Virgen de Guadalupe, por este orden, para colocar a la Niña Blanca inmediatamente después en su orden de preferencias.

Doña Queta la de Tepito no habla mal de la Iglesia Católica. Se declara ferviente seguidora. «Primero Dios, luego la Virgen de Guadalupe. Y luego la Niña Blanca», dice, para añadir a continuación a «San Juditas y a toda la corte celestial». Pero Doña Queta Vargas, la del Santuario Internacional, ha dejado claras sus diferencias con el obispo que fue de Ecatepec Onésimo Cepeda, que ironizó sobre el asesinato del Pantera. Lo que no quita para que la madre del también llamado Padrino Endoque asegure tajantemente que ella sigue fielmente la doctrina católica.

El Único Santuario Nacional
El fundador y principal dirigente del Santuario Nacional de la Santa Muerte es un autonombrado obispo llamado David Romo que está en la cárcel desde enero de 2011, acusado y condenado como principal responsable de un grupo que extorsionaba y secuestraba en el Distrito Federal haciéndose pasar por narcos del cartel de los zetas. Romo acumuló un año después de su detención condenas firmes por un total de 78 años por la comisión de delitos electorales, robo simple, secuestro y extorsión agravada cometida en pandilla, según reportó la prensa mexicana de entonces. 

Este también llamado Único Santuario Nacional de la Santa Muerte, que Romo fundó junto al barrio de Tepito, pero no dentro de él,  está a cargo del párroco Juan Carlos Ávila desde la detención de su «obispo». El ahora responsable del lugar cuenta que, en el año 2000, «la Santa Muerte se manifestó plasmando su imagen en el altar» de lo que hasta entonces era la Parroquia de la Misericordia de los Misioneros de San Felipe de Jesús y del Sagrado Corazón.

A raíz de esa revelación, el cura David Romo cambió el culto, instauró a la Santa Muerte en la parroquia y, tiempo después se proclamó obispo, con gran disgusto y crítica de la jerarquía católica oficial. Como es habitual entre los distintos responsables de los altares de la Santa Muerte, el párroco Juan Carlos Ávila también intenta correr una espesa cortina de humo al respecto. Para él, «no es fiable» la información que se publicó sobre el encarcelamiento del obispo Romo. «Sólo Dios y Ella (la Niña Blanca) saben la verdad de lo que hizo», dice, solemne.

Y ahí se queda. Tampoco quiere avanzar en los problemas y las críticas de la jerarquía católica al culto a la Santa Muerte. A pesar del rechazo oficial, Ávila, un hombre fornido con una falange menos en el dedo índice de la mano derecha, asegura que tanto él como los otros sacerdotes seguidores de Romo siguen siendo católicos. El puesto de Romo es esporádicamente ocupado, según Ávila, por un obispo guatemalteco que viaja al Santuario de vez en cuando.

Pero la verdadera dirección del asunto la sigue llevando Romo desde la cárcel. «Me habla por teléfono y deja indicaciones sobre cómo llevar la pastoral». La actividad está muy bien programada en el Único Santuario. Solo cierra los lunes. De lunes a viernes hay dos misas diarias, matutina y vespertina. Las de los jueves se llaman «De Exorcismo y Liberación» y «De Curación Mayor», respectivamente. La vespertina de los viernes es la «Misa por los Presos» y se recomienda a los fieles que acudan con una foto de su familiar o conocido preso por cuya liberación pretenden que la Santa interceda. Los sábados toda la actividad se limita a la enseñanza del Catecismo, de tres a cinco de la tarde y a diversas ceremonias, si las hay, de bodas o bautizos. Por fin, el domingo se celebran otras tres misas.

Junto a toda esa actividad litúrgica, los días primeros de cada mes se celebran un total de seis misas, desde las 10 de la mañana, la primera, hasta las ocho de la tarde, la última. En ellas, el Carlos Ávila es ayudado por otros ocho sacerdotes. 

El «cura» Juan Carlos Ávila, quien, por cierto, se declara contrario al celibato sacerdotal, no para de realizar desplazamientos para bendecir altares, privados o públicos, en toda la Ciudad de México y en el colindante Estado de México. Otro tanto ocurre a las doñas Quetas. La Romero sale poco, por no decir nada de Tepito, pero recibe fieles de todo el territorio mexicano que le llevan imágenes de la Niña Blanca para que se las bendiga y llevarlas de vuelta a sus lugares de origen. Por contra, la Vargas, más joven y dinámica, se desplaza, como el cura Ávila, para extender su culto y su doctrina allá donde es requerida su presencia evangelizadora. En México y allende sus fronteras.

_____
De ALTAÏR MAGAZINE

Fotografía/EFE 

Friday, February 16, 2018

Cosmos, de Witold Gombrowicz/Literatura y otras cosas raras, locas u oscuras. Parte 70


GRETA ARÓSTEGUI

En realidad me gustaría escribir mucho más sobre esta pequeña obra maestra, pero ya me acostumbré demasiado al formato del párrafo solitario, así que, vayamos al punto. Witold Gombrowicz fue un escritor que pasó gran parte de su carrera en un exilio azaroso en Argentina, mientras su país (Polonia, cuándo no) se derrumbaba por el peso histórico de la segunda guerra mundial. En el país gaucho se dedicó a escribir un tormentoso diario, a escribir algunas novelas y mucha crítica, contra la poesía formal y contra Borges. Pero Cosmos no forma parte de este cruento ciclo, y de hecho cualquiera pensaría que la construcción tan tardía de esta novela (la escribió al final de su carrera) restaría poder a su prosa, y… no, no, para nada. Nunca leí trances paranoicos tan convincentes ni personajes tan capaces de demostrar con diálogo y puesta en escena lo enraizada que está la demencia en el vivir común y corriente, cómo alguien puede pasar un día desconfiando de un compañero de estudios y al siguiente matando y colgando a un gato, todo para eventualmente construir una cadena de mentiras que se convierten en una realidad subjetiva. Por ahí lo comentan como si de una comedia se tratase. A mí me pareció lúgubre. 


Los fantasmas de mis perros

ARIEL REVOLLO (YANA ALKHO)

"El perro es el único ser que te quiere más que tú mismo".

No ha sido fácil encontrar las palabras para hablar de este tema, no es tanto por lo que no podía decir, sino por todo lo que implica. Elegí mi apodo como “perro negro” por una serie de combinaciones: porque se volvió recurrente su aullido en las noches, cuando ando melancólico y ebrio, su aullido que no me aterra, que me recuerda que estoy en espacio de fantasmas, de mis dioses y demonios, un aullido del maldito perro imaginario. Pero también es el rif de Led Zeppelin o el rocanrrolito de Three Souls in my Mind, soy un constructor de mis buenas y malas decisiones, de mis propios estereotipos, soy un perro, soy mi imaginación y mi contexto.

Puedo ser bastante polisémico como lo es el ser este perro negro, este ser en una dualidad, en una eterna conversación con mi yo interno -o externo, en realidad con mi alter ego, aunque no sé con exactitud quién es qué… Tal vez por eso elegí decir dualidad, porque tanto el Yana como el Ariel somos el mismo, pero el mismo separado, no la imagen en un espejo, creo que uno es lo que el otro quiere ser y lo es, aunque no se dé cuenta… Tal vez sí, los perros son muy observadores, al menos los que me han acompañado y aún me acompañan, podría hacer una lista de ellos. Es más la haré: Joe, Nerón, Vinchuca, Layka, Sulayka, Pelusa, Hocicón, Casandra, Guatito, Randu… y podría seguir. Algo en común que tenían todos ellos, bueno, y ellas, es que sabían cuándo estaba bien y cuándo no. Aún recuerdo cómo un fin de semana padecí un dolor de oído, tendido en cama sin que ningún calmante me aliviara, y mi mano estuvo sujeta por la delicada mordida-sin-morder del Hocicón, ese perro que dormía bajo mi cama, que había encontrado en una bolsa en el río Rocha cuando tenía 10 años (yo, no el perro) y que el día en que se murió se despidió de mí con la misma mordida delicada que era más un apretón de manos entre amigos… Mis perros, y no digo mis por el posesivo que objetiviza, sino porque me da un sentido de identidad con ellos, han sido de raza, mañazos callejeros, bravos mansos. Han sido únicos y es para mí un placer que ellos modelen al “Yana Alkho”. Muchos criticarán el que utilice “k” en lugar de “q” al escribir perro, pero Randu era mitad ecuatoriano así que preferí escribir el perro en quechua ecuatoriano, y Vinchuca era más agreste y rural de lo que el idioma mismo es. Podría seguir con las anécdotas de todos ellos, pero no viene al caso porque para mí no son anécdotas. Son vivencias, son encuentros, son el encuentro animal con mi yo interno, y por eso el encuentro más humano que puedo tener con la realidad, pues yo he definido los fantasmas de mis perros y los he incorporado como el de mis seres queridos que se me han ido. Ya no los lloro, sería una falta de respeto, ellos fueron plenos, algo que a mí, en mi humana condición, me cuesta mucho trabajo. Sulayka, una pequinesa que quedó ciega, me enseñó que un perro no se resigna a ser minusválido pero tampoco se permite superar su condición. Gracias a ella aprendí que la superación personal es otra forma de ficción, que una condecoración puede tener el mismo peso que una ofensa… Sí, mis amigos, yo soy mis perros, soy mi deseo oculto de desestructurarme de mi condición humana, aun sabiendo que nunca dejaré de ser humano. Pero tal vez en este intento de ser un “Yana Alkho” pueda convertirme en un mejor ser humano.

_____
Imagen: Rusudan Khizanishvili

Wednesday, February 14, 2018

Mención de Honor

RODRIGO URQUIOLA FLORES

El Premio Nacional de Novela es, me parece, una de las grandes maneras de apoyar la creación literaria en nuestro país, la más significativa por el monto económico implicado, aunque se haya reducido con respecto a otros años. Y eso está genial. Pero se puede hacer más. Por ejemplo, en Chile, el mayor galardón de sus letras, el Premio Nacional de Literatura, que se da a la totalidad de una obra, lleva consigo un monto y una pensión vitalicia; copiemos los buenos ejemplos. Y también existen, en diversos lugares, residencias o becas para que los escritores puedan dedicarse a crear, aunque sea durante un año, sin preocuparse tanto por el dinero.

Fui, junto a Daniel Averanga, un amigo escritor, a dar charlas o talleres a diversos colegios fiscales y algunas veces al área rural también. Y pienso que los mejores escritores bolivianos son aquellos que no están escribiendo, pero que viven en una Bolivia terrenal, lejos de las narrativas de la alta sociedad que en su mayor parte no dicen nada. Es recurrente la impresión de que observo mejor cuando uno de estos niños, acostumbrados a los caminos de tierra, me cuenta lo que hace o me habla de lo que le gustaría escribir que cuando leo novelas tan delicadamente armadas y bastante celebradas por los críticos entendidos. Ninguno de estos niños será escritor porque no es un oficio rentable y esa es una gran pérdida, porque la literatura escribe la vida de un país allí donde la historia no se atreve a pisar.

Y es también por eso que no celebro esta mención de honor, aunque tenga que aceptarla porque debo acatar las bases del concurso. Si en otra ocasión se va a mencionar un trabajo –sí, es un trabajo– sería un logro que tuviera una recompensa económica sin ir en desmedro del ganador. Y por eso dije que hubiera preferido no recibir nada. Y lo sostengo. Me quedo con el diploma como un souvenir de estas palabras que me animé a decir hoy, aunque en ninguna tienda vayan a darme diez marraquetas por él.

Recuerdo que el maestro Jesús Urzagasti consiguió que en su carnet de identidad, donde dice Profesión/Ocupación pusieran Escritor. Fue una victoria. Pienso que, en el mejor de los casos, la ayuda económica hará que las voces de esos niños que estamos perdiendo porque buscan ser un ingeniero más, o un licenciado-en-lo-que-sea más, o un oficinista más, fabriquen una nueva manera de mirar, de leernos, pero eso sólo ocurrirá cuando puedan ver esto, que muchos asumen como un emprendimiento romántico, como una profesión de verdad. Es una utopía querer vivir de lo que escribes, me dijo alguien en algún momento. Es antiético pretender ganarlo todo, me dijo un amigo que a veces trabaja de payaso en fiestas infantiles. Pero lo que hay detrás es también renuncia, y a veces una honda renuncia, porque este oficio, como cualquier otro que se quiere asumir con pasión, así lo exige.

Un abrazo a todos. Buenas noches.

_____
Discurso del autor acerca de su mención de Honor en el Premio nacional de Novela.  

Imagen: Anselm Kiefer